Clemente Ruiz Duran

La paradoja de altas exportaciones con bajo crecimiento

México exporta como potencia manufacturera, pero su crecimiento económico sigue rezagado por la débil integración productiva nacional.

El pasado lunes Enrique Quintana nos comentaba sobre el misterio del crecimiento de las exportaciones, esta reflexión reitera una vez mas el hecho de que las exportaciones crecen de manera extraordinaria, pero el crecimiento económico es insignitifcante. Esta historia esta documentada con lo acontecido entre 1994 y 2025 las exportaciones pasaron de representar alrededor del 15% del PIB a superar el 40%, convirtiendo a México en uno de los diez mayores exportadores manufactureros del mundo. Sin embargo, el crecimiento promedio del PIB apenas rondó el 2% anual. Esta aparente contradicción obliga a replantear la relación entre apertura comercial y desarrollo. Desde la visión convencional sustentada por Balassa, 1978; Bhagwati, 1988; Krueger, 1997 se suponía que el incremento de las exportaciones generaría un círculo virtuoso: mayor producción, más empleo, mayor inversión, aumentos de productividad y expansión del mercado interno. Esa lógica funcionó en economías como Corea del Sur, China o Taiwán. En México, en cambio, ese mecanismo quedó incompleto.

Se puede argumentar que México desarrolló una economía exportadora, pero no una economía articulada alrededor de sus exportaciones. Las exportaciones manufactureras mexicanas operan, en buena medida, como enclaves productivos. Gran parte de las empresas exportadoras importa una elevada proporción de sus insumos, componentes, maquinaria y tecnología. El valor agregado nacional permanece relativamente bajo en numerosos sectores estratégicos, especialmente en la industria automotriz, electrónica y de equipo eléctrico. Como han señalado diversos autores, (Alice Amsden, 1989; Robert Wade, 1990; Dani Rodrik, 2007; Ha-Joon Chang, 2002) la experiencia internacional muestra que las exportaciones sólo impulsan el desarrollo cuando se encuentran articuladas con políticas industriales, procesos de aprendizaje tecnológico y una elevada capacidad de absorción doméstica. Dada esta desarticulación el efecto multiplicador sobre la economía nacional resulta mucho menor que el observado en países que construyeron cadenas de proveedores domésticos. A ello se suma un segundo problema: la escasa reinversión productiva de las utilidades. En las economías asiáticas, buena parte de las ganancias empresariales se reinvierte continuamente en investigación, innovación, automatización, capacitación y expansión de la capacidad productiva. En México, una proporción importante de las utilidades se distribuye como dividendos, se destina a activos financieros o incluso se transfiere al exterior cuando se trata de empresas multinacionales. Las exportaciones generan ingresos, pero éstos no necesariamente se convierten en nueva inversión dentro del país.

Existe además una tercera limitación: el debilitamiento del efecto arrastre sobre el resto de la economía. Durante el desarrollo estabilizador, la industria manufacturera mantenía fuertes vínculos con proveedores nacionales, agricultura, transporte, construcción y servicios empresariales. Hoy, muchas cadenas exportadoras funcionan relativamente desconectadas de miles de pequeñas y medianas empresas mexicanas. Así, el éxito exportador no se traduce automáticamente en una expansión generalizada del tejido productivo. El cuarto elemento es la insuficiente acumulación tecnológica. México exporta productos de alta tecnología, pero ello no significa necesariamente que produzca tecnología propia. Una parte considerable del conocimiento, las patentes, el diseño industrial y las decisiones estratégicas permanecen en las casas matrices de las empresas multinacionales. El país participa exitosamente en la manufactura, pero captura una proporción relativamente reducida del valor agregado asociado a la innovación.

A esto debe añadirse un quinto factor: la debilidad del mercado interno. Durante décadas, los salarios reales crecieron lentamente, la informalidad laboral permaneció elevada y la inversión pública disminuyó. Ello limitó el crecimiento del consumo y redujo la capacidad de las empresas nacionales para expandirse. Una economía puede exportar mucho, pero si el ingreso interno permanece estancado, el motor doméstico del crecimiento pierde fuerza.

Es necesario señalar que la política industrial prácticamente desapareció durante varias décadas. Mientras China, Corea, Japón o incluso Estados Unidos utilizaron compras públicas, financiamiento de desarrollo, apoyo tecnológico y políticas de contenido nacional para fortalecer sus empresas, México asumió que la apertura comercial sería suficiente para inducir la transformación productiva. La evidencia muestra que no fue así. La verdadera paradoja, el problema no consiste en que las exportaciones no sean importantes. Por el contrario, representan uno de los mayores activos de la economía mexicana. La dificultad radica en que México exporta mucho, pero internaliza poco del valor generado por esas exportaciones. No basta con vender al exterior; es necesario que las exportaciones impulsen: mayores encadenamientos nacionales; innovación tecnológica; reinversión de utilidades; formación de proveedores nacionales; incremento del contenido nacional; mejores salarios; mayor inversión pública y privada.

En otras palabras, el problema no es el modelo exportador, sino la ausencia de un modelo de desarrollo alrededor del sector exportador. Durante treinta años se asumió que el crecimiento de las exportaciones era prácticamente equivalente al crecimiento económico. La experiencia mexicana demuestra que esa relación no es automática. Las exportaciones son una condición necesaria para el desarrollo de una economía abierta, pero están lejos de ser una condición suficiente. Cuando el contenido nacional es reducido, la innovación depende del exterior, las utilidades no se reinvierten y los encadenamientos productivos son débiles, el éxito exportador puede coexistir con un crecimiento económico decepcionante. El desafío para México ya no es exportar más; es transformar las exportaciones en un verdadero motor de desarrollo nacional. Esto implica reconstruir una política industrial moderna basada en proveedores nacionales, innovación, financiamiento al desarrollo, reinversión productiva y fortalecimiento del mercado interno. Sólo entonces el dinamismo exportador podrá traducirse en un crecimiento sostenido del PIB, de la productividad y del bienestar de la población. Esa es la gran tarea pendiente del modelo económico mexicano.

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