México llega a la revisión del TMEC en 2026 justo cuando comenzamos a comprender la magnitud de los cambios geopolíticos brutales provocados por la evolución exponencial de las tecnologías críticas: inteligencia artificial, computación cuántica, sistemas autónomos orbitales, reactores modulares pequeños (SMR), biotecnología avanzada y semiconductores de nueva generación. Estas tecnologías no sólo transformarán la economía global; redefinirán el poder, la seguridad, la competitividad y, en una palabra, la verdadera soberanía de las naciones. Donald Trump —y, más allá de su figura, toda su administración— no sólo entiende perfectamente este nuevo panorama, sino que pretende controlarlo. En este contexto, mientras México concentra casi todo su capital político y diplomático en preservar el TMEC, el tablero estratégico mundial se mueve a una velocidad sin precedentes. Y la ventana para reposicionarse —2026 a 2030— será tan corta como decisiva.
Para entender el desfase, hay que regresar a 1994. El TLCAN nació en un contexto completamente distinto: la globalización comercial tenía el viento en popa, la liberalización de los mercados era un dogma, las cadenas de valor se extendían hacia países de bajo costo y la manufactura se deslocalizaba masivamente. La economía digital no existía, la inteligencia artificial era un concepto académico y los datos no tenían valor económico. El TLCAN —y su heredero, el TMEC— fueron diseñados para optimizar flujos físicos en un mundo pre-digital, pre-IA y pre-datos. Este mundo se está acabando.
Hoy, México defiende el TMEC como si fuera el eje central de su futuro económico. Es comprensible: el comercio con Estados Unidos sigue siendo vital, representa el 80% de las exportaciones y sostiene millones de empleos a ambos lados de la frontera. Pero convertir el TMEC en la prioridad absoluta puede limitar la capacidad del país para entender —y sobre todo aprovechar— los cambios estructurales que ya están redefiniendo la economía norteamericana. El TMEC es importante, pero no aborda los motores reales del siglo XXI: los datos, la inteligencia artificial, los semiconductores, la ciberseguridad, la energía, las infraestructuras críticas y la co-producción tecnológica. El TMEC protege el presente, pero no garantiza el futuro.
La narrativa dominante afirma que, con el TMEC revisado oportunamente, México tiene asegurado su futuro para la próxima década. Es falso. El país se juega su verdadero destino en los próximos cuatro años. Entre 2026 y 2030, Estados Unidos tomará decisiones que definirán dónde se ubicarán las cadenas de valor críticas, qué países participarán en su estrategia de soberanía tecnológica, dónde se instalarán plantas de semiconductores, baterías, IA aplicada, salud y defensa, y cómo se estructurará la seguridad energética regional. Estas decisiones fijarán la geografía industrial de América del Norte por los próximos treinta años. Si México no está posicionado en esa ventana, ya no lo estará después.
México podría eventualmente salir con beneficios de la renegociación del TMEC en 2026 y aun así perder su lugar en la economía norteamericana del futuro. Podría evitar una crisis comercial, mantener el acceso preferencial al mercado estadounidense y, sin embargo, quedar fuera de las cadenas de valor estratégicas que definirán la competitividad regional. Sin una estrategia tecnológica e industrial actualizada y ambiciosa, los grandes flujos de inversión se irán a otros destinos. Estados Unidos asegurará su soberanía tecnológica solo o con otros socios. Y México quedará atrapado en el mismo rol de menor relevancia: ensamblador de bajo valor agregado en un mundo que ya no premia ese modelo. Las consecuencias sociales y humanas serían dramáticas: millones de mexicanos perderán sus empleos, sin alternativas reales en un mercado laboral que se automatiza a una velocidad implacable.
Estados Unidos ya no busca un socio comercial. Busca un socio estratégico. Un país capaz de contribuir a la seguridad energética, a la producción de tecnologías críticas, a la resiliencia de las cadenas de suministro, a la gobernanza de datos, a la IA aplicada a la industria y a la ciberseguridad. México puede ser ese socio, pero no si su única prioridad es defender el TMEC. El país necesita —y debe proponer— un nuevo marco, por ejemplo, un Pacto Norteamericano de Soberanía Tecnológica e Industrial, que reconozca que la riqueza ya no está en los bienes físicos, sino en los datos, los algoritmos, la energía y las infraestructuras críticas.
El TMEC importa. Debe defenderse con convicción, sin lugar a duda, por lo menos para preservar a muy corto plazo millones de empleos mexicanos. Pero no debe convertirse en el techo de la ambición nacional. La historia no juzgará si México preservó el TMEC en 2026. Juzgará si supo aprovechar —o desperdiciar— la ventana 2026–2030 para convertirse en un pilar de la soberanía norteamericana. México no se juega su futuro en la renegociación del TMEC. Se lo juega en su capacidad para entrar —ya— en la economía de los datos, la IA y la energía. Y esa ventana se cerrará en 2030.
Y cuando se cierre, no sólo estará en juego la competitividad del país. Estará en juego la vida cotidiana de millones de familias mexicanas. Si México no actúa ahora, la próxima década no será recordada por la oportunidad tecnológica perdida, sino por la mayor destrucción de empleo industrial en la historia moderna del país. No será una crisis económica: será una crisis humana. Y esa es la verdadera urgencia.