Economía Política

México: movilidad social obstruida

Ciro Murayama analiza los problemas de movilidad social en México, y cómo el bajo crecimiento económico genera desigualdad.

La arteria de la movilidad social en México sufre una esclerosis extrema: sólo dos de cada cien personas nacidas en el quintil de la población de más bajos ingresos logran, en su edad adulta, ascender al quintil más alto. Este importante y grave hallazgo se encuentra en el Informe Movilidad Social en México 2025. La persistencia de la desigualdad de oportunidades, coordinado por Luis Ángel Monroy Gómez-Franco y Roberto Vélez Grajales para el Centro de Estudios Espinosa Yglesias (CEEY).

Para dimensionar la evidencia que aporta el informe del CEEY, conviene imaginar una sociedad conformada por 500 personas en la que, si se estratifican cinco segmentos de ingresos que vayan del menor al mayor, cada quintil tendría 100 individuos.

De las 100 personas más pobres, 78 permanecerán en situación de pobreza por ingresos, pues 50 no logran salir del quintil más bajo y 28 solo ascienden un quintil. Y, como ya se dijo, sólo dos consiguen ir del quintil más bajo al más alto.

Pero lo mismo ocurre al revés: quien nace favorecido así permanecerá. El informe del CEEY concluye que, por cada 100 individuos que nacen en el quintil más elevado, en el 20 por ciento de más ingresos, ahí permanecerán 51 y 27 caerán al cuarto; es decir, 78 permanecen en los estratos altos y sólo un individuo, el uno por ciento, baja al quintil de menos ingresos.

De nuevo la cuna marca: no importa el esfuerzo de la persona, las favorecidas al nacer estarán en el mismo segmento en su vida adulta.

En suma, de los 100 de abajo, sólo 2 llegan al piso más alto; de los 100 de arriba, nada más uno cae al nivel inferior.

Esa fotografía estática, donde es difícil escapar de la pobreza y más difícil es perder una condición privilegiada, es lo contrario a lo que, se supone, debiera permitir una economía de mercado donde el mérito y el esfuerzo individual determinan qué individuos progresan o retroceden de posición social. Aquí no: el ascensor social está bloqueado.

Salir del quintil más desfavorecido se complica más si se es mujer, si se vive en el sur del país y si se tiene un tono oscuro de piel.

Parte de este colapso de la movilidad social se explica por razones educativas, esto es, los hijos de quienes no fueron a la escuela o apenas concluyeron la primaria enfrentan fuertes barreras para permanecer en el sistema educativo.

De cada 100 personas cuyos padres acabaron la primaria o ni eso, 39 pasarán por lo mismo, 36 sólo tendrán la secundaria, 16 irán al bachillerato y nada más nueve accederán a estudios profesionales.

Ello contrasta con la suerte de los hijos de universitarios: de cada 100 únicamente tres desertarán en la primaria, 12 pararán en la secundaria, 22 llegarán a la media superior y 63 accederán a estudios superiores.

Como apunta el CEEY: “Quienes tienen padres con un nivel educativo más alto cuentan con una probabilidad de acceder a una formación profesional 7 veces mayor que aquellas personas con padres que terminaron la primaria o menos”.

La movilidad educativa intergeneracional era mayor antes: los nacidos en las décadas de los años 60 y 70 mejoraban de forma sustancial la educación alcanzada por sus padres, pero ese progreso disminuye para los nacidos en los años 80 y 90, por lo que la educación sirve menos como motor de movilidad social.

Así que la trampa de la pobreza, que condena a los hijos de familias pobres a seguirlo siendo, se acentuó en estas décadas de pobre crecimiento económico.

El informe da cuenta de que la reducción intergeneracional de la desigualdad en México es más baja que en nuestros socios comerciales, Canadá y Estados Unidos, e inferior a la de Brasil.

México se encuentra entre los diez países con mayor desigualdad de oportunidades y al menos 50 por ciento de la inequidad de ingresos se explica por circunstancias ajenas al control de las personas; se debe a factores heredados.

Conviene preguntarse hasta dónde el fracaso colectivo que supone que la pobreza se herede, que las puertas del progreso estén tapiadas, es independiente de la ola de crimen y anomia social que se abate sobre México.

Bien advertía Jaime Ros (¿Cómo salir de la trampa de lento crecimiento y alta desigualdad?, 2015): “Por encima de todo, el estancamiento interactúa con la desigualdad. La tendencia a la concentración del ingreso y de la riqueza limita la expansión del mercado interno y la desigualdad fomenta el crimen y la violencia, todo lo cual reduce el crecimiento. A su vez, el bajo crecimiento fomenta la desigualdad”.

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