Colaborador Invitado

El T-MEC no se renegocia, se pone a prueba

El mensaje es sencillo, pero contundente. El T-MEC ya no se sostiene por ventajas de costos; se sostiene con certidumbre, cumplimiento y visión de largo plazo.

La revisión de 2026 será un examen de credibilidad, cumplimiento y estrategia económica para México.

En el verano de 2026, México, Estados Unidos y Canadá enfrentarán algo más que una revisión técnica de su acuerdo comercial. La cláusula de revisión del T-MEC —la llamada sunset review— será, en realidad, un plebiscito político sobre la confianza, certidumbre y viabilidad del proyecto de integración productiva de América del Norte. Para México, el reto es evidente: llegar a la mesa de negociación con resultados verificables y una estrategia clara, en un entorno donde el proteccionismo es selectivo y la geopolítica influye fuertemente en el comercio internacional.

Conviene recordar que el T-MEC no es solo un tratado arancelario. Su verdadero valor reside en ofrecer reglas claras para invertir, producir y exportar en la región. Por eso, lo que está en juego en 2026 no es tanto el texto del tratado, sino la percepción de cumplimiento y la capacidad de adaptación de cada país a las nuevas prioridades, tanto económicas como políticas.

Certidumbre: El activo que no se improvisa

Para México, el primer frente es la certidumbre regulatoria. En los últimos años, las fricciones no han surgido por los aranceles, sino por cambios regulatorios, interpretaciones unilaterales y señales contradictorias hacia la inversión privada. En un mundo donde el capital global se mueve con cautela, cualquier duda sobre las reglas del juego se traduce en proyectos pospuestos o desviados hacia otras geografías.

Estados Unidos y Canadá llegarán a la revisión de 2026 con una narrativa clara: el T-MEC debe garantizar piso parejo. México deberá demostrar que puede conciliar objetivos de política pública respetando sus compromisos internacionales. No hacerlo convertiría la revisión en un proceso defensivo, donde la incertidumbre funciona como moneda de cambio.

Las disputas que ya están en la mesa

La agenda de 2026 está influida por conflictos ya existentes. El caso del maíz genéticamente modificado es el ejemplo perfecto. No es sólo un debate técnico o ambiental, se ha convertido en un símbolo político sobre ciencia, cumplimiento y credibilidad del marco comercial. México deberá resolverlo con inteligencia, de forma que proteja su biodiversidad sin abrir la puerta a represalias comerciales o a la percepción de incumplimiento deliberado.

Otro frente sensible es el laboral. El Mecanismo Laboral de Respuesta Rápida ha demostrado ser eficaz y, en Washington, políticamente rentable. Aunque México ha avanzado en reformas laborales, la revisión de 2026 evaluará resultados, no intenciones. La lección es clara: el costo de no cerrar brechas laborales ya no es sólo social, sino comercial.

Otro posible foco de discrepancias es el sector automotriz, columna vertebral de las exportaciones mexicanas. Reglas de origen, contenido regional y preocupación por insumos asiáticos —con China como telón de fondo— anticipan un endurecimiento de la discusión. México deberá demostrar que puede fortalecer a proveedores regionales sin perder competitividad ni frenar la integración productiva.

Energía, clima y cadenas de suministro

Aunque el capítulo energético no se renegocie formalmente, la energía será el termómetro de la negociación. La industria norteamericana necesita electricidad confiable, limpia y a precios competitivos. La pregunta de fondo no es ideológica, es operativa: ¿puede México sostener su papel como plataforma industrial en la transición energética global?

A esto se suma la preocupación de Washington por la seguridad y resiliencia de las cadenas de suministro —semiconductores, minerales críticos, dispositivos médicos, entre otros—. Aquí México tiene una oportunidad real: pasar de ser sólo un eslabón manufacturero a un socio estratégico en la construcción de cadenas regionales más sofisticadas.

¿Qué esperar del proceso de 2026?

Lo más probable es una extensión condicionada del acuerdo, con ajustes puntuales y compromisos políticos adicionales. El mayor riesgo no es una ruptura abrupta, es algo más corrosivo: un escenario de incertidumbre prolongada, con revisiones recurrentes que generen zozobra entre inversionistas y empresas, que operarían en modo “pausa”.

Estados Unidos utilizará el proceso para atender presiones internas —empleo, China, política industrial—, mientras que Canadá buscará ajustes en áreas específicas. México, si no llega preparado, podría terminar reaccionando en vez de proponiendo.

La revisión del T-MEC en 2026 será, probablemente, menos un juicio al tratado y más un examen a la estrategia económica de México. Hay dos caminos. Uno defensivo, enfocado en minimizar daños, ceder en lo indispensable y esperar que pase la tormenta. El otro proactivo, que transforme la revisión en una plataforma para consolidar su papel en América del Norte.

El mensaje es sencillo, pero contundente. El T-MEC ya no se sostiene por ventajas de costos; se sostiene con certidumbre, cumplimiento y visión de largo plazo. Si México lo entiende y actúa en consecuencia, la revisión de 2026 puede convertirse en una oportunidad histórica. Si no, la incertidumbre prolongada será el precio a pagar.

Osmar H. Zavaleta-Vázquez, profesor del Departamento de Finanzas y Economía de Negocios de EGADE Business School del Tecnológico de Monterrey.

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