La semana pasada, en la víspera del día internacional en contra de la corrupción, el gobierno de Estados Unidos publicó su plan de gobierno para enfrentar dicho problema (United States Strategy on Countering Corruption). Esta publicación es muy importante por dos motivos; el primero es que Estados Unidos nunca antes había publicado un plan o estrategia de gobierno en contra de la corrupción, por lo que la aparición ahora de este documento significa que van muy en serio. El segundo es que previsiblemente, esta estrategia va a tener un impacto muy importante a nivel internacional, en la agenda de los países de la OCDE, el G-20 y el G-7, en la de los principales socios comerciales de EU y en los programas, recetas y propuestas que impulsarán los organismos financieros de cooperación internacional como el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional.
Las acciones de EU en contra de la corrupción siempre han tenido un fuerte impacto internacional. Ese país suele extender el alcance de sus políticas internas fuera de su frontera, y hace bien, dado que hoy vivimos en un entorno de integración internacional. Después de los escándalos de Watergate, EU emprendió un profundo cambio institucional gracias al cual se amplió el alcance de la ley de acceso a la información impulsada originalmente por el presidente Kennedy, y se publicó la famosa Federal Corrupt Practices Act (FCPA), que ha sido imitada en otros países, y sirvió de modelo para la Convención Anticohecho de la OCDE. El impulso a las leyes de acceso a la información desde EU a través del Banco Mundial, ha logrado que de un escenario en los años 70 en el que sólo EU y unos cuantos países escandinavos contaban con leyes de acceso a la información, al día de hoy, en el que la gran mayoría de los países del mundo cuentan con leyes y ordenamientos en materia de transparencia.
La estrategia anticorrupción de EU es la respuesta esperada desde hace muchos años a una contradicción que era cada vez más insostenible. Mientras que los países ricos exigen reglas de integridad y transparencia a los países menos desarrollados para mantener relaciones comerciales e invertir en ellos, los corruptos de África, América Latina, Europa del Este y el Sur de Asia ocultan fácilmente el producto de sus negocios sucios en cuentas de banco suizas, en casas de los barrios elegantes de Londres y París, y en departamentos en Nueva York. Esto hace que la corrupción y su efecto corrosivo sea doblemente dañino para los países en desarrollo, pues el producto de lo robado ni siquiera se reinvierte en el país de origen, generalmente muy pobre, sino que se va a los países ricos. No es posible hablar de combate a la corrupción con autoridad moral si al mismo tiempo se le ofrece a los corruptos un paraíso seguro para el producto de sus robos. El entonces secretario de Estado, John Kerry, ya había abordado esa contradicción en la Cumbre Anticorrupción de Londres en 2016, cuando dijo que la administración de Obama estaba comprometida a “arrojar más luz sobre las transacciones inmobiliarias turbias en lugares como la ciudad de Nueva York y Miami, que a menudo se utilizan para proteger fondos ilícitos, y aprovechar una laguna que permite a los extranjeros ocultar actividades financieras potencialmente ilícitas detrás de entidades estadounidenses anónimas”.
El primer acierto de esta estrategia es su confianza en el uso de tecnologías de la información y en la coordinación interinstitucional para controlar la corrupción; el segundo es el énfasis en combatir el lavado de dinero; el tercero es apostar por los mecanismos de cooperación internacionales, en la diplomacia para el control de la corrupción como la mencionada Convención Anticohecho de la OCDE, la Convención Anticorrupción de la ONU, el Grupo de Acción Financiera Internacional, la Stolen Asset Recovery Initiative (StAR), y muchos otros mecanismos multilaterales que han demostrado ser útiles pero que podrían serlo aún más, ayudando a países a avanzar en el combate a la corrupción, resolviendo sus dilemas políticos internos mediante la presión diplomática externa.
La corrupción es un fenómeno líquido y cambiante, por lo que las soluciones deben ser flexibles, modernas, colaborativas e inteligentes. La receta tradicional para el combate a la corrupción que venimos repitiendo desde los años 90 es indispensable y hay que mantenerla, pero también es cierto que ha demostrado ser insuficiente ante actores que se coaligan a nivel internacional para cometer actos de corrupción y al mismo tiempo, aparentar cumplir la ley. Hay que seguir de cerca esta estrategia que seguramente tendrá una enorme influencia en el combate a la corrupción a nivel internacional durante muchos años.