Estamos viviendo momentos políticos inéditos. Un presidente de la República encabezando una marcha en contra de sus adversarios. Olvidó su investidura y mandó el mensaje de ir al frente de sus correligionarios y hacer todo lo posible para ganar la Presidencia de la República en 2024.
La proclama populista toca fibras y sentimientos del pueblo. Atrae a la población más vulnerable en pobreza, pobreza extrema y a las clases que buscan escalar mejores posiciones en la sociedad y no fueron atendidas por los gobiernos de corte neoliberal.
Después de 18 años de oposición, López Obrador y su partido Morena ganaron el poder político. La democracia le permitió convertir en realidad su obsesión de ser presidente de México. El hartazgo de la gente, la falta de resultados y la corrupción de los gobiernos del PAN y PRI hicieron el milagro de la asunción.
Las condiciones internas y externas estaban dadas para el cambio. La gente con la esperanza de la llegada del mesías, la protección paternalista del redentor social y el vengador de los agravios infringidos por los impíos y pecadores.
Era de tal tamaño el descontento de las y los mexicanos con el gobierno que las clases medias, empresarios, intelectuales, iglesias, profesionistas e inclusive políticos de otros partidos y muchas y diversas organizaciones votaron por el cambio y a favor de López Obrador. Treinta millones de votos legitimaron su triunfo.
Asume la presidencia con gran fuerza y legitimidad política; tuvo la posibilidad de llevar adelante las transformaciones que exigía el país y que él se había comprometido a realizar. Era el momento para hacer un buen gobierno y revertir los abusos cometidos por las administraciones anteriores. Un populismo transformador, al tenor de su convicción ideológica y de las exigencias nacionales: restaurar la República, crear la Guardia Nacional civil, regresar los militares a sus cuarteles, combatir la corrupción y castigar a los corruptos, profundizar el proceso democrático, fortalecer y respetar la división de poderes, afrontar con eficiencia la pandemia y evitar al máximo las muertes de las y los mexicanos, establecer las bases de una moderna reforma educativa, restablecer un auténtico Estado de derecho, garantizar la seguridad pública, rescatar los territorios en dominio de criminales, reactivar la economía, instaurar el Estado rector y promotor del desarrollo, continuar con la construcción del aeropuerto de Texcoco, ensanchar e innovar el Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos y Canadá, incorporando un nuevo modelo de aplicación en las zonas depauperadas del sur-sureste y muchas otras acciones de gobierno.
Cuando decimos innovar el T-MEC me refiero a la oportunidad de poner en práctica políticas públicas para sustituir a China en la producción de manufacturas para la exportación al vecino del norte.
Aprovechar la coyuntura de la guerra comercial entre esos dos países y cambiar el modelo de desarrollo aplicado en las zonas pobres del país, con inversiones del gobierno federal y de sus socios comerciales y, en conjunto, crear infraestructura de todo tipo para construir zonas de facilitación para atraer inversiones y empresarios que generen ocupación, ingreso, vida y felicidad.
Las transformaciones se realizan en los primeros años de gobierno. Se desperdició el tiempo en escaramuzas y en pleitos callejeros. No se hicieron las reformas constitucionales cuando se tenía la mayoría en las cámaras.
El gobierno dejó pasar una oportunidad histórica, desatendió lo importante y trascendente y se ocupó de la minucia irrelevante. Es una lástima. El problema de López Obrador no es con sus adversarios, es con la historia.
