La inseguridad, el narcotráfico, el Tratado de Libre Comercio y la migración son los asuntos prioritarios de la agenda de los presidentes Biden y López Obrador. Los cuatro jinetes del Apocalipsis que recorren el país y que el gobierno no ha podido solucionar.
En Sinaloa, de los abrazos pasamos a los balazos. Decenas de muertos y bajas importantes del Ejército. La capacidad de fuego de los delincuentes demostró poderío y fuerza de combate. Ahora, AMLO tiene otro frente abierto y debe cuidarse. «Le pegó un garrotazo al avispero.»
La estrategia de seguridad nacional no ha funcionado. El problema de fondo es la ausencia de una política pública definida y congruente, con objetivos claros, instrumentos precisos e información oportuna y profesional de inteligencia, para abatir y frenar al crimen organizado y garantizar paz a los mexicanos.
Las reuniones de jefes de Estado, en su mayoría, son encuentros de cortesía y buenas intenciones. Adolecen de trabajo concreto y compromisos específicos para avanzar en soluciones y resultados. Están desgastadas y han perdido credibilidad. Al gobierno mexicano le preocupa más si Biden aterriza en el aeropuerto Benito Juárez o en el Felipe Ángeles. Increíble. Es falta de seguridad en nosotros mismos.
Moctezuma, por temor, le mandaba oro y regalos a Hernán Cortes. AMLO aprehende a Ovidio para tranquilizar a Biden y disminuir la presión sobre la realidad del tráfico de enervantes y fentanilo a Estados Unidos.
Ambos países están simulando trabajos conjuntos, y por supuesto, sin ningún alcance real. En Estados Unidos el consumo de drogas está en su apogeo, el negocio en franco crecimiento y sus autoridades poco hacen para combatir este delicado problema de salud social y controlar la fabricación y venta de armas a México. Tampoco se sabe de aprehensiones y operativos en contra de los grandes distribuidores y jefes de la mafia. Por otra parte, en nuestro país la criminalidad gana territorio ante la contemplación y vista gorda del gobierno.
Es una responsabilidad de los dos gobiernos. Una visión unilateral es una abstracción idealista. México debe hacer su parte y Estados Unidos, la suya. Políticas conjuntas y acciones compartidas. Reciprocidad en la tarea. Lo que sí es imperativo es que cada gobierno ponga orden en sus respectivos países.
Frente a esta conflictiva, la sucesión presidencial está a todo vapor. A los ya difíciles y complejos problemas nacionales se han sumado las ambiciones de los aspirantes a la candidatura presidencial. El proceso interno de selección de candidato de Morena ha perdido legitimidad. Es una simulación, el pueblo sabio cree que Claudia ya es la elegida. Los partidarios de Ebrard demandaron ante la Fiscalía a la jefa de Gobierno por la instalación de cientos de espectaculares «Es Claudia», exhibidos en la república. Lo delicado del caso es que un grupo de legisladores afirmaron que con sus ahorros costearon esa propaganda. El INE tendrá que determinar si se configura un delito electoral.
En política, las casualidades no existen. La aprehensión de Ovidio y la protesta de los partidarios de Ebrard, a tres días del arribo del presidente norteamericano, son mensajes cifrados en correas transmisoras al visitante.
Después de la reunión con Biden podría colapsar este problema. Las próximas semanas serán críticas. Ebrard puede sacar la casta y retirarse de esta tragicomedia. Es su última oportunidad. El tren de su vida hace tiempo que arrancó, ha tomado alta velocidad y es su última parada. En su fuero interno, palpita el sentimiento de que se la deben, pero a estas alturas sería ingenuo pensar en el pago correspondiente. La oposición lo está esperando, es momento de cruzar el Rubicón si en verdad quiere conquistar Roma y hacer historia.
Si esta posibilidad se da, el presidente estará a prueba y para evitar el naufragio y la diáspora política, la realidad le obligará a negociar con Marcelo y Monreal, que están enfrentados con Claudia y se antoja muy difícil la suma y el acuerdo político. Es la gran oportunidad de Adán de llegar al paraíso. La realidad alcanzó a López Obrador.
