Carlos Serrano Herrera

Ómicron: efectos económicos

La incertidumbre general en torno a la enfermedad se ha traducido en dudas acerca de la posibilidad de que haya más medidas de aislamiento que puedan retrasar la recuperación.

El viernes pasado los mercados financieros mundiales tuvieron pérdidas importantes tras darse a conocer que ómicron, la nueva variante del coronavirus, puede ser potencialmente mucho más contagiosa que delta, la variante predominante. Las bolsas de valores y los precios de los bonos cayeron, mientras que el dólar se apreció contra la mayoría de monedas. ¿Cómo impactará a las economías esta variante?

Lo primero que debe decirse es que todavía se cuenta con poca información sobre ómicron, por lo que el grado de incertidumbre que la rodea es muy elevado. No se sabe cuándo comenzó, ni si ocasiona síntomas más graves, ignorándose también si a las personas que la contraigan les representará una mayor probabilidad de ser internados o de morir. Tampoco sabemos si las vacunas existentes son tan efectivas para prevenir la transmisión de esta variante como lo son con delta, sobre todo porque los países en los que se cree que se dieron los brotes iniciales, Zimbabue y Sudáfrica, tienen bajos índices de inoculación; por otra parte, resulta desalentador que el presidente de Moderna, empresa que desarrolló una de las vacunas más eficaces, haya declarado que lo más probable es que la efectividad sea sustancialmente menor ante esta nueva cepa y que es posible que se tenga que desarrollar una vacuna con el propósito de combatir esta variante en lo particular. Lo que sí parece ser más claro es que, como delta, esta variante se propagará globalmente; apenas ayer se dio a conocer el primer caso en Estados Unidos.

La incertidumbre general en torno a la enfermedad se ha traducido en dudas acerca de la posibilidad de que haya más medidas de aislamiento que puedan retrasar la recuperación económica. Por lo pronto, esto ya ha resultado en un incremento en la volatilidad financiera que continuará en tanto no se tenga claridad respecto al potencial de causar daño de ómicron. Habrá que amarrarse los cinturones.

Si un número considerable de países adopta nuevas medidas de distanciamiento social me parece que veremos varios efectos. Desde luego, la recuperación económica perderá fuerza y me parece que también veremos inflación todavía más elevada dado que, como he mencionado en estas páginas, se trata de un fenómeno sobre todo asociado a la pandemia: por una parte, nuevas restricciones en fábricas, puertos, embarcaciones y otros medios de transporte significarán más cuellos de botella en la distribución de insumos y bienes finales; por otra, si hay nuevos episodios de confinamiento veremos nuevamente más demanda de bienes (y menos de servicios) lo que, en conjunto con los citados cuellos de botella, creará situaciones de exceso de demanda que presionarán los precios.

Menos crecimiento y más inflación pondría a los bancos centrales en una situación complicada. Pero me parece que esta nueva cepa valida la posición que hasta ahora ha tomado la Reserva Federal de Estados Unidos en el sentido de ser paciente y no empezar a apretar la política monetaria ya que, como han sostenido, la crisis sanitaria no ha terminado. Es posible que veamos nuevas cepas que reduzcan la actividad económica y, por tanto, el nivel de empleo. Creo que, desde luego, los bancos centrales deben de actuar a la primera señal de que las expectativas inflacionarias aumenten de forma significativa.

Pero también me parece que la política monetaria no es la mejor herramienta para atender la amenaza que pudiera tener esta nueva variante (o las que aparezcan en el futuro). La política más efectiva, y esto desde luego aplica en México que se ha rezagado en las últimas semanas, es acelerar el ritmo de vacunación. La posibilidad de que se presenten nuevas variantes es menor mientras mayor sea el porcentaje de vacunación. No es casualidad que tanto delta como ómicron hayan surgido en países con bajos índices de inoculación. En este sentido, queda de manifiesto la urgencia de que los países avanzados aumenten sustancialmente la donación de vacunas hacia países más pobres. No solamente por una cuestión ética básica, sino también por su interés propio ya que, si algo ha declarado claro ómicron, es que el coronavirus no dejará de ser una amenaza para ningún país hasta que deje de serlo para todos los países.

El autor es economista en jefe de BBVA México.

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