Durante el tiempo que estudié mi maestría, la universidad organizaba reuniones todos los jueves por la tarde, en las que unos exponíamos a los demás miembros de la generación aspectos relevantes de nuestra historia personal y experiencia profesional. De los 189 intregrantes de mi generación, había más de 90 nacionalidades distintas, por lo que era frecuente escuchar experiencias increíblemente diversas e interesantes. Tal vez una de las más interesantes exposiciones fue la de mi amigo Román Rubchenko, originario de Ucrania, pero avencindado en Estados Unidos desde su juventud.
Antes de su exposición no sabía mucho de Román, salvo que había trabajado en Boston Consulting y –algo muy evidente– que medía la friolera de dos metros con diez centímetros. Compartía con este gigante el gusto por el whisky y por la exploración alcohólica –siempre con moderación–, y un día lo intruduje al whisky cristalino –sin añejar– y al mundo del tequila.
En su exposición, Román nos contó que había nacido en Ucrania, dentro de lo que entonces era la Unión Soviética, y que desde muy joven se aficionó al basquetbol, deporte para el que por razones evidentes tenía ventajas comparativas, y en el cual destacó de tal manera que logró formar parte del equipo juvenil de la URSS. En 1991, durante las celebraciones en Chicago por el 100 aniversario de la invención del basquetbol, Román y su equipo fueron invitados a un torneo de exhibición. De regreso a la URSS, el vuelo hizo una escala larga en Nueva York, durante la cual –nos contó Román–, el agente de la KGB que los acompañaba cayó dormido. Román y un amigo aprovecharon para sacarle al agente sus pasaportes y decidieron en ese momento salir caminando a las siete de la mañana de la terminal JFK con sólo 17 años, sin saber a dónde iban, sin dinero, sin conocer a nadie y sin hablar una palabra de inglés. Consiguieron un aventón a Manhattan a bordo de una camioneta pickup que transportaba trabajadores de la construcción. Su primera reacción fue ir a conocer el edificio de las Naciones Unidas, pero minutos después ya no sabían qué hacer. Recordaron que en la URSS circulaban clandestinamente cassettes de un cantante de origen ruso que vivía en Estados Unidos y que interpretaba canciones de protesta en contra del gobierno soviético, en las que mencionaba que vivía en el barrio ruso de Brighton Beach, en Brooklyn. Decidieron ir a buscar a ese cantante a Brooklyn y fue ahí donde migrantes rusos con los que hablaron los identificaron y entregaron a las autoridades.
Tras un periplo burocrático en el que se definió su permanencia en Estados Unidos, Román trató de entrar sin éxito a la NBA, aunque encontró ofertas de trabajo en las ligas profesionales de basquetbol de otros países. En contra del consejo de su representante, decidió que haría contratos de sólo un año en cada país, con el objetivo de conocer el mundo y acumular experiencias. Eso lo llevó a jugar en las ligas profesionales –cito de memoria– de Uruguay, Turquía, Grecia, Italia y España. Después de esas aventuras, Román obtuvo un grado universitario en Estados Unidos y fue consultor por muchos años. Después de que coincidimos en la maestría, Román decidió regresar a Ucrania, donde abrió un negocio y decidió participar en el activismo a favor de la democracia, de la membresía de su país en la Unión Europea, y en contra del intervencionismo ruso. Ahora, con la guerra, el destino le ha puesto una prueba muy difícil.
Poco hemos sabido de Román desde que inició la invasión rusa, salvo que al menos hasta el pasado viernes, él y su familia se encontraban a salvo. Román, sobra decirlo, siempre ha sido un alma emancipada, valiente y rebelde; alguien que ha sabido tomar las riendas de su destino en contra de todo y que ha sido congruente en su búsqueda por la libertad y la autodeterminación personal.
No conozco muchos ucranianos pero encuentro en las preocupaciones, en las acciones y motivaciones de Román una exploración, una indagación activa acerca de la identidad, el destino y la grandeza de su país, que seguramente comparten muchos de sus paisanos; veo en esa búsqueda a una nación inconforme por el hecho de que, al igual que México, no han podido resolver las claves de su desarrollo, y con la humillación permanente de haberse encontrado en distintos momentos de su historia, amenazados por una potencia vecina. Quiero pensar que en muchos ucranianos se encuentra esa misma inquietud de luchar por la libertad y la autodeterminación, y que al final esa voluntad les permitirá salir adelante y tomar las riendas de su destino. Y espero también que un día muy pronto, volveremos a brindar con Román, en una Ucrania libre, como siempre, por la libertad.