De Venezuela a Irán, a Cuba y a Estados Unidos, el fracaso de Estados Unidos con Trump es rotundo y demoledor
Si bien el derrocamiento del dictador venezolano Nicolás Maduro, el empeño por acabar con el régimen teocrático en Irán y la deposición de la sexagenaria dictadura en Cuba nos ilusionan, el gozo se diluye cuando el autor del posible cambio es Donald Trump.
¿Por qué? Empecemos por recordar sus falsas promesas. En su discurso inaugural como presidente de Estados Unidos en 2017, prometió acabar con las “guerras interminables” en el extranjero, reducir la participación de EU en conflictos de Oriente Medio y cuestionar el gasto militar excesivo en el exterior, y nada de esto ha sucedido y hoy no sabe qué hacer con el desorden mundial que provocó.
Su aventura inicial en Venezuela empezó con una deslumbrante operación militar en la que un grupo de comandos estadounidenses secuestró al dictador y a su esposa, pero se enturbió cuando los reemplazó con un gobierno de chavistas temporalmente alineados con Washington y carente de legitimidad.
Peor aún, como me recuerda el politólogo Michael Shifter, “no hay indicios de que la democratización de Venezuela sea, en absoluto, importante para Trump, y las perspectivas de que esto ocurra a corto plazo no son nada favorables”.
Para su segunda correría, Trump se dejó manipular por Netanyahu para atacar a Irán prometiendo regresarlo a la “Edad de Piedra”, con una guerra que no puede tener buen fin.
Y no porque no sería deseable la caída de la teocracia islámica antidemocrática regida por un Líder Supremo no electo por la ciudadanía que ejerce un poder absoluto sobre las fuerzas armadas y controla a la población civil mediante una vigilancia estricta de las normas sociales y religiosas, utilizando la represión extrema y una policía moral arbitraria y activa.
Sino porque, dice Shifter, “Irán ha resultado ser la más problemática y complicada de las aventuras de Trump, y podría ser que defina su segundo mandato”.
La viabilidad de una victoria militar rápida contra Irán es más que cuestionable porque una guerra a gran escala conduciría a un conflicto prolongado con altos riesgos de desgaste, inestabilidad regional y un costo insostenible.
La desescalada negociada se presenta como una alternativa más viable para evitar un conflicto devastador para todos a largo plazo.
En el caso de Cuba, apunta Shifter, “no está nada claro cuál es el plan o la estrategia de Trump”.
No parece que Trump y Rubio contemplen una intervención directa para restablecer la democracia.
Todo indica que buscan presionar para lograr una negociación progresiva que permita una apertura económica limitada, que obligue a concesiones recíprocas, pero que permita al ejército cubano mantener el control político interno para no provocar otro colapso reminiscente del éxodo del Mariel.
En lo referente a la política doméstica de Trump, los costos de la guerra han sido abrumadores, y el cierre efectivo del estrecho de Ormuz ha provocado que los precios mundiales del petróleo aumenten al ritmo más acelerado desde la invasión rusa a Ucrania en 2022.
Sus políticas mal pensadas han contribuido a un deterioro económico que ha derivado en el encarecimiento de los precios de alimentos, muebles o ropa y que ha devastado los presupuestos familiares en Estados Unidos.
De su política exterior, lo mínimo que se puede decir es que el desprestigio del liderazgo internacional de EU ha aumentado de manera superlativa en términos de credibilidad, previsibilidad y legitimidad normativa.
Su retórica confrontacional hacia aliados y organismos internacionales, y su afinidad con líderes autoritarios como Putin o Kim Jong-un, también han generado extrema desconfianza.
En síntesis, su presidencia ha introducido serias dudas sobre la fiabilidad de Estados Unidos.