Colaborador Invitado

Estimada secretaria general

La próxima líder de la ONU afrontará el enorme desafío de reformar y revitalizar la organización para responder a grandes retos.

La Organización de las Naciones Unidas inicia oficialmente el proceso de selección para su próximo/a secretario/a general, para sustituir al portugués Antonio Guterres, el 1 de enero de 2027. La pregunta ya se susurra en los pasillos de los foros internacionales desde hace meses: ¿quién ocupará su lugar? ¿Y quién querrá ser secretario general de la ONU en un momento de tanta fragilidad e incertidumbre global?

Por primera vez en ocho décadas, existe una posibilidad real de que una mujer sea elegida para liderar la organización. Esta oportunidad histórica gana impulso gracias al creciente llamamiento internacional para que el cargo recaiga en una mujer (y además procedente de América Latina y el Caribe), lo que supondría un hito sin precedentes. La elección sería un paso decisivo para romper el techo de cristal, también en el multilateralismo.

Según el artículo 97 de la Carta de la ONU, el secretario general es nombrado por la Asamblea General a recomendación del Consejo de Seguridad. Para ser propuesto, el candidato necesita al menos nueve votos de los quince miembros del Consejo, incluyendo el respaldo de los cinco miembros permanentes (Estados Unidos, Rusia, China, Francia, y Reino Unido), quienes pueden vetar cualquier candidatura.

Históricamente, el proceso para elegir al secretario general ha sido criticado por su opacidad y falta de apertura. El procedimiento fue renovado en 2015, haciendo el proceso de nombramiento público. Las personas que se presentarán a la candidatura serán invitadas a presentar una declaración de su visión estratégica y participarán en diálogos oficiales con todos los Estados miembros de la Asamblea General. La sociedad civil y el público general deberán poder dialogar con todos los candidatos.

Elegir al próximo secretario general no será un mero trámite diplomático, sino una decisión con hondas implicaciones geopolíticas. En plena policrisis global, se busca a alguien capaz de equilibrar las dimensiones política, administrativa, diplomática y jurídica del cargo, y también de insuflarle propósito. El perfil ideal no se mide solo por la experiencia internacional o la visión estratégica, sino por la capacidad de tender puentes entre agendas enfrentadas y de ejercer un liderazgo que inspire confianza.

Aunque el proceso suena impecable sobre el papel, en la práctica ha sido criticado por favorecer candidaturas moldeables a los intereses de los miembros permanentes del Consejo de Seguridad, lo que reduce el margen para perfiles verdaderamente fuertes y reformistas. Evitar el veto de alguno de los cinco grandes puede implicar apostar por figuras más dóciles y discretas, antes que por líderes con ambición transformadora.

Como institución que encarna a la comunidad internacional en su conjunto, las Naciones Unidas reconoce la importancia de garantizar una representación geográfica equilibrada y una rotación de perspectivas regionales en su liderazgo. Aunque la Carta no establece una rotación formal para este cargo, desde hace décadas se ha consolidado como una norma no escrita. Tras secretarios generales procedentes de África (Kofi Annan), Asia (Ban Ki-moon) y Europa (António Guterres), todo apunta a que ha llegado el turno de América Latina y el Caribe para presentar al próximo candidato o candidata.

Más de treinta excancilleres latinoamericanos han firmado una declaración conjunta instando a respaldar la campaña para que una mujer de la región asuma la Secretaría General de la ONU. En la misma línea, la organización Gender Women Leaders Voices (GWL Voices), presidida por Susana Malcorra e integrada por 78 exprimeras ministras y antiguas responsables de organismos internacionales, ha lanzado la iniciativa “Madam Secretary-General”, que reclama que, por primera vez en la historia, una mujer lidere las Naciones Unidas.

Malcorra ha subrayado que hoy más que nunca es necesario incorporar a la mujer como actor social, activo y parte de la solución, garantizando su participación equitativa en el liderazgo del sistema internacional. Advierte que vivimos en un momento de “hipermasculinización” en la conducción de las relaciones internacionales, donde sentarse a la mesa de negociación “casi se percibe como un signo de debilidad,” lo que refuerza la urgencia de transformar quién toma las decisiones a nivel mundial.

