Benjamin Hill

Poder suave y poder duro

La apuesta fallida de Rusia por una guerra costosísima, hace que la comparación de estrategias con otros países que avanzan en su influencia regional y mundial se vuelva más que pertinente.

A poco más de dos meses del inicio de la guerra entre Rusia y Ucrania, los resultados para Rusia han sido desastrosos. Existe evidencia de que cerca de quince mil soldados rusos han muerto, entre ellos generales y liderazgos militares importantes; los rusos han perdido numerosos vehículos, suministros y hace unas semanas, el buque insignia de la flota rusa en el mar Negro fue hundido. Los intentos por capturar la capital Kiev han fracasado y da la impresión de que hay un desorden total y una ausencia general de esprit de corps entre las tropas rusas. Al inicio de la guerra pudo haberse pensado que la aplastante asimetría entre el tamaño y recursos económicos y tecnológicos de cada ejército acabaría por definir rápidamente el resultado de esta guerra a favor de los rusos; sólo por volumen debieron haber ganado rápidamente, pero esto no ha sido así. Esto no significa que los ucranianos no hayan sufrido bajas y derrotas militares; desde luego que ellos han tenido que pagar la mayor cuota de las pérdidas en esta guerra que ha destruido las ciudades y la infraestructura de un país en el que gran parte de su población se encuentra hoy en el exilio y el desamparo.

Pero no podemos dejar de reflexionar en el hecho de que el propósito principal de esta guerra, su justificación y objetivo último, era la intención de Rusia de reafirmarse como potencia militar mundial –o al menos regional–, y que la humillación que han sufrido por parte de los partisanos ucranianos, en su gran mayoría voluntarios improvisados, ha sido mayúscula. ¿Cómo podría Rusia convertirse en el futuro, después de esta ignominia, en una amenaza creíble frente a otros vecinos hostiles, con los que compite en el contexto geopolítico, o que desea influenciar, como Finlandia o Turquía? Al final lo que queda es la impresión de que Rusia no es más que un oso gigante que gruñe mucho, pero que tiene patas de barro.

La apuesta fallida de Rusia por una guerra que hoy parece costosísima e imposible de ganar hace que la comparación de estrategias con otros países que avanzan sin mayores costos en la consolidación de su influencia regional y posicionamiento mundial se vuelva más que pertinente. China, por ejemplo, sin dejar de ser una potencia militar muy relevante que utiliza su gran capacidad de fuerza para hostigar y amenazar a vecinos como Japón y Taiwán, concentra sus esfuerzos para la expansión de su influencia mundial en la diplomacia no coercitiva y el despliegue de su poder económico con inversiones estratégicas fuera de su territorio, en países que terminan convirtiendo en aliados. La idea de distinguir entre poder ‘duro’ y poder ‘suave’ fue propuesta hace unos 20 años por Joseph Nye. El poder ‘duro’ se ejerce por medio de intervenciones militares, diplomacia coercitiva –sustentada en amenazas– y sanciones económicas. El poder ‘suave’, en cambio, se usa para influir mediante la cultura, la cooperación, la ideología, los valores políticos. Para países como México, por ejemplo, que no apostamos por la amenaza militar como una forma de influir fuera, el poder suave es una manera de formar alianzas, fortalecer relaciones y contar con una mejor posición para negociar con vecinos y socios estratégicos. Nuestra ventaja, al menos hasta hace poco, era que se nos percibía como un país encaminado a ser abierto, democrático y con libertades.

Rusia, al organizar competencias deportivas como el Mundial de Futbol y las Olimpiadas de Invierno, hizo una enorme inversión en poder suave que ahora con la guerra, se ha tirado al excusado. Una de las características del poder suave es que se requiere de legitimidad para su despliegue; hoy Rusia no la tiene. Tampoco tiene la capacidad económica que tienen China y otras potencias de crear una estrategia de expansión de su influencia mediante inversiones estratégicas. Tal vez ahí, en su debilidad económica está el origen de la debilidad real de Rusia, y de su Ejército, pues como decía Trotsky, el ejército es reflejo de la sociedad. Y en eso tal vez hay un aprendizaje del que es importante tomar nota. Tal vez la guerra en Ucrania termine de demostrar que la capacidad militar que definía las relaciones de poder entre Estados y regiones por cientos de años está cediendo frente a otra forma de generar influencia internacional, de pisar fuerte y de tener una mayor relevancia, una forma más suave de acumular poder que al final es más efectiva, estable y menos costosa que la guerra.

COLUMNAS ANTERIORES

Trump sigue gobernando
De toros y toreros

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.