Colaborador Invitado

El tiempo, el gran opositor político de López Obrador

El tiempo es el gran opositor del presidente López Obrador. Está por concluir su mandato. El desgaste del gobernante se hace evidente y dificulta seguir con las transformaciones pendiente

El presidente López Obrador se ha echado a cuestas una revolución verbal, ha instaurado un discurso demoledor en contra del pasado. No ha dado tregua ni espacio para el acuerdo y la reconciliación, al contrario, su postura se ha radicalizado y no hay posibilidad alguna para el cese de las hostilidades.

El problema es serio y aleccionador. En el atardecer del ejercicio del poder, la estructura del edificio que prometió demoler está intacta y no se observan fisuras ni fallas estructurales. El compromiso de triturar el pasado neoliberal corrupto ha chocado con la realidad. Ha sido una lucha imaginaria con los molinos de viento.

En las postrimerías del ejercicio político sexenal surgen el síndrome del no poder y, en escala ascendente, la insatisfacción por lo alcanzado y lo no logrado. Por si no fuera suficiente este sentimiento, irrumpe en el gobernante el fantasma del insomnio provocado por la impronta del abandono del poder y por su seguridad futura y, en consecuencia, la urgencia de definir al sucesor que le garantice la continuidad de su proyecto, respeto, tranquilidad y sosiego.

El tiempo es el gran opositor del presidente López Obrador. Está por concluir su mandato. Los años pasan en un vértigo veloz y, de pronto, se escucha el murmullo del final del sexenio. El desgaste del gobernante se hace evidente y dificulta seguir con las transformaciones pendientes. Éstas, generalmente, se realizan en los primeros años del gobierno. La ley de rendimientos decrecientes en política es una realidad irreversible. «El tiempo perdido los santos lo lloran». La primavera está por terminar, se avista el invierno.

La transición democrática y la alternancia del poder, en términos históricos, no han representado un avance sustantivo en la sociedad. «Más de lo mismo». La actual administración prometió un cambio de régimen y quedará en una simple remuda de gobierno. «El cambio verdadero», pendiente. Están ausentes las acciones concretas que transformen a la sociedad. Hay más pobres que antes, la inseguridad al máximo, la economía en problemas, la salud en terapia intensiva y el combate a la corrupción y la impunidad, sólo en el discurso. Los corruptos, de antes y de ahora, gozan de cabal salud.

La confrontación, estimulada por el litigio de la reforma electoral, exacerba al máximo la polarización entre los mexicanos. En tiempo y forma, afirmé en El Financiero que era un error político del presidente López Obrador tratar de vulnerar la autonomía de los órganos electorales del país, una batalla perdida y una bandera invaluable para la oposición.

La propuesta de reforma electoral del presidente es inalterable e inamovible. No se le quita ni una coma. Lo acaba de afirmar en su gira por Mérida. No hay negociación, que cada quien asuma su responsabilidad. En estas condiciones es casi seguro que la reforma no pasará y será un triunfo para la oposición y para la democracia.

La marcha del domingo pasado, con gran convocatoria popular, marca el inicio y el arranque de la conformación de una oposición plural decidida a dar la batalla en las urnas para ganar el futuro. El horizonte presagia intenso calor político. Está en formación otra tormenta: el factor Monreal provocaría la diáspora morenista, el fortalecimiento de su liderazgo y una posible candidatura por la oposición. En realidad, el gran constructor de la oposición, tanto la externa como la interna, es, sin duda alguna, López Obrador.

Roberto  Albores Guillén

Roberto Albores Guillén

Exgobernador de Chiapas

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