Colaborador Invitado

México tiene un problema de orquestación financiera

Los números lo reflejan: en 2024, SPEI procesó más de 5 mil 400 millones de transferencias —más de seis veces el volumen registrado en 2019— y movió un monto equivalente a más de 16 veces el PIB del país.

Durante años, la conversación sobre pagos en México se ha centrado en la infraestructura: más velocidad, más digitalización, más rieles. Y, en ese frente, el país ha avanzado de forma relevante.

Sistemas como SPEI y CoDi han permitido que México se inserte en la transformación de pagos en Latinoamérica. Los números lo reflejan: en 2024, SPEI procesó más de 5 mil 400 millones de transferencias —más de seis veces el volumen registrado en 2019— y movió un monto equivalente a más de 16 veces el PIB del país. La infraestructura, en términos de escala y disponibilidad, ya no es el cuello de botella.

Sin embargo, persiste una pregunta incómoda: si la infraestructura funciona, ¿por qué las empresas siguen operando con tanta fricción? La respuesta está en una capa poco discutida: la operación financiera interna.

Hoy, la mayoría de las empresas en México sigue dependiendo de procesos manuales para gestionar pagos. Esto implica que los equipos financieros dedican entre el 30% y el 40% de su tiempo a tareas operativas como conciliación, validación de cuentas y seguimiento de transacciones.

Más que un problema de eficiencia, es un problema estructural que limita la visibilidad, incrementa el riesgo de error y retrasa decisiones.

El reto se vuelve evidente en la conciliación, un proceso clave para los equipos de finanzas. En muchas organizaciones, este proceso depende de hojas de cálculo y revisiones manuales.

Para empresas con altos volúmenes, incluso una baja tasa de error escala rápidamente: una compañía con 10 mil transacciones mensuales y un 2% de error enfrenta 200 excepciones que deben resolverse manualmente. El costo no es sólo operativo, es estratégico.

Aquí es donde emerge una transformación profunda: la infraestructura financiera agéntica. Con el desarrollo de esta tecnología, los sistemas no sólo ejecutan instrucciones, sino que las generan. Los agentes de IA conectan procesos, se comunican entre sí y toman decisiones dentro de parámetros definidos.

A diferencia de la automatización tradicional, la cual se basa en reglas fijas, estos sistemas razonan sobre contexto, identifican discrepancias, proponen soluciones, generan reportes y ejecutan en el mismo flujo.

La intervención humana deja de ser constante y se enfoca en excepciones, decisiones críticas y en definir los parámetros bajo los cuales operan los agentes.

Esto transforma procesos como el cierre de mes, que usualmente implica horas dedicadas a revisar, conciliar, validar transacciones, identificar errores humanos, corregir discrepancias y cuadrar cifras. Es momento de preguntarse: ¿cuál es el costo real de operar así y del riesgo de error humano?

Hasta ahora, la respuesta había sido la automatización tradicional mediante APIs. Pero estos modelos automatizan pasos aislados. La infraestructura agéntica introduce una capa distinta: incorpora contexto, análisis y toma de decisiones. Los sistemas ya no ejecutan procesos; los orquestan.

Esto permite, por ejemplo, que un sistema identifique una discrepancia, entienda su origen y la resuelva en tiempo real. O que gestione pagos, detecte anomalías o distribuya liquidez sin intervención constante.

El impacto es profundo. Procesos que hoy toman días pueden resolverse en minutos. La reducción de intervención manual puede disminuir errores operativos entre un 60% y un 80%, además de cambiar cómo los equipos asignan su tiempo. Equipos que hoy requieren ocho personas pueden operar con tres, enfocadas en excepciones y decisiones estratégicas.

Pero el cambio va más allá de la eficiencia: es estructural. La fragmentación actual —donde sistemas de pago, tesorería y facturación no se comunican— da paso a una lógica de orquestación donde los datos fluyen de forma integrada, habilitando decisiones más ágiles y precisas.

Esto también redefine los roles. El analista dedicado a tareas manuales comienza a desaparecer, mientras surge el orquestador financiero, responsable de diseñar flujos, definir parámetros y gestionar excepciones.

El CFO evoluciona de supervisor operativo a estratega: en cinco años, no aprobará pagos uno a uno, sino que auditará procesos ejecutados automáticamente dentro de reglas definidas.

La supervisión e intervención humana no se requiere para cada parte del proceso, sino para situaciones excepcionales donde no haya precedente en los datos, para decisiones con consecuencias irreversibles y, sobre todo, en la definición de los parámetros sobre los cuales operará el agente.

La transición, sin embargo, no es trivial. Persisten retos como la integración con sistemas legacy, la calidad de los datos y la confianza en sistemas autónomos. A esto se suma la regulación, que no desaparece: los agentes operan dentro de los límites definidos por autoridades como la CNBV y Banxico. Lo que cambia es la capa de orquestación sobre esos rieles.

México tiene la oportunidad de no repetir adopciones tecnológicas tardías o fragmentadas. La infraestructura base ya existe. Lo que falta es evolucionar la capa que la conecta, interpreta y ejecuta.

Porque en un entorno donde velocidad y precisión definen la competitividad, seguir operando con procesos manuales no es solo ineficiente: es una desventaja estructural.

Y pronto será la diferencia entre competir o quedarse atrás.

Manolo Fernández

Manolo Fernández

Country Manager de Shinkansen México

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