Colaborador Invitado

No contamines el agua

La gestión del agua no depende únicamente de grandes obras o decisiones de gobierno. Empieza en lo más básico: en la forma en que usamos y cuidamos el recurso todos los días.

Especialista en gestión ambiental y sostenibilidad.

Hay una idea equivocada que hemos normalizado durante años: pensar que lo que se va por el drenaje desaparece. Abrimos la llave, vaciamos el fregadero, jalamos la palanca… y damos por hecho que el problema se resolvió. Pero no. En realidad, apenas comienza.

El drenaje no es un punto final. Es un punto de tránsito. Y lo que tiramos en casa —aceites, detergentes, químicos, medicamentos— no se esfuma: termina en ríos, lagos y acuíferos que, tarde o temprano, vuelven a nosotros.

En México, la contaminación del agua no es solo un problema industrial. También es doméstico. Millones de hogares, todos los días, aportan pequeñas cantidades de residuos que, acumulados, generan un impacto enorme. El ejemplo más claro es el aceite de cocina. Una práctica común es verterlo en el fregadero después de cocinar, sin considerar que un solo litro de aceite puede contaminar hasta 40 mil litros de agua, de acuerdo con la Secretaría del Medio Ambiente de la Ciudad de México.

Ese aceite no solo obstruye tuberías. En los cuerpos de agua forma una película que impide la oxigenación, afectando directamente a peces y otros organismos. La UNAM ha advertido que, cuando se desecha en desagües o vertederos sin tratamiento previo, el aceite usado contamina agua y suelo y puede incluso dañar la fertilidad del terreno y la cadena alimenticia.

Lo mismo ocurre con detergentes, solventes, pinturas, cloro, desengrasantes o medicamentos caducos. Muchos de estos compuestos llegan a plantas de tratamiento, pero no todos se eliminan por completo. En México operan 2,872 plantas municipales de tratamiento de aguas residuales, una infraestructura relevante, pero todavía insuficiente frente al tamaño del desafío y la diversidad de contaminantes que recibe el drenaje.

El costo de esta contaminación tampoco es menor. El INEGI reportó que, tan solo en 2023, el costo asociado al agotamiento del agua subterránea y la degradación del agua superficial ascendió a 102 mil 29.4 millones de pesos, equivalente al 0.32 % del PIB.

Y hay algo aún más preocupante: en las ciudades, el drenaje y la lluvia funcionan como una misma red de arrastre. Cuando llueve, el agua arrastra residuos acumulados en calles, banquetas y coladeras —aceites, basura, metales y químicos— y los conduce directamente a ríos y lagos. Es decir, no solo contaminamos desde casa; también desde el espacio público.

Lo que parece una acción individual sin consecuencias —tirar aceite, verter químicos, desechar productos sin control— se convierte en un problema colectivo que impacta la salud, el medio ambiente y el acceso al agua.

Pero aquí está la parte más importante: este es un problema que sí podemos empezar a resolver desde lo cotidiano.

No tirar aceite al drenaje es una acción sencilla, pero poderosa. Guardarlo en recipientes y llevarlo a centros de acopio evita que llegue al agua. Lo mismo ocurre con los productos químicos: optar por alternativas biodegradables, reducir su uso o desecharlos de forma responsable puede marcar una diferencia significativa.

También es fundamental generar conciencia en casa. Hablar del tema con la familia, enseñar a niñas y niños que el agua no es infinita ni inmune a nuestras acciones, entender que cada decisión cuenta.

La gestión del agua no depende únicamente de grandes obras o decisiones de gobierno. Empieza en lo más básico: en la forma en que usamos y cuidamos el recurso todos los días.

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