A finales de 2017, cuando estaba por concluir su periodo como gobernador del Banco de México, Agustín Carstens organizó un reconocimiento a Don Miguel Mancera Aguayo. Según cuentan las personas que recuerdan este episodio, Carstens lo describió como un hombre de principios, reformista y perseverante. Años más tarde, cuando lo condecoraron con el Premio Rey de España, mismo que recibió Mancera en 1992, Carstens tituló su discurso “El valor de la confianza”, con una referencia evidente a quien fuera su mentor. Cuesta imaginar un homenaje más preciso para quien dedicó su vida a construir uno de los legados institucionales inveterados del país.
Tristemente, Don Miguel Mancera murió esta semana a los 93 años, y con él se va una herencia de vocación por el servicio público que hoy parece de otra época. Conviene recordar el origen de su autoridad moral. En 1982, cuando José López Portillo nacionalizó la banca y decretó un control generalizado de cambios, Mancera se negó a validar la decisión y la negativa le costó su puesto como director general del Banco de México. Aquella decisión no fue un gesto de rebeldía sino de emancipación por coherencia: se rehusó a avalar una decisión que juzgaba dañina para la economía del país. Meses después, ya con Miguel de la Madrid en la Presidencia, regresó al banco a su antiguo puesto.
Lo que hizo entonces convierte aquel episodio en algo más que una anécdota de carácter. Durante los años ochenta sostuvo el temple del instituto frente a una estrategia fiscal que lo presionaba, año con año, para financiar al gobierno. Y dedicó la inefable década perdida a preparar el terreno de la institución que impediría que a cualquier funcionario se le volviera a exigir lo mismo en el futuro. La autonomía del Banco de México entró en vigor desde el 1 de abril de 1994 y él se convirtió en su primer gobernador. La reforma prohibió que cualquier autoridad gubernamental ordenara al banco central conceder financiamiento y fijó como su objetivo prioritario preservar el poder adquisitivo de la moneda. La renuncia de 1982 y la autonomía de 1994 son, vistas así, como dos decisiones que emanan del mismo principio. Primero se marchó antes de capitular y a su regreso levantó el muro para que nadie enfrentara esa disyuntiva de nuevo. Su coherencia personal se transformó en una arquitectura constitucional que hoy es pilar de la estabilidad macroeconómica del país.
Quienes lo trataron personalmente han recordado estos días que la integridad lo definía con precisión. Una cualidad que no solo describe su labor como economista o funcionario. Mancera impartió clases durante décadas (en el ITAM, en la Escuela Libre de Derecho y en el CEMLA). Desde su labor de mentor, formó a numerosos profesionistas que después condujeron la política económica del país. Era, dicen sus colaboradores, meticuloso y ecuánime, firme sin estridencia, de una discreción tan estricta que evitaba a la prensa porque creía que todo comentario debía formularse con rigor. La misma sustancia recorría al técnico, al maestro y al ciudadano que prestó su tiempo a patronatos de arte, conservación y educación sin que su motivación fuera buscar reflectores.
Yo no tuve el privilegio de coincidir con él en el banco central ni en la cátedra, pero sí desde un ángulo más personal, el del padre, esposo y abuelo que fue con su familia. Quizás eso es lo que más me sorprende de su legado y confirma su estatura como persona. La inteligencia serena y la bondad que sus colegas reconocen en el economista eran las mismas que se percibían en el abuelo. A pesar de que en su figura coexisten virtudes como el rigor y la amabilidad, la integridad y el equilibrio que mostró entre su vida pública y profesional se sostienen en todos los afectos que logró cultivar.
Por eso el luto de esta semana ha desbordado al gremio de economistas que han vivido el duelo de su partida desde el recuerdo de anécdotas memorables. Dos ex Secretarios de Hacienda lo recordaron con merecido reconocimiento. Francisco Gil Díaz escribió que son escasos quienes merecen el calificativo de grandes, y que Mancera lo fue. José Antonio Meade recordó su temple y su honorabilidad. Además, Jonathan Heath, subgobernador del Banco de México en funciones, lo llamó sin rodeos el artífice de la autonomía. El duelo de la profesión sostiene la admiración colectiva por la manera personal que tuvo para habitar el servicio público.
Don Miguel Mancera dedicó su vida a construir una institución capaz de proteger el valor de nuestra moneda, para impedir que su valor nominal comprara cada año un poco menos. Yo tuve el gusto de escuchar de él en boca de casi cualquier economista admirable de nuestra época, junto a don Miguel siempre iba el elogio y el agradecimiento en idénticas proporciones, ninguna considero que haya sido suficiente para entender la figura que él representó para tantos y tantas con los años. Después de todo, don Miguel vive siempre con nosotros en sus múltiples legados. Sirvan estas líneas para rendirle un modesto homenaje: como amigo de su familia, profundo admirador de su carrera profesional y economista agradecido por todo lo que su legado hizo por nuestra profesión.
