Colaborador Invitado

La respuesta industrial ante una nueva etapa eléctrica

Cuando un país fortalece su sistema eléctrico, no solo amplía su oferta de energía; también transforma el entorno en el que operan las empresas.

México, al igual que otros países, está entrando en una etapa de expansión y modernización de su infraestructura eléctrica para acompañar el crecimiento de la demanda, la electrificación de más actividades productivas y una economía cada vez más digital. Este proceso suele medirse en megawatts, inversiones y kilómetros de red, pero para el sector empresarial su impacto va más allá de las cifras de capacidad instalada.

Desde esa óptica, cuando un país fortalece su sistema eléctrico, no solo amplía su oferta de energía; también transforma el entorno en el que operan las empresas. Sectores como manufactura avanzada, logística, comercio digital, edificios corporativos e infraestructura tecnológica dependen de sistemas eléctricos más estables, flexibles y eficientes. Por ende, la energía deja de ser únicamente un insumo operativo y se convierte en un factor que incide en la productividad, la continuidad del negocio y la competitividad.

Para dimensionar este cambio, puede pensarse en una analogía sencilla: es como ampliar y modernizar una red de autopistas; se incrementa la capacidad para que más actividad económica circule, pero para que esa mayor capacidad realmente se traduzca en resultados productivos, los ‘vehículos’ que circulan por ella también deben evolucionar. En el entorno empresarial, esos “vehículos” son sus propias instalaciones, procesos y sistemas de gestión de energía.

Trasladado al terreno empresarial, este escenario introduce un cambio relevante en la planeación de las empresas. A medida que la infraestructura eléctrica externa se moderniza, también aumenta el estándar para la infraestructura energética interna de plantas, edificios y centros de operación. Las empresas requieren mayor control y visibilidad sobre su consumo, así como una operación más eficiente y resiliente ante un entorno eléctrico más dinámico.

En la práctica, uno de los efectos más visibles es la necesidad de digitalizar la gestión de la energía. A medida que crecen las fuentes renovables y los sistemas eléctricos se vuelven más dinámicos, las empresas requieren monitoreo en tiempo real, automatización y sistemas de gestión que les permitan ajustar sus cargas, optimizar procesos y reducir vulnerabilidades. La eficiencia energética deja de ser solo una herramienta de ahorro y pasa a formar parte de la estrategia operativa y de gestión de riesgos.

Al mismo tiempo, la magnitud de las inversiones en infraestructura eléctrica impulsa la actividad de cadenas de suministro vinculadas a equipamiento, automatización, componentes eléctricos y soluciones tecnológicas. Este movimiento no solo impacta al sector energético, sino a un ecosistema más amplio de empresas industriales y de servicios que participan en la modernización de instalaciones, procesos y sistemas de control.

En un plano más amplio, la relación entre infraestructura eléctrica y competitividad empresarial se vuelve más directa. Los países que fortalecen su capacidad energética amplían su potencial productivo, pero también configuran un entorno donde las organizaciones deben evolucionar su forma de operar para aprovechar plenamente esas condiciones. La energía, que durante años fue vista como un costo fijo e inevitable, se integra cada vez más a las decisiones estratégicas de negocio.

De ahí que, para muchas compañías, la capacidad de gestionar su consumo, modernizar su infraestructura eléctrica interna y operar con mayor eficiencia y resiliencia será un factor determinante en su crecimiento futuro. La expansión del sistema eléctrico marca una nueva etapa para el país; la manera en que el sector productivo responda a ella definirá buena parte de su competitividad en los próximos años.

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