Clemente Ruiz Duran

Petróleo bajo fuego: El ataque de Estados Unidos a Irán y el riesgo de una nueva crisis energética mundial

El ataque de EU a Irán amenaza al flujo de petróleo que pasa por el Estrecho de Ormuz y al suministro global, elevando riesgos de inflación y recesión.

El reciente ataque de Estados Unidos contra objetivos en Irán ha reabierto una de las heridas más sensibles del sistema económico mundial: la vulnerabilidad del suministro energético. Más allá de la dimensión militar, el conflicto amenaza con alterar el flujo de petróleo que atraviesa el Estrecho de Ormuz, el corredor marítimo por donde circula cerca de una quinta parte del crudo comercializado en el planeta. Teherán ha insinuado que podría restringir o incluso cerrar el paso estratégico. No se trata de una advertencia simbólica: un bloqueo parcial bastaría para provocar un shock de precios, inflación renovada y desaceleración económica global.

El epicentro de la crisis será el Estrecho de Ormuz, ya que conecta el Golfo Pérsico con el océano Índico y constituye la arteria energética del mundo industrial. Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos, Kuwait, Irak y el propio Irán exportan por esa vía millones de barriles diarios. Si el tránsito se interrumpe, el impacto sería inmediato en los mercados internacionales. El petróleo no responde únicamente a oferta y demanda física, sino también a expectativas. La sola amenaza de interrupción puede disparar la prima geopolítica en los precios.

Los países más expuestos, se encuentran en Asia, que es el eslabón más vulnerable. China, principal importador mundial de crudo, depende fuertemente del Golfo Pérsico para sostener su aparato industrial. Un aumento sostenido de precios impactaría su producción manufacturera y su balanza comercial. India importa más del 60% de su petróleo desde esa región. El efecto sería inflacionario y fiscal, presionando subsidios energéticos. Japón y Corea del Sur, altamente dependientes de energía importada, enfrentarían costos industriales y logísticos crecientes.

Esta situación de crisis no es sólo de Asia, sino también Europa. Aunque diversificada tras la crisis energética derivada de la guerra en Ucrania, economías como Alemania e Italia no son inmunes. El encarecimiento global del crudo se trasladaría a inflación, debilitando el crecimiento ya frágil del continente.

Cuando lanzó su ataque a Irán, Estados Unidos no pensó en el efecto sobre su economía, supuso que se daría un cambio de régimen. Sin embargo, no contempló que las fuerzas políticas del país constituirían un triunvirato en tanto se recupera una estructura del poder para rediseñar el poder internamente. Esta respuesta afecta los escenarios, ya que si bien gracias a su producción shale, Estados Unidos importa menos crudo del Golfo que en décadas pasadas. Sin embargo, el mercado petrolero es global: si el barril sube, la gasolina también. El conflicto podría traducirse en presión inflacionaria interna y mayor tensión política.

En América Latina los efectos serán mixtos, para México, el impacto sería ambivalente., ya que precios altos benefician ingresos petroleros, pero también encarecen combustibles, alimentos y transporte, afectando el consumo. Brasil, como exportador relevante, podría registrar beneficios en balanza comercial, aunque no escaparía a la volatilidad financiera.

Las consecuencias para la economía mundial podrían ser diversos, pero lo que puede suceder es un rebrote inflacionario global, ya que la energía más cara implica transporte y alimentos más caros. Asimismo, los bancos centrales se verían forzados a un retraso en recortes de tasas de interés, los bancos centrales podrían frenar flexibilizaciones monetarias. Todo esto abriría el riesgo de bajo crecimiento con alta inflación estanflación en Europa y Asia. Los mercados financieros emergentes podrían enfrentar salidas de capital, es decir volatilidad financiera, que provocarían un aumento de costos logísticos y de seguros marítimos.

Esto plantea al menos tres escenarios posibles: el primero podría ser una escalada contenida, ataques limitados y sin cierre formal de Ormuz. El petróleo podría oscilar entre 90 y 110 dólares por barril, lo que tendría un impacto moderado sobre el crecimiento mundial. El segundo podría ser el de interrupciones parciales, con bloqueos intermitentes y ataques indirectos. El precio podría superar los 130 dólares. Europa entraría en recesión técnica y Asia sufriría desaceleración significativa. Un tercer escenario sería el de una guerra regional ampliada, que llevaría a un cierre prolongado del estrecho y participación de otros actores regionales. El petróleo podría superar los 180 dólares. El crecimiento mundial caería entre 1 y 2 puntos porcentuales, con riesgo de crisis financiera en economías emergentes.

Sin embargo esta crisis provocada por Estados Unidos va más allá del petróleo, el conflicto no solo amenaza el suministro energético. Puede acelerar la transición hacia energías renovables, reconfigurar alianzas geopolíticas y profundizar la rivalidad entre bloques. También podría fortalecer ejes estratégicos alternativos entre potencias emergentes. El verdadero riesgo no es únicamente el cierre físico del estrecho, sino la instauración de una volatilidad estructural que reinstale al petróleo como arma geopolítica central del siglo XXI.

En una economía mundial que apenas comenzaba a estabilizarse tras años de pandemia, guerra en Europa y tensiones comerciales, el Golfo Pérsico vuelve a recordar que la economía global sigue dependiendo de una franja marítima de apenas 33 kilómetros en su punto más estrecho. La pregunta no es si habrá impacto sino qué tan profundo será.

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