Colaborador Invitado

Coparmex: agenda regional desde Washington

‘En Washington, el consenso es que el T-MEC se ha convertido en una plataforma de seguridad económica, de competencia global y de posicionamiento estratégico’, asegura Juan José Sierra.

Entre el 17 y el 20 de marzo, Coparmex llevó a Washington, DC, algo más que una agenda de trabajo. Llevó una posición.

En cinco días de trabajo intensivo, la delegación sostuvo más de quince reuniones de alto nivel con actores clave del Congreso, del gobierno de Estados Unidos, organismos empresariales y centros de pensamiento.

Todo con el objetivo de incidir, con propuestas concretas, en una conversación que definirá el rumbo de América del Norte.

La región está entrando en una nueva etapa. Durante años, el Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá fue entendido como un instrumento comercial. Hoy, esa visión ha quedado rebasada.

En Washington, el consenso es que el T-MEC se ha convertido en una plataforma de seguridad económica, de competencia global y de posicionamiento estratégico.

Eso cambia todo.

Significa que la discusión ya no gira únicamente en torno a aranceles o reglas de origen, sino en torno a quién tiene la capacidad de producir, de innovar y de garantizar condiciones estables para la inversión en un entorno internacional cada vez más fragmentado.

Desde esa perspectiva, los resultados de la gira son reveladores. En el Congreso de Estados Unidos, el diálogo con asesores legislativos confirmó que México ocupa un lugar central en la arquitectura económica de la región.

Pero también dejó claro que ese lugar no está asegurado: depende, en gran medida, de la fortaleza de nuestras instituciones y de la certeza jurídica que podamos ofrecer.

En los centros de pensamiento, donde se anticipan muchas de las decisiones públicas, la conversación fue precisa y sustantiva.

La revisión del T-MEC será una redefinición de las condiciones bajo las cuales América del Norte competirá frente a otras regiones. Seguridad, cadenas de suministro, tecnología y energía forman parte ya de la ecuación.

Y ahí aparece uno de los puntos más relevantes para México: la competitividad externa no puede sostenerse sin estabilidad interna.

En el diálogo con organismos empresariales estadounidenses, la coincidencia fue que existe disposición para fortalecer el Tratado, para modernizarlo y para construir una agenda regional más ambiciosa.

Pero esa disposición está condicionada a señales consistentes. La inversión responde a la certidumbre.

Lo mismo ocurre en el ámbito gubernamental. Las conversaciones con autoridades estadounidenses mostraron apertura, pero también con la expectativa de que México consolide condiciones que hagan viable el crecimiento de largo plazo.

Energía suficiente, seguridad y reglas claras no son aspiraciones, son requisitos.

Hay otro elemento que no puede pasarse por alto. La integración de América del Norte ya no se medirá únicamente por el volumen de comercio, sino por su capacidad de incluir a más actores.

Si las micro, pequeñas y medianas empresas no forman parte de las cadenas de valor, la región será competitiva, pero no necesariamente equilibrada.

Todo esto configura un escenario exigente. México tiene una oportunidad real de consolidarse como un socio estratégico en una de las regiones más dinámicas del mundo.

Pero esa oportunidad no está garantizada. Se construye a partir de decisiones concretas.

Por eso, el debate interno importa tanto como la interlocución externa. En un momento en el que la región busca certidumbre, México no puede enviar señales de incertidumbre. La estabilidad institucional es una condición para competir.

La gira en Washington dejó algo más que acuerdos y contactos. Dejó una advertencia implícita: la competencia global no espera.

Las decisiones que se tomen hoy definirán quién lidera y quién queda rezagado en los próximos años.

México tiene con qué competir. La pregunta es si tendrá la claridad para hacerlo.

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