La democracia no se reduce solo a las elecciones, pero no hay democracia que no sea necesariamente electoral.
El derecho al voto universal para elegir en libertad a gobernantes y representantes es el ingrediente mínimo de toda democracia, como bien subrayó hace casi un siglo Ortega y Gasset cuando afirmó en La rebelión de las masas (1930): “La salud de las democracias, cualesquiera que sean su tipo y su grado, depende de un mísero detalle técnico: el procedimiento electoral”.
Ese componente básico, elecciones auténticas, es el que hace de la democracia un gran invento civilizatorio de la humanidad, pues es el único que ha permitido que la disputa por el poder sea pacífica.
Por ello Norberto Bobbio preguntaba con claridad: “¿Qué cosa es la democracia sino un conjunto de normas para solucionar los conflictos sin derramamiento de sangre?” (El futuro de la democracia, 1985, FCE).
En estos años, de cara al resurgimiento autoritario, el politólogo de origen polaco Adam Przeworski insiste en que “un régimen es democrático si y sólo si las personas son libres de escoger y destituir a sus gobiernos” y alerta precisamente de los peligros actuales que significa el ascenso de los autócratas: “El fantasma de que los gobernantes socaven el mecanismo electoral está siempre presente. Por eso la vigilancia en defensa de la democracia en su sentido minimalista es una tarea inagotable” (“¿Democracia? ¿Qué es eso?” en Nexos núm. 562, octubre 2024). Ahí donde desaparecen las elecciones auténticas muere una democracia.
En México alcanzar la democracia minimalista no fue fácil; es más, resultó un enorme desafío histórico.
El reclamo de sufragio efectivo de inicio del siglo XX no se hizo del todo realidad hasta los últimos años de la centuria: cuando se edificó un sistema electoral que permitía que, si los ciudadanos querían, podían echar del poder al gobierno con su voto.
La gran campanada fue en 1997: el sufragio popular le arrancó al presidente el control del Congreso al despojarlo de la mayoría en la Cámara de Diputados y el vuelco se confirmó en el 2000 cuando el mandato de las urnas desalojó al PRI de la Presidencia que había mantenido por siete largas décadas.
Desde entonces, el poder del voto se ha expresado una y otra vez. Tres alternancias en la Presidencia en lo que va del siglo y múltiples cambios en las gubernaturas: en 47 por ciento de las elecciones locales de las últimas tres décadas ganó la oposición.
La gente se ha hecho experta en el uso de su voto de castigo hacia gobiernos que no dan resultados.
¿Qué hace posible la democracia minimalista en México? No es ningún secreto: reglas, instituciones y prácticas que aseguran el ejercicio libre del voto, que se cuente bien y que los resultados sean transparentes.
Frente a las ominosas prácticas de “rasurar” ciudadanos del padrón o permitir “muertos votantes”, de la “operación tamal” y “urnas embarazadas” para hacer que un ciudadano votara varias veces o se simularan sufragios, así como ante la “caída del sistema”, México creó instituciones electorales especializadas, profesionales y, después, independientes del gobierno, con autonomía.
Sin padrón electoral confiable no hay elección confiable. El Instituto Federal Electoral (IFE), luego Nacional (INE), con una estructura permanente en todo el país, actualiza cada día el padrón y otorga una credencial para votar que es en los hechos la cédula de identidad ciudadana.
Nadie es excluido del derecho al sufragio ni nadie vota dos veces por el mismo cargo en una elección.
Que haya casillas instaladas en cada rincón del territorio mexicano no es un milagro: es el resultado del trabajo de la estructura profesional y permanente del INE en las 300 juntas ejecutivas distritales a lo largo y ancho del vasto territorio del país. No hay improvisación alguna.
El servicio profesional del INE está en la mira de los recortes anunciados. Los ahorros, de existir, serán mínimos; los costos, invaluables.
Hasta ahora, en cada elección, los votos se cuentan con rigor y la misma noche de la jornada, cada acta de resultados, casilla por casilla, se hace pública a través del Programa de Resultados Electorales Preliminares (PREP): es el antídoto contra la caída del sistema que se pretende desaparecer.
Afectar la institución que la sociedad mexicana construyó para darse elecciones auténticas es poner en riesgo la existencia, incluso, de la democracia minimalista. Un ominoso peligro. La Presidencia tiene la palabra.