Cristóforo Gutiérrez Vega L.C.
Tuvo mucha resonancia una expresión del Cardenal Ratzinger en su discurso antes de iniciar el Cónclave, donde saldría elegido Papa. Hablaba nada menos que de una dictadura del relativismo. Parecía una expresión demasiado fuerte. Muchos no habían tomado en cuenta la afirmación de Juan Pablo II: “El sistema democrático que pierde de vista la referencia a los valores se transforma en una dictadura”.
Para el relativismo todo es opinable. No existe verdad alguna fija, absoluta. Quizás esta sea la única verdad que aceptan, aunque implica una contradicción. Nietzche afirmaba que si no hay Dios, no hay verdad. Dostoievski sacaría la consecuencia, si Dios no existe todo está permitido. Nos encontramos al filo de la navaja. Bajo el influjo de una tolerancia mal entendida se nos quiere imponer una dictadura. Todo está permitido y deberíamos tolerarlo todo. Ciertas minorías influyentes quieren imponer sus puntos de vista y convertirlos en ley. Curiosamente no permiten que se critiquen tales propuestas o leyes. El aborto, la homosexualidad, la eutanasia, los matrimonios del mismo sexo, el reducir la religión sólo a la esfera privada y subjetiva.
Podría considerar estos puntos desde una perspectiva jurídica simplemente humana y caracterizar las consecuencias que se siguen para la vida social de las personas. Una serie alarmante de injusticias, que pueden llegar al caos en la convivencia social.
Pero resulta importante considerar este fenómeno desde el punto de vista religioso. Es impresionante la imagen que nos presenta Nietzsche de ese loco que en pleno mediodía y con una candela encendida, en medio de la plaza, busca a Dios. Se ríen de él. Dios ha muerto, declara. Nosotros somos sus asesinos. Después de esto observa cómo se ha perdido la orientación del norte, del sur, de arriba, de abajo… de los valores. Pero a mí me interesa otra frase misteriosa y reveladora: nos invita a oír el eco de los pasos de los sepultureros de Dios.
Yo me pregunto hacia dónde van esos pasos de los que han asesinado y sepultado a Dios. Cuál es su horizonte. Qué tipo de hombre traerán para la humanidad, sin verdad, sin valores, sin Dios. Si no hay ningún valor sagrado, dónde se detendrán. Puro individualismo egocéntrico y libertino. La libertad de todo, ¿pero para qué?
El respeto a la persona humana se encuentra en peligro. Puede ser una minoría influyente o una mayoría elegida democráticamente, si carece de unos puntos básicos de referencia, de unos valores fundamentales que hay que respetar, las consecuencias no tardarán en manifestarse. La carta de los derechos humanos promulgada por la ONU en 1948 ha sido un punto clave de orientación. En la práctica existen en la actualidad grupos que quisieran modificarla.
En la historia reciente de Occidente encontramos claramente manifiesta una tendencia laicista que amenaza gravemente valores fundamentales, inherentes y propios de la persona humana. Minimizándolos o no reconociéndolos quien sale perdiendo es el hombre. Son valores no negociables.
El relativismo siempre es, por definición, anticatólico, afirma el filósofo Robert Spaeman. Hay un desarrollo de la filosofía durante años que acaba por negar al hombre la capacidad de acceder a la verdad.
No hay verdad válida para todos en la esfera del conocimiento, de los valores morales, de los valores sociales, culturales… Todos se encierran en el individualismo de su opinión subjetiva. Su verdad.
La doctrina social de la iglesia nos enseña: “Cuando en ámbitos y realidades que remiten a exigencias éticas fundamentales se proponen o se toman decisiones legislativas y políticas contrarias a los principios y valores cristianos, el Magisterio enseña que «la conciencia cristiana bien formada no permite a nadie favorecer con el propio voto la realización de un programa político o la aprobación de una ley particular que contengan propuestas alternativas o contrarias a los contenidos fundamentales de la fe y la moral”. (Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia n. 570)
Es estupendo que el nuevo Papa (se refería a Benedicto XVI) haya descrito esta situación con la expresión dictadura del relativismo. Este relativismo se esconde detrás de la palabra tolerancia. La verdadera tolerancia, en cambio, presupone que hay convicciones; las convicciones son algo valioso para el hombre. Hoy, en nombre de la tolerancia, se prohíben las convicciones. Si hoy alguien manifiesta una convicción firme, se le llama intolerante. Es una observación atinada y profunda del R. Spaeman.
Cuando se rechazan los valores fundamentales, la ley natural y la responsabilidad que implica, se cae fácil y lógicamente en el relativismo moral, a nivel personal, y en el totalitarismo del Estado, a nivel social. Anotaba C.S. Lewis: “La educación sin valores parece hacer al hombre un demonio más inteligente”.