El domingo pasado, las elecciones dieron la victoria a Lula da Silva, que obtuvo 50.9% de los votos sobre el presidente saliente, Jair Bolsonaro, que sólo alcanzó el 49.1%. Este margen tan cerrado muestra la gran división que existe en Brasil, que es la economía más grande de América Latina, con un PIB de 1,609 miles de millones de dólares; seguida por México, con 1298 miles de millones de dólares, y por Argentina, con 487 miles de millones de dólares. La victoria fue por una diferencia muy ajustada, apenas dos millones de votos de los 124 millones emitidos, con una población de 214 millones.
La volatilidad de su crecimiento se asemeja mucho al mexicano y el crecimiento promedio en los últimos 25 años, de acuerdo con cifras del Banco Mundial, coinciden, ya que hemos sido economías de lento crecimiento. Entre 1997 y 2021 el crecimiento promedio del PIB fue de 2.1 por ciento en ambos países, sin embargo, con modelos de desarrollo divergentes; en tanto México optó por mantener un proceso de industrialización ligado a las exportaciones, Brasil optó por consolidar un modelo basado en la explotación de recursos naturales.
Las manufacturas en México pesan hoy 18 por ciento del PIB derivado del mantenimiento de una industrialización exportadora; Brasil, en cambio, las manufacturas sólo pesan 12 por ciento, ya que optaron por un proceso de desindustrialización y por consolidar un modelo de exportaciones de materias primas. En la adopción de esta ruta se contó con la creciente demanda que de materias primas realizan los países asiáticos; de esta forma, el primer socio comercial de Brasil es China, con el 32 porciento y Estados Unidos, con 10 por ciento, en tanto el caso mexicano, el principal socio comercial es Estados Unidos.
El modelo exportador de México se ha basado en los países de América del Norte, somos el principal socio de Estados Unidos, derivado del Tratado de Libre Comercio tres cuartas partes de las exportaciones tienen como destino la economía estadounidense y en este año nos hemos mantenido como su primer proveedor. Lo anterior contrasta con lo que acontece en el lado de las importaciones, en donde el principal proveedor ha resultado ser China, que al cierre de 2021 las importaciones de México alcanzaron los 101 mil millones de dólares y sólo exportamos 9,255 millones de dólares obteniendo un déficit récord. La diferencia con Brasil es que el comercio exterior con el gigante asiático ha sido fundamentalmente manufacturero.
Estas diferencias muestran dos modelos de desarrollo en la región, el caso mexicano orientado hacia la industria, en tanto Brasil más orientado a la explotación de materias primas. En este sentido se abre un espacio para la reflexión: cuál es la ruta para el desarrollo que debe seguir la región y cuáles son los equilibrios que requieren mantenerse para impulsar un crecimiento más acelerado en la región. Como se mencionó anteriormente, tanto Brasil cómo México hemos sido países de lento crecimiento en los últimos años, lo que ha profundizado las diferencias sociales y mantenido amplios grupos de la población en la marginación, a lo que se ha añadido grandes diferencias regionales en ambos países. La victoria de Lula da Silva da una posibilidad para repensar el modelo económico, ya en su gestión anterior mostró su sensibilidad al establecer políticas para reducir la pobreza, lo cual fue reconocido por la sociedad internacional como un gran logro. Sin embargo, hoy se enfrenta el coloso sudamericano con una situación más complicada, la cual es transformar el modelo productivo para lograr un mayor crecimiento.
En esa perspectiva es momento de que la región reflexione de cómo lograr un mayor crecimiento económico, el nuevo gobierno en Brasil requerirá mostrar rápidamente que la victoria traía atrás un programa económico que permitirá a la economía brasileña acelerar su crecimiento para establecer nuevas metas de bienestar social. Después de la victoria, el problema es de gobernanza, lo cual no será una situación fácil de lograr ya que el bolsonarismo ha encontrado un fortín en el Estado más rico de Brasil, São Paulo, el motor económico del país, que se ha convertido en un espejo de la polarización, ya que el exministro de Infraestructura, Tarcísio Gomes de Freitas, la gran apuesta ganadora del derrotado presidente de ultraderecha, ha logrado un resonante triunfo al superar con distancia a Fernando Haddad, el heredero político de Lula. Bolsonaro también dejará un Congreso de mayorías conservadoras y aliados clave en los estados más poblados, contrapesos que harán difícil de gobernar. En esta perspectiva es el momento de grandes iniciativas, pero al mismo tiempo entender que la población está extremadamente dividida y que se requiere de políticas que logren la conciliación y a la vez avancen en la reestructuración económica y social, es un gran reto para Brasil, en donde se abre una perspectiva de cambio, pero con márgenes muy estrechos. América Latina requiere analizar y sacar lecciones de cómo instrumentar un programa con márgenes estrechos para la transformación.