El año 2026 se perfila como un periodo de alta complejidad para México, marcado por un entorno internacional crecientemente volátil. La acción militar y/o coercitiva de Estados Unidos contra Venezuela introduce un nuevo episodio de disrupción geopolítica con efectos que trascienden el ámbito bilateral y repercuten directamente en América Latina, los mercados energéticos, las cadenas de suministro y los flujos financieros globales. Para México, esta coyuntura se superpone a desafíos estructurales internos —bajo crecimiento, alta informalidad, presiones fiscales y rezagos productivos— configurando un escenario particularmente exigente. En esta perspectiva se pueden delinear los siguientes puntos clave.
1. Reconfiguración geopolítica y presión diplomática. México enfrentará en 2026 un delicado equilibrio diplomático. Por un lado, su profunda integración económica con Estados Unidos limita sus márgenes de maniobra; por otro, su tradición histórica de no intervención y autodeterminación de los pueblos lo obliga a sostener una postura de defensa del derecho internacional. La acción contra Venezuela tensiona este equilibrio y expone a México a presiones explícitas e implícitas para alinearse políticamente, poniendo a prueba su autonomía estratégica y su credibilidad regional como actor moderador.
2. Impactos energéticos y vulnerabilidad externa. La disrupción en Venezuela —país con una de las mayores reservas petroleras del mundo— introduce volatilidad adicional en los mercados energéticos. Para México, que importa una proporción significativa de combustibles refinados y gas natural, el riesgo no se limita a precios más altos, sino a interrupciones logísticas y mayor dependencia externa. Este contexto refuerza la urgencia de: acelerar la transición energética, fortalecer la capacidad de refinación y almacenamiento, diversificar proveedores y rutas de suministro. La crisis venezolana actúa, así como un recordatorio de que la seguridad energética es un componente central de la seguridad nacional.
3. Tensiones comerciales y cadenas de valor. La escalada geopolítica se suma a un proceso de fragmentación del comercio global. En 2026, México enfrenta el reto de sostener su papel en las cadenas de valor de América del Norte en un entorno de mayor proteccionismo, sanciones cruzadas y uso político del comercio. El conflicto con Venezuela puede derivar en nuevas sanciones, represalias indirectas o ajustes regulatorios que afecten flujos financieros y comerciales, elevando la incertidumbre para la inversión productiva.
4. Migración, estabilidad regional y presión social. La desestabilización de Venezuela tiene efectos de arrastre sobre los flujos migratorios regionales. México, ya convertido en país de origen, tránsito y destino, podría enfrentar nuevas presiones migratorias en un contexto donde Estados Unidos refuerza controles y externaliza costos humanitarios hacia el sur. Esto implica mayores demandas fiscales, sociales e institucionales, en un momento de estrechez presupuestaria y creciente desigualdad territorial.
5. Riesgos macroeconómicos y financieros. El aumento de la incertidumbre global tiende a fortalecer activos refugio, presionar tasas de interés y elevar la volatilidad cambiaria. Para México, esto significa mayores costos de financiamiento, menor espacio fiscal y riesgos sobre la inversión pública y privada. La coyuntura de 2026 exige una gestión macroeconómica prudente, pero también políticas contra cíclicas inteligentes que eviten profundizar el bajo crecimiento.
6. El desafío estratégico: convertir la crisis en palanca. Más allá de los riesgos, la disrupción geopolítica también abre una ventana estratégica. México puede: reforzar su liderazgo regional como defensor del multilateralismo, impulsar una agenda latinoamericana de diálogo y cooperación energética, acelerar una política industrial vinculada al nearshoring con mayor contenido nacional, y avanzar hacia un nuevo pacto productivo que reduzca la informalidad y eleve la productividad.
Es esencial considerar que el ataque de Estados Unidos contra Venezuela no es un evento aislado, sino un síntoma de un orden internacional en transición, más fragmentado y conflictivo. Para México, los desafíos de 2026 consisten en navegar esta disrupción sin perder soberanía, proteger su estabilidad económica y social, y transformar la incertidumbre en una oportunidad para redefinir su estrategia de desarrollo de largo plazo. La clave estará en combinar prudencia macroeconómica, visión geopolítica y una renovada apuesta por el desarrollo productivo e incluyente.