Benjamin Hill

La construcción del privilegio

Son personas que nacen dentro o logran entrar en una burbuja que los separa del resto y que les permite recibir un gran abanico de honores inmerecidos.

En abril pasado, el primer ministro del Reino Unido, el extravagante Boris Johnson, celebró una fiesta en su residencia oficial de 10 Downing Street. Esto no tendría importancia si el propio gobierno de ese país no hubiera decretado una estricta cuarentena que prohibía las fiestas y que imponía severas multas a quienes las organizan, como a la cantante Rita Ora, que fue multada con diez mil libras precisamente por organizar una fiesta en esos días. La cuarentena impuesta por el gobierno de Johnson impidió que muchas familias se reunieran en la Navidad de 2020, restringió los viajes fuera y dentro del país, afectó severamente la industria restaurantera, los bares, los hoteles y el comercio en general. El costo económico y humano que pagaron los británicos fue muy alto. Y en medio de todo eso, el primer ministro organizó una fiesta. Hoy sabemos que no fue la única fiesta que se llevó a cabo en dicha residencia durante la cuarentena, por lo que la indignación ha llegado al límite. Johnson proviene de una familia inscrita en la élite británica; estudió en el exclusivo Eton College, que entre sus objetivos está el educar “promoviendo la seguridad en uno mismo, el entusiasmo, la perseverancia, la tolerancia y la integridad”. Todo indica que Johnson salió ileso de esa escuela y que resultó impermeable a dichos valores.

No lejos de ahí, la casa real británica anunció hace unos días el retiro de los grados militares y el tratamiento de ‘alteza real’ al príncipe Andrés, quien se encuentra investigado por haber participado en reuniones organizadas por el lascivo millonario norteamericano Jeffrey Epstein, en las que –se alega– abusó sexualmente de menores de edad. Sobra decir que el príncipe Andrés pertenece a la familia más relevante de su país, y que al igual que Johnson fue educado en escuelas de élite.

Hace unos días también, hubo un jaloneo legal entre el tenista número uno del mundo, Novak Djokovic, y las autoridades migratorias de Australia. Djokovic, serbio educado principalmente en Alemania, es un abierto escéptico de las vacunas contra el COVID-19 y no se ha vacunado. La vacunación es un requisito ineludible para entrar a Australia, por lo que después de varios intentos por permanecer en el país, Djokovic fue deportado, lo cual implica que no podrá jugar en el Abierto australiano, que perderá en consecuencia su estatus como jugador número uno del mundo y que probablemente pierda también millones de dólares en ingresos. Todo eso porque el jugador serbio piensa que sabe más sobre el COVID-19 que todos los científicos, expertos y autoridades de salud del mundo, y porque asume que las reglas de migración, que son obligatorias para el común de las personas, no le aplican a él.

El privilegio que dan la fama, el poder económico, político y aristocrático, crean una ilusión de impunidad y de infalibilidad que lleva a los privilegiados a verse por encima de las leyes y considerar que son incapaces de equivocarse. No es raro que Johnson, Andrés y Djokovic hayan actuado como lo hicieron; sus errores y desplantes son consecuencia de la forma como son tratados por los demás y de las atenciones especiales que constantemente reciben. Son personas que nacen dentro o logran entrar en una burbuja que los separa del resto, y que les permite no hacer fila en el cine, no esperar turnos para hacer trámites, obtener upgrades sin pedirlos, conseguir mesa en restaurantes atiborrados sin hacer reservación, y recibir un gran abanico de honores inmerecidos. Se dice que la infanta Cristina de España, cuando se investigaba su participación en un caso de corrupción que involucró a su esposo, explotó un día diciendo: “¡Me educaron en lo que tenía que hacer, pero nunca me dijeron lo que no debía hacer!”.

Algo estamos haciendo mal cuando los líderes políticos, las personas con la mejor formación a la que puede accederse en el mundo, y quienes mediante esfuerzo y talento ocupan posiciones sobresalientes en la sociedad, dan consistentemente muestras de soberbia, debilidad de carácter, mal juicio, perversidad, majadería e ignorancia. Está claro que no es un tema de educación. Algo está extraviado en la manera como la propia sociedad crea esa plataforma de privilegios para algunos que termina convenciéndolos de que se encuentran por encima de las leyes, la ética, la ciencia y la decencia. Y es que somos nosotros, la sociedad, los que les damos a esos privilegiados la agencia y el trato preferencial que con el tiempo terminan haciéndoles pensar que el trato preferencial que reciben es su derecho. Estos ejemplos muestran que la construcción de privilegios y de una cultura donde los abusos de los poderosos son posibles, no solamente requiere de imbéciles que actúan como si estuvieran investidos de una patente de impunidad; también se sostiene gracias a una sociedad que normaliza y alienta esos privilegios.

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