El fortalecimiento del peso frente al dólar ha sido celebrado como señal de estabilidad macroeconómica en México; sin embargo, el llamado “superpeso” se ha convertido en una presión directa para la competitividad de miles de exportadores.
La lógica es simple: cuando el peso se aprecia, los ingresos en dólares valen menos en pesos.
La mayoría de los sectores exportadores suelen tener contratos dolarizados, pero sus costos operativos (salarios, logística, energía…) se pagan en pesos. Esto provoca que sus márgenes se reduzcan, que se limite su capacidad de inversión y, en muchos casos, debilita su posibilidad de competir frente a proveedores de países con monedas más depreciadas.
Una moneda fuerte puede ser atractiva para los mercados financieros, pero no necesariamente para quienes venden al exterior con márgenes cada vez más estrechos. En la práctica, la apreciación cambiaria funciona como un impuesto silencioso a la exportación.
El impacto del “superpeso” no es similar para todas las empresas en México: las grandes pueden cubrirse financieramente o absorber mejor la volatilidad cambiaria; pero no las pequeñas y medianas exportadoras. Para muchas Pymes, un peso fuerte significa menor flujo de efectivo, ciclos de pago más frágiles y menos espacio para invertir en productividad. Celebrar el fortalecimiento del peso sin mirar este efecto es ignorar a una parte clave del tejido exportador del país.
Aquí hay una paradoja incómoda: México presume su vocación exportadora, pero opera con un entorno cambiario que encarece estructuralmente la actividad de exportar. Soy enfática en aclarar que no se trata de pedir un peso débil, sino de reconocer que el tipo de cambio es un factor central de la competitividad real; ignorar esta realidad es desconectar la narrativa macroeconómica de la realidad productiva.
Me parece que necesitamos ir más allá de celebrar un peso fuerte si queremos que México consolide su papel como potencia exportadora. Necesitamos fortalecer instrumentos de cobertura para exportadores, ampliar el acceso al financiamiento vinculado a flujos de exportación y reconocer que la competitividad no se construye en el mercado cambiario, sino en la rentabilidad de quienes producen y venden al mundo.
El “superpeso” no exporta. Exportan las y los empresarios en México. Y si exportar deja de ser un buen negocio, ningún indicador financiero va a compensar esa pérdida.