Históricamente, el liderazgo internacional ha estado lejos de alcanzar la paridad de género. Diecinueve organizaciones internacionales nunca han sido dirigidas por una mujer; 73 países, de los 193 que integran la ONU, jamás han nombrado a una mujer como representante permanente; y, en casi ocho décadas de asambleas generales, solo cinco mujeres han presidido este órgano anualmente. La elección de una mujer como secretaria general de la ONU, por primera vez desde 1945, es un hecho de enorme trascendencia.

Frente a esta deuda histórica de representación, dos mujeres latinoamericanas han sido, por ahora, oficialmente nominadas: Michelle Bachelet y Rebeca Grynspan. La primera fue propuesta el pasado 23 de septiembre, durante la Asamblea General, por el presidente chileno Gabriel Boric. Bachelet ha sido presidenta de Chile en dos ocasiones, alta comisionada de la ONU para los Derechos Humanos y directora ejecutiva de ONU Mujeres. La segunda fue nominada el 8 de octubre por el presidente costarricense Rodrigo Chaves. Grynspan, expresidenta de Costa Rica, fue secretaria general Iberoamericana (SEGIB) y actualmente dirige la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo (UNCTAD).

Sin embargo, la presencia femenina en la contienda no ha evitado nuevas nominaciones masculinas. El embajador argentino Rafael Grossi fue propuesto oficialmente por su gobierno el pasado 26 de noviembre, convirtiéndose así en el tercer candidato latinoamericano en aspirar al cargo. Grossi es diplomático de carrera y actualmente ocupa el puesto de director general de la Agencia Internacional de la Energía Atómica. Esta postulación llega a pesar de que, en el comunicado emitido por el Consejo de Seguridad y la presidenta de la Asamblea General al abrirse el proceso de nominaciones, se lamentó que ninguna mujer haya ocupado jamás el cargo de secretaria general, haciendo un llamado a los Estados miembros a “considerar seriamente la posibilidad de nominar a mujeres como candidatas.”

Además de las candidaturas formales, en los círculos diplomáticos han circulado otros nombres latinoamericanos. Entre ellos destacan Alicia Bárcena, actual secretaria de Medio Ambiente de México y exsecretaria ejecutiva de la CEPAL; María Fernanda Espinosa, expresidenta de la Asamblea General de la ONU y exministra de Exteriores de Ecuador; Mia Mottley, primera ministra de Barbados, ampliamente reconocida por su liderazgo en la lucha contra el cambio climático y en la defensa de una reforma del sistema financiero internacional; Virginia Gamba, quien recientemente ocupó el cargo de representante especial del secretario general para la Infancia y los Conflictos Armados; y David Choquehuanca, dirigente indígena aymara, exministro de Relaciones Exteriores y exvicepresidente de Bolivia. Ninguno de ellos ha sido nominado oficialmente por sus respectivos gobiernos, e incluso algunos han descartado públicamente esa posibilidad. Esta diversidad de perfiles podría dificultar que el bloque latinoamericano alcance un consenso en torno a una única candidatura.

La elección dependerá también de qué otras figuras se presenten y de cómo su perfil, su país o su agenda encajen en el delicado equilibrio del “no veto” de los miembros permanentes del Consejo de Seguridad. En un contexto de retroceso de las agendas de inclusión y género en Estados Unidos y otros países, la ecuación se vuelve aún más incierta.

Líderes como Barack Obama y académicos como el profesor de Harvard Steven Pinker han sostenido que, si hubiera más mujeres en el poder, el mundo sería menos propenso a la guerra. Argumentan que, históricamente, las mujeres tienden a resolver los conflictos mediante el diálogo y fórmulas alternativas antes que el conflicto bélico. Con ello desafían una percepción aún extendida de que, en tiempos de amenazas, el liderazgo masculino es preferido por ser más duro y agresivo.

La próxima líder de Naciones Unidas afrontará el enorme desafío de reformar y revitalizar la organización para hacerla capaz de responder a los grandes retos de nuestro tiempo. Su elección representa una oportunidad histórica para avanzar hacia la igualdad y un multilateralismo más inclusivo. Sea quien sea la elegida, buena parte del mundo espera, con esperanza y convicción, poder pronunciar por primera vez las palabras: «Estimada secretaria general».

Borja Santos Porras

Borja Santos Porras

Vicedecano de IE School of Politics, Economics and Global Affairs (IE University)

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