Colaborador Invitado

Preguntas de alto nivel para un diálogo

¿Qué podemos hacer los mexicanos en ambos lados de la frontera para generar beneficios económicos para nuestra gente?

Guido Lara, CEO Founder LEXIA Insights & Solutions

Para tener un buen diálogo hay que estar abiertos a escuchar y, a la vez, tener cosas valiosas qué decir: posiciones, ideas, proyectos, visiones.

Un verdadero diálogo implica estar abiertos a cambiar, a convencer y ser convencido.

Los frutos del diálogo serán mayores en la medida en que las conversaciones se enfoquen en construir relaciones gana-gana que fortalezcan los intereses comunes.

Un primer paso es concentrarse en los aspectos más favorables y fértiles de la relación, un segundo es no barrer bajo la alfombra los asuntos problemáticos y espinosos. Construir sobre lo común y crear espacios alternos para atender y resolver aspectos conflictivos.

Hoy en las presidencias de Estados Unidos y México se encuentran gobiernos que se declaran favorables a atender a los sectores más desprotegidos de sus respectivas sociedades. A Joe Biden y su equipo no le ha temblado la mano a la hora de tomar ambiciosas decisiones económicas dirigidas a proteger a las clases populares y medias, en el caso de México, desafortunadamente, el lema “primero los pobres” no ha visto su correlato en las decisiones económicas de un gobierno que ha visto crecer exponencialmente el número de personas en situación de pobreza, al mismo tiempo que ha optado por soportar la pandemia sin generar apoyos ni para los trabajadores ni para las empresas.

Por eso es una buena noticia que se haya retomado el diálogo económico de alto nivel entre Estados Unidos y México. Bajo la batuta del canciller Ebrard no es poca cosa tener una reunión de arranque con la vicepresidenta Kamala Harris, el secretario de Estado Blinken y el secretario de Seguridad Interior Mayorkas (una verdadera plana mayor).

Los resultados dependerán mucho del marco conceptual con el que se aborden los retos y de las respuestas que demos a preguntas de fondo que aclaren nuestra posición y visión sobre el futuro de la región.

¿Cuándo nos atreveremos a admitir que nuestro mayor potencial de generación de riqueza pasa por entender y aprovechar las ventajas que nuestra posición geográfica?

Si los siguientes años y décadas estarán marcadas por la competencia entre Estados Unidos y China, ¿cómo podemos fortalecernos como un aliado y socio realmente estratégico y a la vez generar múltiples beneficios para México como nación y para los mexicanos donde quiera que vivamos?

¿La prosperidad de la principal economía del mundo podrá hacernos entender que desde una perspectiva económica Porfirio Díaz estaba muy equivocado y que una frase alterna pudiera ser: “Un México pobre está cerca de Dios y lejos de Estados Unidos”?

¿Tendremos algún día conciencia de los impactos negativos para la “Marca Norteamérica” causados por haber abandonado sin parpadear el nombre NAFTA (donde la región es lo que importa) y aceptar ciega y sumisamente la definición como USMCA –acá en Estados Unidos– y T-MEC –en México? Las nuevas siglas nos encierran en las fronteras nacionales. ¿Entenderemos algún día que las palabras también pueden crear muros?

¿Podremos trascender nuestros sentimientos mezclados de amor y odio, de admiración y miedo hacia Estados Unidos para dar paso a una hibridación de valores donde aprendamos de la orientación a resultados, el orden y la estructura y a la vez les enseñemos la riqueza de la espontaneidad, la creatividad y el disfrute de la vida?

¿Podremos poner a tiempo nuestro reloj y dejar de ver el desarrollo de las industrias energéticas con los lentes del siglo XX y pasar a aprovechar todas las oportunidades contenidas en la evolución hacia energías limpias y hacia mercados de electricidad y petróleo abiertos, modernos y eficientes?

¿Estamos dedicando suficiente trabajo y atención para crear y fortalecer cadenas de suministro regionales que pueden engancharnos al verdadero tren del progreso económico?

¿Algún día veremos la relación íntima entre la generación de empleos bien pagados en todo el país y la necesidad de condiciones óptimas para la inversión y certidumbre jurídica?

¿Nos estamos dando cuenta de los terribles costos de ahuyentar la inversión en nombre de simbolismos sin implicaciones concretas en la realidad?

¿Cuestionaremos las nociones que romantizan la pobreza y la marginación que se vive especialmente en estados del sur del país?

¿Captaremos el mensaje económico que nos mandan los flujos migratorios donde millones de personas buscan entrar a Estados Unidos mientras que nadie o casi nadie busca migrar a Venezuela o Cuba?

¿Entenderemos que nuestro papel para contener y ordenar la migración centroamericana puede ir mucho más allá de transferir programas sociales mal concebidos y peor instrumentados como “Jóvenes Construyendo el Futuro” y “Sembrando Vida”?

¿Podremos construir puentes entre empresarios mexicoamericanos y mexicanos hoy casi inexistentes, lamentablemente afectados por prejuicios y actitudes poco constructivas, especialmente del lado mexicano?

¿Qué podemos hacer los mexicanos en ambos lados de la frontera para generar beneficios económicos para nuestra gente?

La respuesta a estas preguntas va mucho más allá de lo que los gobiernos de ambos países puedan acordar. Las respuestas nos tocan a todos.

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