Benjamin Hill

De la risa al miedo en el Reino Unido

Desgastados por el COVID y exhaustos de tantas restricciones y desatinos del gobierno, los británicos ven a Boris Johnson ya no como un bufón carismático, sino como un payaso a secas.

Acorralado por las críticas tras haber organizado fiestas en la residencia oficial durante el encerrón por la pandemia por COVID, violando las propias indicaciones de su gobierno sobre evitar contacto social, el primer ministro del Reino Unido, Boris Johnson, publicó en Twitter una lúcida autodefensa. En ella menciona logros indiscutibles de su gobierno, como el apoyo para el rápido desarrollo de la vacuna Oxford-AstraZeneca, y la excelente campaña de vacunación masiva. “Confrontados al reto más grande de nuestra nación desde la Segunda Guerra –escribe Johnson, comparándose sin sutilezas con Churchill– y a la peor pandemia desde 1918, cualquier gobierno habría hecho algunas cosas mal. Pero este gobierno hizo bien las cosas importantes”.

Es difícil que los argumentos de defensa que publica Johnson ayuden a resolver una crisis en la que no se están cuestionando solamente las fiestas; las fiestas no son más que la gota que ha terminado por derramar el vaso y agotado la paciencia de gran parte de los ciudadanos de su país. Es tarde ya para relativizar y poner en la balanza lo bueno y lo malo de su gobierno cuando a las fiestas hay que sumarle un largo etcétera de malas decisiones, sospechas de corrupción y conflictos de intereses, y una larga cadena de mentiras.

Johnson es un político que concentra una rara combinación de características, buenas y malas. Por un lado es, sin duda, un bufón, un payaso adorable y carismático. Su desenfadado aspecto y extravagante comportamiento tal vez ayudaron a suavizar el hecho de que se reconocía que, a pesar de contar con cierto talento para la política marrullera y la improvisación retórica, a Johnson no se le veían cualidades verdaderas para ser primer ministro. Pero fue tal vez ese desenfado y su creciente fama de mentiroso lo que llevó a algunos votantes a imaginar, como sugiere Fintan O’Toole en The New York Review of Books (https://www.nybooks.com/articles/2022/01/13/boris-johnson-fintan-otoole-arum-arum-araaaaaagh/), que compartían una complicidad con Johnson; una complicidad en la que sospechaban de su incapacidad para gobernar y sabían que era embustero, pero compartían con él la urgencia y su agenda, que incluía desde luego el Brexit. En esa complicidad Johnson logró borrar las fronteras sociales y convertirse en un político popular entre la clase trabajadora, un logro notable para alguien educado en el Colegio Eton y en Oxford, dentro de una sociedad que aún conserva distinciones aristocráticas entre personas y que está profundamente afectada por complejos de clase. Tal vez algo parecido haya ocurrido en el caso de Trump, otro personaje bufonesco y de clase alta, pero con una fuerte base de apoyo en sectores populares soportada por un conjunto de políticas que para su base electoral, debía impulsarse a cualquier costo, por encima incluso de la gobernabilidad del país. También es posible que esa complicidad es la que permite a los gobernantes de otros países que comparten el mismo estilo político que Johnson y Trump sortear escándalos y minimizar errores sin mayor daño a su reputación. Pero todo tiene un límite.

El desgaste de la sociedad británica con el COVID, exhaustos ya de tantas restricciones y de los desatinos del gobierno –como prohibir los viajes y reuniones navideñas en 2020, seis días antes de Navidad (¡!)– el balance –pésimo para los estándares británicos– de más de 40 mil muertos por COVID y el surgimiento de la variante ómicron cuyo desenlace aún es incierto, los ha llevado a ver a Johnson ya no como un bufón adorable y carismático, sino como un payaso a secas. Un payaso cuyos lances y gracejadas han dejado de ser chistosos y más bien hoy preocupan. Este cambio de actitud no fue gratuito, desde luego; cualquier gobernante puede cometer errores, como dice Johnson en su defensa tuitera. Pero a fuerza de insistir en sus desatinos y malas decisiones, el entendimiento que tenía con su base electoral, la complicidad que lo ayudó a ser primer ministro, necesariamente se ha venido perdiendo.

Los payasos y bufones, cuando dejan de dar risa, dan miedo. Esa es la premisa de Stephen King en su novela y películas sobre un payaso asesino sobrenatural. Todo indica que los votantes británicos han decidido que Boris Johnson ha dejado ya de ser el político desaforado y carismático cuyas puntadas divertían, a un riesgo material para la continuidad del gobierno.

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