“Si las potencias medias no estamos en la mesa, estamos en el menú”, dijo acertadamente el primer ministro de Canadá, Mark Carney, en Davos.
La semana pasada en “La Montaña Mágica”, Trump fue por lana y salió trasquilado. “En uno de los pocos pasajes relativamente coherentes de su discurso”, apunta Gideon Rachman en el Financial Times, “Trump descartó explícitamente el uso de la fuerza para arrebatarle la isla a Dinamarca”.
Tampoco repitió que castigaría económicamente a los países europeos que se oponían a sus caprichos. ¿Será amnesia senil o cambio de planes? Quién sabe, pero la pausa es bienvenida.
Y ahí no pararon los reveses para Trump. Canadá, Francia, Alemania, Países Bajos, Reino Unido y otros países europeos rechazaron su invitación a incorporarse a su llamada “Junta de Paz” para Gaza.
Un proyecto para reconvertir a la Franja de Gaza en un destino turístico con su obligada Torre Trump, que combina Dubái con Disney World y vuelve a desplazar a los palestinos.
Un resultado hasta cierto punto predecible si consideramos que los negociadores de Trump son agentes inmobiliarios como el propio Trump, su yerno Jared Kushner o Steve Witkoff, y que en esta negociación no hay un solo diplomático de carrera.
Por otro lado, hay que subrayar que el desarrollo comercial en Gaza cuenta con el apoyo de Azerbaiyán, Armenia, Kazajistán, Paraguay y Argentina.
Lo que verdaderamente amargó la visita de Trump a Davos fue el excepcional discurso del primer ministro de Canadá, Mark Carney, quien, en medio de una ovación tumultuaria, describió el desorden global creado por Trump.
“Hoy hablaré de una ruptura en el orden mundial, del fin de una ficción reconfortante y del inicio de una realidad dura, en la que la geopolítica —en la que la gran potencia dominante— ya no está sujeta a límites ni a restricciones”.
Escuchar el acertado mensaje de Carney, después de un año oyendo las bravuconadas del estadounidense, fue una invitación a recuperar la sensatez, a reconocer públicamente que las potencias intermedias como Canadá no son impotentes; que juntas pueden construir un nuevo orden en el que imperen los valores de Occidente, el respeto a los derechos humanos, el desarrollo sostenible, la solidaridad, la soberanía y la integridad territorial de los distintos Estados.
Con sobriedad e inteligencia, Carney nos recordó “que vivimos en una era de rivalidad entre grandes potencias, que el orden internacional basado en reglas se está desvaneciendo, que los fuertes hacen lo que pueden y los débiles sufren lo que deben”.
Y conminó al resto de las naciones a que eviten acomodarse para evitar problemas, a que no se engañen creyendo que la obediencia compra seguridad, que dejen de fingir, vean la realidad, construyan una fortaleza en su casa y se decidan a actuar juntos.
“Sostengo”, dijo Carney, “que las potencias intermedias deben actuar juntas, porque si no estamos en la mesa, estamos en el menú”. Y agregó: “Los poderosos tienen su poder. Pero nosotros también tenemos algo: Ese es el camino de Canadá.
Lo elegimos de manera abierta y confiada, y es un camino abierto a cualquier país dispuesto a recorrerlo con nosotros. La ‘soberanía’”, dijo, “ya no se sostiene en reglas, sino en la capacidad para resistir la presión”.
Por su parte, el presidente de Francia, Emmanuel Macron, concluyó su discurso con la misma claridad y valentía que Carney: “Preferimos el respeto a los matones; la ciencia al conspiracionismo; el Estado de derecho a la brutalidad”.
Apoyándose en esta revisión occidental de la realidad, el gobierno chino aprovechó la ocasión, remarcando: “El mundo no puede volver a la ley de la jungla, en la cual los fuertes imponen su voluntad”.
Nadie sabe cuáles serán los siguientes pasos del “bully” en la Casa Blanca, pero lo que las voces de Davos dejaron perfectamente en claro fue que el viejo orden, basado en un Estados Unidos benevolente, ha desaparecido, y que las potencias medias deben actuar juntas para enfrentarlo.