Colaborador Invitado

Bad Bunny fue un aviso: México no puede darse el lujo de esperar

El espectáculo fue global. La advertencia es local. Si México quiere aprovechar su momento, debe tratar a la infraestructura eléctrica como prioridad nacional. Porque sin energía confiable, no hay industria.

El espectáculo de medio tiempo del Super Bowl suele ser un ejercicio de entretenimiento puro. Luces, pirotecnia, éxitos conocidos y un consenso tácito: gustar al mayor número posible de personas. Por eso, lo que hizo Bad Bunny este año rompió el molde. El Apagón, cantada sobre un poste eléctrico, fue incómoda, simbólica y, para muchos, desconcertante.

Probablemente a quienes nacimos antes de los noventa —acostumbrados a otros códigos musicales y estéticos— no nos gustó. No conectamos del todo. Para generaciones más jóvenes, en cambio, el mensaje fue claro y potente. Y ahí está una de las claves: más allá del gusto personal, el mensaje importa. Porque no hablaba solo de Puerto Rico. Hablaba de infraestructura, de energía y de lo que ocurre cuando un país se queda corto en lo esencial.

Puerto Rico es el caso extremo. México no está ahí. Pero tampoco puede darse el lujo de ignorar la advertencia. En los últimos meses, la Comisión Federal de Electricidad ha anunciado nuevos proyectos de transmisión y se han realizado cambios relevantes en los altos mandos. Son señales positivas. Muestran reconocimiento del problema. Sin embargo, sería un error pensar que con eso basta. Vamos tarde. No tarde para reaccionar, pero sí tarde como para seguir postergando decisiones estructurales.

El mensaje es simple y contundente: mientras no se invierta de forma sostenida y acelerada en infraestructura eléctrica, los proyectos de crecimiento estarán limitados. No es una postura ideológica ni un argumento político. Es una realidad técnica y económica.

México vive un momento histórico. Nearshoring, relocalización industrial, parques industriales que se expanden, data centers que demandan energía constante, electrificación del transporte y una transición energética que, nos guste o no, es irreversible. Todo eso ocurre al mismo tiempo que redes de transmisión y distribución saturadas, subestaciones al límite y tiempos de interconexión cada vez más largos.

El resultado es un cuello de botella silencioso. No aparece en discursos, pero se siente en la práctica: proyectos que se retrasan, inversiones que se encarecen, decisiones que se posponen o se mudan a otra geografía. No basta con generar electricidad si no se puede transportar. La transmisión es el sistema circulatorio del país. Sin ella, la energía se queda atrapada y el crecimiento se frena.

Cada megawatt que no puede entregarse donde se necesita representa una fábrica que no arranca, un parque industrial que no se expande o bien, un centro de datos que se instala en otro país.

Los anuncios recientes y los relevos en la estructura directiva son pasos en la dirección correcta. Pero la brecha acumulada es grande. Décadas de subinversión no se corrigen con comunicados ni con proyectos aislados. Se requiere un plan de largo plazo, con presupuesto multianual, ejecución técnica rigurosa y una visión pragmática.

Fortalecer a la empresa del Estado no es incompatible con acelerar resultados. Al contrario. El reto es tan grande que exige colaboración, reglas claras y esquemas que permitan construir más y más rápido. La pregunta relevante no es quién construye, sino qué tan bien y en qué plazo.

Tal vez El Apagón no fue del gusto de todos. Pero, ahí está la lección. La electricidad dejó de ser un tema técnico de ingenieros y burócratas. Es competitividad, bienestar y futuro. Cuando falla, todo lo demás falla.

México aún está a tiempo. Cada año sin ampliar y modernizar transmisión y distribución incrementa el costo futuro: más congestión, más restricciones, más frustración.

La economía no se impulsa solo con anuncios. Se impulsa con acero, cobre, transformadores, electrónica de potencia, derechos de vía e ingeniería bien ejecutada. Invertir en infraestructura eléctrica no es un gasto: es la condición mínima para que el crecimiento ocurra.

El espectáculo fue global. La advertencia es local. Si México quiere aprovechar su momento, debe tratar a la infraestructura eléctrica como prioridad nacional. Porque sin energía confiable, no hay industria. Y sin industria, cualquier proyecto de país termina, inevitablemente, a oscuras.

Luis J. Ramón

Luis J. Ramón

Fundador y director general de Diram

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