Uno de los rasgos menos discutidos —pero más relevantes— del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) y su actualización en el Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá (T-MEC) es la asimetría entre la liberalización del comercio de bienes y la débil integración del comercio de servicios. Este desequilibrio ha tenido consecuencias estructurales profundas para la economía mexicana.
Integración profunda en manufacturas, rezago en servicios. El TLCAN logró una integración productiva notable en manufacturas, particularmente en sectores como automotriz, electrónico y equipo de transporte. Sin embargo, los servicios —financieros, digitales, logísticos, profesionales— no experimentaron una liberalización equivalente. Esto se tradujó en un fenómeno claro: México consolidó un superávit en bienes con Estados Unidos sin embargo mantiene un déficit persistente en servicios, especialmente en: servicios financieros, propiedad intelectual y en servicios digitales y plataformas
Lo anterior es resultado de una negociación incompleta: apertura formal vs. capacidades reales, aunque el TLCAN y posteriormente el T-MEC incluyen capítulos sobre servicios (financieros, telecomunicaciones, comercio digital), la negociación fue limitada en profundidad regulatoria e insuficiente en términos de desarrollo de capacidades nacionales. En otras palabras, no se trató de una estrategia de desarrollo de servicios, sino de una apertura parcial bajo condiciones de asimetría: Estados Unidos exporta servicios intensivos en conocimiento, así México participa principalmente como consumidor o como eslabón subordinado
La trampa estructural fue que se dio una especialización incompleta, en esta perspectiva la falta de una negociación robusta en servicios contribuyó a lo que podría denominarse una “trampa de especialización incompleta”: De esta forma México se integra en manufactura (bajo valor agregado relativo), pero no escala hacia servicios avanzados, que son los que capturan mayor valor en las cadenas globales. Esto es particularmente grave en el contexto actual: digitalización de la economía, auge de servicios basados en datos, y nearshoring con contenido tecnológico
Las implicaciones para el Plan México y la renegociación futura serán múltiples. De cara a una posible revisión del T-MEC, este vacío abre una agenda estratégica: a) Negociación activa en servicios que incluyera el acceso efectivo a mercados de servicios profesionales; regulación de plataformas digitales con mayor simetría; Integración de cadenas de valor en servicios (no solo bienes). Asimismo se requeriría una política interna complementaria que fortaleciera capacidades en: ingeniería, software y servicios financieros nacionales. A lo que se sumaría una política de articulación universidad–empresa (UNAM como nodo clave).
Es necesario buscar una reducción del déficit estructural en servicios, se requiere de una estrategia explícita de sustitución y escalamiento, asimismo el desarrollo de proveedores nacionales de servicios en cadenas exportadoras. Aquí podríamos hacer mención al desarrollo de una industria naviera más amplia, a través de la construcción de embarcaciones de gran calado que pudieran transportar las mercancías mexicanas. Esta estrategia fue entendida a plenitud en Asia, los principales productores de barcos comerciales a nivel mundial están concentrados principalmente en Asia, con China, Corea del Sur y Japón dominando la mayor parte de la producción. En 2023, China consolidó su liderazgo construyendo más del 50% de los barcos del mundo. México un país con uno de los litorales más grande del mundo, cuenta con 11,122 kilómetros de costa superando al de las dos Coreas. Sin embargo, la industria naval mexicana se concentra más en la reparación, mantenimiento y construcción de embarcaciones menores o especializadas para la industria petrolera y de defensa, en lugar de grandes buques comerciales (contenedores/graneleros), aquí vale recordar el experimento fallido de Astilleros Unidos en Veracruz. En esta perspectiva esta falla estructural es el verdadero límite del TLCAN- De esta forma podríamos argumentar que el TLCAN no fracasó por lo que hizo, sino por lo que no hizo. Su omisión en materia de servicios dejó a México en una posición de integración parcial, incapaz de capturar plenamente el valor de la globalización. En el nuevo contexto de fragmentación comercial y reconfiguración productiva, la competitividad de México dependerá menos de exportar más bienes y más de dominar los servicios que los hacen posibles.