Clemente Ruiz Duran

La guerra con Irán y el fin del orden basado en reglas

La guerra en Irán lo evidencia en varios frentes: la diplomacia pierde centralidad frente a la acción militar; las instituciones multilaterales quedan marginadas; el lenguaje político se convierte en instrumento de confrontación y la seguridad energética se vuelve un objetivo prioritario.

La guerra en torno a Irán ha dejado de ser un conflicto regional para convertirse en un parteaguas del orden internacional. Lo que comenzó como una escalada de tensiones en Medio Oriente se ha transformado, en 2026, en un episodio que redefine las reglas del sistema global: ataques directos entre potencias, disrupciones energéticas y una creciente militarización tecnológica. Pero más allá de sus implicaciones inmediatas —precios del petróleo, volatilidad financiera o riesgos geopolíticos— el conflicto revela algo más profundo: el debilitamiento del orden internacional basado en reglas que emergió tras la Segunda Guerra Mundial.

Durante décadas, ese orden se sostuvo sobre tres pilares: instituciones multilaterales, derecho internacional y mecanismos diplomáticos de resolución de conflictos. La premisa era clara: las diferencias entre Estados podían canalizarse mediante negociación y acuerdos. Hoy, esa arquitectura muestra signos evidentes de agotamiento. La escalada reciente en Irán ilustra este cambio. Las decisiones estratégicas —ataques preventivos, represalias militares, despliegues regionales— se han impuesto incluso en medio de esfuerzos diplomáticos. La lógica del poder ha desplazado a la lógica del diálogo.

Estamos, en los hechos, frente a un retorno de la geopolítica clásica, estamos ante el regreso de la racionalidad estratégica. En términos más amplios, lo que observamos es la sustitución de un modelo de gobernanza basado en la cooperación por uno dominado por la competencia estratégica. Los Estados ya no buscan necesariamente construir consensos, sino maximizar su seguridad, su influencia y su control sobre recursos clave. La guerra en Irán lo evidencia en varios frentes: la diplomacia pierde centralidad frente a la acción militar; las instituciones multilaterales quedan marginadas; el lenguaje político se convierte en instrumento de confrontación y la seguridad energética se vuelve un objetivo prioritario.

Este desplazamiento tiene implicaciones directas para la economía global. La incertidumbre geopolítica eleva los costos financieros, presiona la inflación y reconfigura las cadenas de suministro. La energía es el núcleo del conflicto y debería hacer reflexionar que lo que está en juego es la forma como el mundo enfrentará las demandas de energía en los próximos años. No es casual que el epicentro de la crisis esté en una de las regiones más estratégicas del mundo en términos energéticos. El Golfo Pérsico sigue siendo un punto crítico para el abastecimiento global de petróleo y gas. La posibilidad de interrupciones en rutas clave —como el estrecho de Ormuz— ha sido suficiente para generar volatilidad en los mercados. A ello se suma el impacto en primas de riesgo, particularmente en Europa, y un repunte del gasto en defensa en múltiples economías.

El resultado es un entorno económico más incierto, donde la geopolítica vuelve a ser un determinante central del crecimiento. De esta forma estamos ante un nuevo tipo de guerra donde prevalece la tecnología y la velocidad. Dijéramos que en este conflicto se ha estrenado en forma plena el carácter tecnológico de la guerra. El uso de drones, inteligencia artificial y sistemas avanzados de defensa ha cambiado la naturaleza de la guerra. Las decisiones se toman más rápido, los conflictos escalan con mayor facilidad y los márgenes para la deliberación política se reducen. La tecnología no solo amplifica la capacidad militar, también acelera la lógica del enfrentamiento.

De esta forma estamos ante un orden internacional en transición, lo que está en juego no es únicamente el desenlace de la guerra en Irán, sino la configuración del sistema internacional en los próximos años. Todo apunta hacia un escenario caracterizado por: mayor fragmentación global, la formación de nuevos bloques geopolíticos, el incremento de conflictos regionales y el debilitamiento del multilateralismo. En otras palabras, un mundo menos predecible y más competitivo.

¿Qué implica para México? Para México, este nuevo entorno plantea retos significativos. Por un lado, el aumento en los precios energéticos puede generar ingresos adicionales en el corto plazo. Pero, por otro, la volatilidad global afecta la inversión, el comercio y las condiciones financieras. Además, la reconfiguración geopolítica abre una ventana de oportunidad en el contexto del nearshoring, pero también exige una estrategia más clara de política industrial, seguridad energética e integración regional. El país no puede asumir que el entorno internacional seguirá siendo estable. La nueva realidad exige mayor capacidad de adaptación.

La guerra en Irán marca el cierre de una etapa histórica. El orden internacional basado en reglas, aunque nunca fue perfecto, ofrecía un marco relativamente estable para la cooperación global. Ese marco hoy está en crisis. En su lugar emerge un sistema donde la competencia estratégica, la seguridad y el control de recursos vuelven a ser los ejes centrales. Un mundo en el que la incertidumbre deja de ser la excepción para convertirse en la norma. La pregunta no es si este cambio es temporal o permanente, sino qué tipo de orden surgirá de esta transición. Y, sobre todo, quién estará preparado para enfrentarlo.

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