Colaborador Invitado

Dos siglos de amistad entre México y Perú

Fue a partir de la década de 1960 que nuestros países fueron acercándose cada vez más e intensificando el diálogo político, la cooperación en distintos ámbitos.

El día de hoy México y Perú alcanzan 200 años de relación bilateral, luego de que el 23 de enero de 1823 el diplomático peruano José de Morales y Ugalde presentara las cartas credenciales que lo acreditaron como ministro extraordinario y plenipotenciario del Perú ante nuestro país, días después de que México reconociera la independencia de la hermana nación andina. De esa manera, comenzaban formalmente las relaciones diplomáticas entre dos Estados indiscutiblemente singulares dentro del continente americano.

Herederos de sociedades originarias cuya capacidad organizativa y creativa en términos políticos, económicos, productivos y culturales resultó en dos de las más grandes civilizaciones del mundo y en aportaciones fundamentales al patrimonio común de la humanidad, México y Perú fueron lógicamente la sede de los dos virreinatos de la empresa colonial española en las Américas, fungiendo como los principales centros políticos, comerciales y culturales del “nuevo” continente hasta su emancipación en los primeros años de la década de 1820.

Sobre esa base, nuestros países fueron tejiendo poco a poco su interacción como naciones soberanas, fincada en el tratado de Amistad, Comercio y Navegación de 1832, mientras sorteaban los retos propios de su novel vida independiente y defendían su autonomía frente a los embates extranjeros. A lo largo del siglo XIX, y durante la mayor parte del siglo XX, mantuvimos un trato cordial, con episodios brillantes como el firme rechazo del Perú a la intervención francesa en México en 1862 y el apoyo brindado por el joven cónsul peruano, Manuel Nicolás Corpancho al gobierno de Benito Juárez y a los republicanos, pero también periodos tensos como la breve ruptura de relaciones diplomáticas entre 1932 y 1933 durante el gobierno de Sánchez Cerro en Perú, dada la relación entre México y Víctor Raúl Haya de la Torre.

Fue a partir de la década de 1960 que nuestros países fueron acercándose cada vez más e intensificando el diálogo político, la cooperación en distintos ámbitos y los lazos comerciales, logrando consolidar todo ello en el nuevo milenio con la firma de un tratado de libre comercio en 2011, la creación en ese mismo año —junto con Chile y Colombia— de uno de los mecanismos de integración regional más exitosos: la Alianza del Pacífico, y el reconocimiento mutuo como socios estratégicos en 2014. Hoy, son frecuentes los contactos directos entre nuestras autoridades, el intercambio comercial ronda los dos mil millones de dólares y cada día crecen más las inversiones de forma recíproca, son diversos los espacios de cooperación en distintos ámbitos, y el turismo y la movilidad de personas por razones laborales o académicas reporta constantemente números más altos.

En síntesis, y citando al historiador mexicano Fabián Herrera, la de México y Perú ha sido una relación en maduración. O, mejor dicho, así ha sido la relación entre nuestros gobiernos y sectores político-económicos, porque nadie podría negar que las arterias que conectan a nuestras sociedades se han venido ensanchando con mayor velocidad y determinación desde hace doscientos años, y que por ellas corren fraternalmente, de ida y vuelta, todas las sangres.

Sin duda, este aniversario tan especial entre nuestras naciones no puede envolverse en una efusiva celebración. Nuestra relación atraviesa por un momento complejo y en el Perú se vive una preocupante situación política y social, que ha resultado en la muerte de decenas de personas y cientos de heridos, y cuya raíz puede encontrarse en gran medida en uno de los principales retos que compartimos como países: la inmensa desigualdad que hay al interior de nuestras poblaciones. Esperamos que esta crisis sea superada dentro de los cauces democráticos, con pleno respeto a los derechos humanos y privilegiando el diálogo entre todos los actores.

Lo anterior no obsta para que rindamos un merecido homenaje a la amistad que existe entre nuestros pueblos y aprovechemos la ocasión para reflexionar sobre cuál debe ser el énfasis a imprimir en nuestras relaciones futuras: ¿cómo nos ayudamos a construir sociedades más justas e igualitarias, libres de racismo? ¿Cómo distribuimos mejor la riqueza y garantizamos servicios básicos como salud y educación para todas las personas? ¿Cómo podemos cuidar y valorar más nuestra tierra y recursos naturales como lo hicieron quienes nos precedieron y lo hacen aún nuestros hermanos de los pueblos originarios? ¿Cómo proteger a nuestros ciudadanos y evitar la violencia? ¿Cómo fortalecer nuestra democracia y asegurar una adecuada representatividad de nuestras autoridades?

Responder a esas interrogantes y trabajar en consecuencia será la mejor forma de conmemorar nuestra amistad de dos siglos.

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