El sistema financiero mexicano enfrenta un punto de inflexión. Durante años, el país ha construido una infraestructura de pagos robusta. SPEI, en particular, es un sistema de liquidación en tiempo real que compite con los estándares más avanzados del mundo, operando con tiempos promedio cercanos a los 1.9 segundos.
Ese activo es incuestionable. Sin embargo, el reto actual ya no es técnico. Es convertir esa fortaleza en una experiencia cotidiana, visible y consistente para usuarios y comercios. México tiene una base tecnológica sólida, pero aún no ha logrado traducirse en un sistema de pagos digitales verdaderamente masivo. La pregunta es inevitable: ¿por qué?
La respuesta no está en la ingeniería, sino en la orquestación del ecosistema. Mientras México consolidaba su infraestructura, otros países avanzaron en la capa que realmente transforma los sistemas de pagos: la adopción. Colombia, con el desarrollo de Bre-B, ofrece un ejemplo relevante. No busca sustituir lo existente, sino articularlo bajo una lógica de sistema país, alineando a los distintos actores en torno a una experiencia común.
A partir de ese caso, se desprenden cuatro lecciones para México.
La experiencia de usuario es el producto
La liquidación inmediata es solo la mitad de la ecuación. La otra mitad consiste en eliminar la fricción operativa. En México, iniciativas como CoDi o DiMo resolvieron el flujo técnico, pero no lograron consolidar una experiencia homogénea para el usuario final. Persisten diferencias en interfaces, procesos y puntos de aceptación. Bre-B, en contraste, estandariza la interacción: alias universales, códigos QR interoperables y un flujo transaccional consistente en segundos. No se trata de rediseñar el “rail”, sino de construir una capa de experiencia que sea clara, simple y replicable en todo el sistema.
La gobernanza define la velocidad de adopción
La experiencia internacional muestra que cuando el banco central asume un rol activo en la definición y operación de estándares, la implementación gana claridad y escala. Infraestructuras como los directorios centralizados reducen la fragmentación y los costos de coordinación entre participantes. En México, el desafío no es únicamente registrar usuarios, sino generar confianza sistémica. Contar con millones de cuentas habilitadas no garantiza uso si no existe una señal visible, uniforme y reconocible en el punto de pago. La confianza, en este contexto, también es una función del diseño institucional.
La competencia debe migrar del riel al valor agregado.
Uno de los debates recurrentes es cómo sostener un sistema donde el usuario final percibe gratuidad sin desincentivar la inversión de bancos y Fintech. La evidencia regional sugiere que el modelo evoluciona hacia pagos básicos de bajo costo, mientras la diferenciación ocurre en servicios de valor agregado: prevención de fraude, analítica, conciliación y acceso a crédito. La interoperabilidad no reduce el mercado, lo amplía. Al facilitar el acceso a pagos digitales, se incorporan nuevos usuarios y comercios que hoy operan principalmente en efectivo, generando oportunidades adicionales para el sistema financiero.
La adopción masiva es una política de inclusión
Los sistemas de pagos instantáneos tienen implicaciones que van más allá de la optimización transaccional. Una alternativa digital que sea más simple, inmediata y confiable que el efectivo, puede modificar patrones de comportamiento y contribuir a la formalización económica. Para pequeños comercios, la liquidación en tiempo real reduce el riesgo asociado a ventas no cobradas y mejora la gestión de flujo de efectivo. Para los usuarios, representa un punto de entrada al sistema financiero. En ese sentido, la masificación de pagos digitales es también una herramienta de inclusión.
A partir de estas lecciones, el camino para México no implica reinventar su infraestructura, sino decidir cómo articularla. El siguiente paso requiere definir con mayor claridad los estándares comunes, los mecanismos de operación compartida y los incentivos –regulatorios y de mercado– que faciliten la adopción.
Además, el país enfrentará escenarios de alta exigencia operativa en los próximos años, donde la experiencia de pago será puesta a prueba. En ese contexto, la discusión dejará de ser técnica: o el sistema ofrece una experiencia simple, interoperable y universal, o el efectivo continuará siendo el estándar de facto.
Bre-B no es un modelo a replicar de manera literal, sino una referencia sobre lo que puede lograrse cuando existe alineación entre regulación, industria y experiencia de usuario. México cuenta con los elementos necesarios para avanzar en esa dirección: infraestructura robusta, capacidades tecnológicas y un mercado con alto potencial de crecimiento.
