Colaborador Invitado

De los números a la vida real: lo que sí es inclusión financiera

La inclusión comienza en la manera en que se diseña una oferta pensada para ellas: una propuesta que se ajuste a sus ritmos de vida, a sus responsabilidades y a sus ingresos, que a veces son irregulares e impredecibles.

Hay una cifra que este mes va a circular mucho: 72.8% de las mujeres en México ya tiene al menos un producto financiero formal. La Encuesta Nacional de Inclusión Financiera 2024 la pone sobre la mesa y el dato es, en efecto, un avance significativo frente al rezago histórico. Pero hay algo que pocas veces se dice cuando se comparte ese número con orgullo: una cuenta que no se usa no es inclusión, es un registro.

En los últimos tres años, el acceso de las mujeres a cuentas de ahorro pasó de 42.6% a 58.6%. Eso significa que millones de mujeres dieron por fin su primer paso hacia el sistema bancario. Pero lo que casi nunca se dice es cuántas de esas cuentas siguen realmente activas.

La CNBV ha mostrado que muchas terminan con saldos en cero o sin uso por largos periodos. Y no es falta de ganas: es un tema de diseño. La banca tradicional está pensada para personas con ingresos altos y estables, y esa no es la realidad de muchas mujeres en México.

El ingreso femenino sigue siendo, en promedio, menor y más irregular. Según datos del INEGI, las mujeres destinan hasta 2.5 veces más tiempo que los hombres al trabajo no remunerado. Eso define por completo cómo una mujer puede, o no, ahorrar.

Si la inclusión financiera no se puede medir solo por cuántas cuentas se abren, entonces vale la pena preguntarnos: ¿en qué sí se mide? Después de varios años viendo de cerca cómo funcionan los productos de ahorro, puedo decir que la inclusión real empieza mucho antes —y también mucho después— del momento en que una mujer firma un contrato.

La inclusión comienza en la manera en que se diseña una oferta pensada para ellas: una propuesta que se ajuste a sus ritmos de vida, a sus responsabilidades y a sus ingresos, que a veces son irregulares e impredecibles. Empieza a ofrecerles beneficios que no solo existan en el papel, sino que realmente las acompañen en su día a día.

En permitirles ahorrar desde montos razonables, sin requisitos que excluyan a quienes quieren empezar poco a poco. En darles herramientas claras para usar su dinero de forma más consciente y planear su futuro, desde la educación financiera más básica hasta el acompañamiento en cada decisión.

Pero la inclusión también se construye con infraestructura, y aquí no hablo solo de sucursales o cajeros; hablo de corresponsales cercanos, de una app que funcione de verdad, de horarios amplios para quienes no tienen tiempo libre a las tres de la tarde, de puntos de atención que respeten su tiempo y su realidad. Porque para millones de mujeres, la posibilidad de ahorrar, retirar o resolver un problema no depende de la intención, sino de la accesibilidad.

La inclusión financiera no se trata de abrir cuentas, sino de abrir caminos y oportunidades reales.

Cuando un producto está bien diseñado para acompañar la vida real de una mujer, no solo se abre: se usa y permanece. Y es ahí donde empieza a notarse la diferencia. Porque no basta con mirar qué pasa el día en que se entrega la tarjeta; lo verdaderamente revelador es observar qué ocurre uno, dos o más años después, cuando la cuenta ha tenido tiempo de convertirse en una herramienta cotidiana.

Nuestra experiencia en Banco Azteca con más de 700 mil clientas de SOMOS, una de las pocas cuentas de débito creadas específicamente para mujeres, lo demuestra con claridad. Cuando ellas cuentan con un instrumento que realmente se ajusta a su ritmo y necesidades, los saldos comienzan a crecer de manera sostenida: alrededor de 4 mil 500 pesos en las más jóvenes y más de 14 mil pesos entre las mujeres mayores de 65 años. Y no solo eso: casi la mitad termina contratando un segundo producto financiero después de abrir esta cuenta.

No existe un gran momento de revelación ni un salto repentino. Lo que hay es una acumulación silenciosa de confianza, construida transacción por transacción, mes tras mes. Ese es el tipo de inclusión financiera que sí transforma vidas.

Aquí es donde la conversación sobre inclusión financiera debería volverse incómoda para muchas instituciones financieras, porque uno de los principales factores que interrumpen el ahorro de las mujeres no es la falta de disciplina, sino la vulnerabilidad ante lo imprevisto: una enfermedad, una emergencia familiar, un gasto médico que desordena meses de esfuerzo.

La Condusef y diversos estudios de salud financiera coinciden en que las mujeres presentan mayor fragilidad ante choques económicos. No porque administren peor, sino porque el sistema les da menos margen. Entonces, la pregunta para la industria no debería ser “¿cómo le damos acceso a más mujeres?”, sino “¿cómo hacemos que el acceso que ya tienen resista la vida real?”.

Eso implica pensar distinto. Implica dejar de tratar la cuenta de ahorro como un contenedor pasivo y empezar a diseñarla como una red: con orientación médica, acompañamiento preventivo, herramientas que reduzcan la presión del gasto imprevisto. Cuando eso ocurre, el ahorro deja de ser frágil. Y cuando el ahorro deja de ser frágil, las decisiones financieras cambian.

Cada marzo escuchamos lo mismo: “Estamos comprometidos con el empoderamiento femenino”. Es una frase que puede sentirse vacía. El verdadero compromiso se demuestra en las soluciones que estamos desarrollando.

¿Cuántos productos financieros en México están diseñados desde la realidad económica de las mujeres? ¿Cuántos consideran que el ingreso puede ser irregular, que el ahorro compite con el cuidado de otros, que la estabilidad no llega en línea recta?

Desde donde yo lo veo, con los datos que brinda la operación diaria y la sensibilidad que aportan las conversaciones uno a uno con cada clienta, la independencia financiera de las mujeres empieza cuando el sistema deja de tratarlas como una versión incompleta de un cliente estándar. Y eso, en México, todavía es más la excepción que la regla.

Gabriela Hernández

Gabriela Hernández

Directora ejecutiva de Afiliación y Captación de Banco Azteca

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