La ruta del Mundial se acerca a su final y en estas etapas cada vez hay más tiros penales que nos recuerdan esa frase tan mexicana como “No era penal”.
El fervor por Marruecos en Monterrey en el Mundial tiene mucho que ver con aquel cobro en favor de Países Bajos hace 12 años, el que nos sacó de un Mundial donde todo parecía posible.
Otros recordamos los buenos tiros de Raúl Jiménez y Harry Kane o los penales que fallaron alguna vez nuestros equipos.
Todos conocemos a “el hombre que murió de pie”: Roberto Baggio, la mirada perdida en el cielo de Pasadena tras mandar el balón por encima del travesaño en la final del 94, y todos nos hemos emocionado con las tandas de penales en días pasados.
El penal puede marcar para siempre a una persona, un partido o un país entero.
Con tanta tecnología, tanta técnica y tantos años de entrenamiento, uno pensaría que los penales ya no se fallan. Que cualquier profesional debería acertarlos. O que quizá los porteros ya dominan el arte de detenerlos.
Pero no.
Los datos y la técnica no han logrado eliminar la incertidumbre. Y eso, lejos de ser un defecto del futbol moderno, tiene una explicación interesante que viene de un lugar inesperado: la economía.
Suena raro, pero el penal lleva más de veinte años siendo tema favorito de los economistas y matemáticos que estudian la toma de decisiones bajo incertidumbre.
El jugador debe decidir hacia dónde patear sin saber hacia dónde se lanzará el portero.
El portero, a su vez, debe elegir un lado sin saber hacia dónde irá el balón.
Ninguno puede ver la jugada del otro antes de actuar. Es el mismo dilema que enfrentan dos empresas decidiendo en secreto si bajan precios, o dos jugadores de “piedra, papel o tijeras” antes de mostrar la mano.
Los economistas llaman a esto un “juego de información oculta”. Y la forma matemáticamente comprobada de jugarlo bien es simplemente ser impredecible.
Si un jugador siempre patea a su lado favorito, tarde o temprano el portero lo notará.
Por eso ahora los arqueros traen sus apuntes en un vaso. Y si un portero siempre se lanza al mismo lado, los tiradores aprenderán a evitarlo.
La única forma de que ninguno pueda “leer” al otro es variar la dirección sin un patrón claro.
Cuando investigadores como Chiappori y Levitt analizaron miles de penales profesionales, encontraron algo notable: jugadores y porteros, sin haber estudiado estas teorías, se comportan casi exactamente como predice la matemática.
Reparten sus tiros entre izquierda, centro y derecha de forma pareja e impredecible.
El resultado: la probabilidad de anotar es prácticamente la misma sin importar hacia dónde se patee.
Los mejores futbolistas del mundo, guiados por instinto y experiencia, llegan solos a la misma solución que a un economista le tomaría una pizarra llena de fórmulas.
Pero si el comportamiento es casi perfecto matemáticamente, ¿por qué seguimos viendo fallos tan dolorosos? ¿Por qué vemos a porteros como “Bono” que parecen adivinar todo?
Porque jugar de manera óptima no significa jugar sin errores.
Significa que el riesgo se reparte entre todas las opciones.
Un jugador puede ejecutar la estrategia perfecta y aun así fallar, porque el penal, incluso jugado a la perfección, conserva un margen de incertidumbre.
Y hay algo más que ninguna estadística mide bien: los nervios.
El desempeño en penales decisivos —los que definen eliminaciones, finales, títulos— es distinto al de los pateados sin presión. Saber cuál es la jugada correcta no es lo mismo que ejecutarla con el estadio lleno, millones viendo por televisión y un país entero pendiente.
Ahí la matemática se topa con lo humano.
Quizá por eso el tiro penal fascina a los académicos de la competencia económica: es de las pocas situaciones donde vemos, con datos claros, cómo dos personas actuando racionalmente bajo incertidumbre llegan a la mejor solución posible, y aun así conviven con el fracaso, porque el fracaso ocasional es parte de esa solución, no un accidente.
Algo similar ocurre en los mercados: ni la mejor tecnología ni las reglas más sofisticadas eliminan el riesgo. En el mejor de los casos, logran que se reparta de manera un poco más justa.