¿Una vida lograda?
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¿Una vida lograda?

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¿Una vida lograda?

30/11/2018

Cada semana, en esta columna hablamos de temas de management, liderazgo, innovación, autores e ideas, libros y noticias recientes. Esta vez quiero hablar de otro tema, que me parece que a todos nos incumbe: ¿En qué consiste conseguir una vida lograda?

El Dr. Alejandro Llano (hermano de Carlos) escribió un libro con este título: La Vida Lograda, Editorial Ariel, España, 2002. En él afirma que “quienes tienen una vida lograda son mujeres y hombres que se han convertido en una tarea para sí mismos, que son autores de su vida (…) Buscadores implacables que se lanzan a comprometerse en cuestiones culturales y sociales que les implican y les trascienden”. Y añade: “son jóvenes; claro aparece que es joven toda aquélla, todo aquél, para quien el futuro presenta mayor interés que el pasado”.

Llano afirma que los jóvenes de hoy deben darse cuenta que los valores superiores no deben confundirse con los valores utilitarios como el poder, el dinero y la fama. Por el contrario, para conseguir una vida lograda deben guiarse por valores más internos, más trascendentales como la verdad, la excelencia, el conocimiento y el amor, y afirma: “Todos aspiramos a vivir una vida completa, una vida lograda, pero es en la adolescencia donde se construyen sus cimientos”. En efecto, es en la niñez y adolescencia cuando los padres tienen más influencia sobre sus hijos, de ahí la importancia de formar bien.

Buscar la verdad, a pesar de las dificultades de los engaños, el relativismo y hasta las fake news nos van acercando a esa vida lograda. Se trata de insistir en el conocimiento como un estilo de vida, de aprendizaje continuo, de entendimiento a la excelencia —como afirmaba Aristóteles— y no como un acto, sino como un hábito que requiere práctica continua y que al practicarlo nos va forjando y haciendo mejores. Se trata, finalmente, de amar la vida, a nuestros seres queridos y a nuestros semejantes. La vida lograda no se trata de atesorar poder, riquezas materiales o fama, es tener esas riquezas internas que dan mas plenitud que los materiales, y que además no se consumen.

Cada vez que perdemos a un ser amado sentimos un mazazo, un golpe seco1 y un vacío que sin duda se debe a la importancia que la persona perdida ocupaba en nuestras vidas. Es una ausencia irremplazable y para intentar llenar este hueco nos queda solo el consuelo de haber convivido con ella y la satisfacción que nos genera los buenos recuerdos y las enseñanzas que nos procuró.

Estas líneas las escribo porque la semana pasada falleció mi mamá. Una persona valiente, alegre y servicial que realmente logró mejorar la vida de quienes tuvimos la suerte de convivir y aprender de ella. Siempre optimista, siempre con proyectos, siempre contagiando entusiasmo, quejándose poco y agradeciendo mucho, nació en una época en que el desarrollo profesional estaba muy cerrado para las mujeres. Sin embargo, no dudo absolutamente nada que en la época actual habría hecho una carrera profesional brillante y exitosa, ya que era muy inteligente (nunca le escuche decir una tontería), su sentido común era impecable, su capacidad de trabajo y astucia también.

Y desempeñó su “rol” de hija, hermana, esposa, madre, abuela y amiga con entusiasmo, con alegría, sirviendo a los demás. Así lo atestiguan los numerosos mensajes que mi familia ha recibido. En ellos se destacan sus cualidades y los agradecimientos por haberla conocido.

Fue una buena practicante (que se honra de su fe y somete a ella su vida). En el prefacio de la Misa de difuntos, la liturgia católica proclama: “La vida no se acaba sino se transforma”. Ella fue una buena católica, entendía muy bien a la muerte y tenía la certeza de que la vida aquí es pasajera, un preámbulo a la vida eterna. Todos los que la conocimos coincidimos en la certeza de que ya está en el Cielo.

Agradezco mucho todos los mensajes recibidos. Me sirven para confirmar lo afortunado que fuimos quienes vivimos con ella, y también para constatar que su vida fue una vida lograda.

1 ..., Un manotazo duro, un golpe helado, un hachazo invisible y homicida, un empujón brutal te ha derribado. No hay extensión más grande que mi herida, lloro mi desventura y sus conjuntos y siento más tu muerte que mi vida.... (Elegía, Miguel Hernández, 1936)

* El autor es Profesor del Área de Política de Empresa (Estrategia y Dirección) en el Instituto Panamericano de Alta Dirección de Empresa (IPADE) y Director de Programas In-company en la misma institución.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.