Platicar con un veterano de la guerra en Vietnam me ayudó a comprender un poco la dimensión humana de una guerra inhumana.
De la Guerra de Vietnam tengo dos recuerdos: mi participación en innumerables manifestaciones de protesta contra la invasión estadounidense en Ciudad de México, Londres y París, y las aterradoras escenas de películas como Platoon y Apocalypse Now.
La semana pasada, sesenta años después, volví a pensar en aquella guerra durante una celebración del Memorial Day en la comunidad donde vivo, en California, mientras conversaba con un veterano de ese conflicto.
Por un lado, recordé que, aunque ambas películas son alegorías del bien y del mal, también constituyen profundas críticas a la Guerra de Vietnam al presentar narrativas morales en las que el “mal” termina ocupando el centro dramático y emocional de la historia.
Y aunque muestran los dilemas morales de algunos de los jóvenes soldados que acudieron a cumplir con su deber por patriotismo, lo que predomina es la caracterización de los soldados estadounidenses como figuras violentas, corruptas y deshumanizadas.
Una caracterización que para nada encaja con la imagen que tengo de Don, un veterano cuya tradición militar se remonta a una larga, profunda y distinguida línea familiar que llega hasta los orígenes de los Estados Unidos.
“A los dieciocho años”, me contó Don, “después de terminar mis estudios, me di cuenta de que iban a reclutarme, así que me alisté para tratar de tener un poco más de control sobre mi destino. La guerra era muy controvertida en aquel entonces y yo no quería que me enviaran allá. Pero, si me lo ordenaban, estaba preparado para cumplir con mi deber”.
—Y cuando te diste cuenta de que los políticos les habían mentido, ¿sentiste enojo hacia ellos?
“No al principio. Fue realmente después de la guerra cuando la verdad comenzó a salir a la luz con los Papeles del Pentágono y las revelaciones de Daniel Ellsberg sobre lo que estaba haciendo el gobierno, las malas decisiones que había tomado y las mentiras que había contado”.
—¿Qué sentías hacia las personas que protestaban contra la guerra, aquellas que la reconocieron como una guerra injusta antes que tú?
“Durante la guerra estaba en contra de ellos, y me molestaba que fueran tratados con una dignidad casi mayor que la de los soldados y que se les presentara como más valientes. Ya no. Ha pasado mucho tiempo. Yo solo cumplí con mi deber”.
—Durante la guerra, ¿alguna vez supiste si habías matado civiles?
“En una guerra nunca sabes realmente si mataste a alguien… La mayoría de mis acciones se realizaban a distancia o durante la noche, no en combate directo, así que nunca supe si mis actos causaron la muerte de civiles. Además, mi unidad nunca tuvo como objetivo a civiles. Nuestra misión consistía principalmente en interceptar al Viet Cong, que sí atacaba a la población civil”.
A partir de la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos ha perdido todas las guerras que ha librado.
Corea, Vietnam, Afganistán, Irak y ahora está perdiendo frente a Irán.
Su poder militar es inmenso, pero en lo político la política exterior de este país ha sido un fracaso absoluto.
“No estoy en desacuerdo con gran parte de eso”, respondió Don, “pero tampoco creo que todo lo que dices sea cierto”.
“La gente tiene mala memoria. Después de todo, gastamos enormes sumas de dinero reconstruyendo Europa y Japón”.
“Sin embargo, ahora Europa nos ha dado la espalda. Si nosotros no somos el policía del mundo, ¿quién lo será?”
—La mayoría de los países están en desacuerdo con Trump y sus guerras.
En la era de un megalómano como Trump, el mundo no necesita un policía.
Cuando terminó mi conversación con Don, me sentí agradecido porque me había ayudado a comprender la dimensión humana de una guerra inhumana.
A entender que no todos los soldados eran psicópatas, y que hubo jóvenes bien intencionados como Don que fueron a la guerra por patriotismo y más tarde se sintieron engañados por los políticos que los enviaron aunque su amor por la patria nunca disminuyó.