Colaborador Invitado

El precio del tiempo

Un recorte de 25 puntos base luce consistente con la información disponible. La trayectoria de la inflación subyacente lo permite, la actividad lo sugiere y las condiciones financieras no imponen una restricción inmediata.

La decisión se anuncia este jueves. Pero, en realidad, hace tiempo que empezó a definirse. Antes del conflicto en Irán, el mercado había operado bajo la premisa de que el siguiente movimiento del Banco de México sería un recorte. La señal quedó sembrada en la comunicación de febrero y, desde entonces, la trayectoria implícita en la curva fue incorporando no solo ese ajuste, sino parte del ciclo que podría seguirle.

En los últimos días, sin embargo, los acontecimientos de Medio Oriente han modificado el escenario abruptamente. Además, la inflación volvió a sorprender al alza, impulsada casi por completo por su componente más volátil. Frutas y verduras —con el jitomate como protagonista— y ajustes en tarifas eléctricas empujaron la inflación general por encima de lo previsto. No obstante, debajo de ese ruido, el mensaje de fondo se mantiene: la inflación subyacente continúa desacelerándose.

La imagen es la de una economía desalineada. Los precios más sensibles a choques de oferta siguen marcando episodios de volatilidad, mientras que aquellos que definen la trayectoria de mediano plazo comienzan a ceder. Esa divergencia parece abrir espacio para ajustar la postura monetaria, pero también obliga a hacerlo con mayor precisión.

Porque la tasa de interés no es solo un instrumento técnico. Es, en sentido abstracto, el valor del tiempo: cuánto consumir hoy frente a mañana, invertir hoy frente a esperar, asumir riesgo hoy frente a postergarlo. Y en ese terreno, los bancos centrales no solo reaccionan a los datos; moldean decisiones intertemporales.

Ahí es donde el entorno introduce complejidad. La debilidad de la actividad —reflejada en la contracción reciente del IGAE— amplía el margen para recortar tasas. Al mismo tiempo, el contexto global ha dejado de ser un ancla clara: tensiones geopolíticas, presiones en energéticos y un balance de riesgos más simétrico obligan a incorporar escenarios que no están plenamente en las cifras, pero ya pesan en la evaluación.

En ese marco, un recorte de 25 puntos base luce consistente con la información disponible. La trayectoria de la inflación subyacente lo permite, la actividad lo sugiere y las condiciones financieras no imponen una restricción inmediata. Pero el entorno tampoco ofrece suficiente certidumbre como para mantener el ritmo. La volatilidad en el componente no subyacente recuerda que el proceso desinflacionario no es lineal.

Hay, además, una tensión menos visible que empieza a dominar la discusión. Cada ajuste en la tasa no solo modifica el costo del dinero hoy, sino la trayectoria esperada hacia adelante. Y es esa trayectoria —más que el nivel puntual— la que termina definiendo las condiciones financieras relevantes.

La política monetaria se transmite también a través de la curva de rendimientos, particularmente en el tramo de uno a dos años, donde se incorporan las expectativas sobre el ciclo. La decisión no solo ajusta el presente, sino que reconfigura esa trayectoria implícita.

En ese contexto, avanzar demasiado rápido puede tener efectos contraproducentes. Un recorte que el mercado interprete como el inicio de un ciclo más agresivo puede relajar condiciones en el corto plazo, pero endurecerlas en el mediano si la parte media de la curva incorpora primas de riesgo o dudas sobre la trayectoria inflacionaria. El resultado es un margen más estrecho para continuar bajando la tasa.

La literatura económica ha sido clara en este punto. Como mostraron Finn E. Kydland y Edward C. Prescott, el reto no es solo elegir bien hoy, sino sostener una trayectoria creíble en el tiempo. La consistencia se juega en la secuencia. Ese marco resulta útil para entender el momento actual. La Junta enfrenta la necesidad de acompañar la desinflación y la debilidad cíclica, pero también la de preservar una trayectoria creíble que no sea reescrita por el mercado. No se trata solo del tamaño del recorte, sino de lo que ese movimiento sugiere sobre el destino del ciclo.

De ahí que la calibración no sea únicamente sobre la magnitud del ajuste, sino sobre la señal que lo acompaña. El lenguaje y la guía prospectiva se vuelven instrumentos tan relevantes como la propia tasa. Mantener ancladas las expectativas en la parte media de la curva es, en esta fase, condición para preservar espacio de maniobra.

A esto se suma un elemento de fondo: la dificultad de ubicar con precisión el nivel neutral de la tasa de interés. La percepción de qué tan restrictiva es la postura actual depende de una referencia no observable y cambiante. “Estrellas errantes”, como sugiere la literatura más reciente.

Al final, determinar la tasa de interés también es fijar el valor del tiempo. Y en momentos como este, ese precio no se determina únicamente en la mesa de la Junta, sino en el diálogo —a veces tenso— entre el banco central, los analistas y los mercados. Hacia adelante, curiosa ironía del tiempo, el reto para el Banco de México estará en la trayectoria que su público esté dispuesto a creer.

Víctor Gómez Ayala

Víctor Gómez Ayala

Economista en jefe de Finamex Casa de Bolsa y Fundador de Daat Analytics

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