Benjamin Hill

El Hunan y la esquizofrenia social

Los ciudadanos tenemos la percepción de que hay quienes tienen privilegios inmerecidos por su cercanía con el grupo en el poder o porque tuvieron la habilidad de negociar con los poderosos.

Un gran escándalo han provocado las fotografías de un famoso personaje de la política mexicana en un elegante restaurante del poniente de la Ciudad. El personaje en cuestión, como se sabe, se encuentra sujeto a proceso y goza de libertad, pues se ha adherido a la figura llamada criterio de oportunidad, bajo la cual los testigos informantes o colaboradores pueden obtener ventajas, como ir a restaurantes si así lo deciden. Todo en la escena invita a la indignación: un personaje señalado como responsable de actos de corrupción aparece gozando de libertad y departiendo con sus cercanos en un restaurante oriental de lujo –un extraordinario restaurante por cierto, con excelente servicio, que no merece ser estigmatizado por este episodio–. Es natural que se haya dado un escándalo público ante semejante montaje, que bien podría ser el póster publicitario de una serie titulada ‘Impundad’.

Las fotos y el escándalo que desataron son relevantes porque emergen de este episodio muchos temas vinculados con el estado de la justicia en México y la confianza en las instituciones. Habla de la percepción que los ciudadanos tenemos acerca de la parcialidad con la que el Estado trata a los individuos, así como la red de complicidades, favores y acuerdos mutuos que conforman el entramado de las ‘palancas’, con las que es posible conseguir privilegios y trato especial desde las instituciones públicas. Con esto no quiero decir que el señor del Hunan disfrute indebidamente de palancas, eso no lo sé; lo que digo es que las famosas fotos nos recuerdan que todos nosotros vivimos en un ambiente social de desconfianza hacia el gobierno, alimentado por décadas de ineficiencias e injusticias, y que la forma en que muchos ciudadanos han encontrado la manera de sobrellevar esta situación es por medio de las palancas.

Los ciudadanos tenemos la percepción de que hay quienes tienen privilegios inmerecidos por su cercanía con el grupo en el poder o porque han tenido la habilidad de negociar esos privilegios con los poderosos. Una reiterada actuación ineficiente, parcial e injusta de los gobiernos han creado una sociedad arisca, que desconfía del gobierno –y de los poderosos en general–, y que en respuesta decide formar entramados de intercambio social y confianza basados en la familia, las amistades y otras redes de conocidos. Estas normas de intercambio social que le dan la espalda a las normas formales son una de las causas de los altos niveles de corrupción en muchos países. La existencia de esas redes y de una actitud de desprecio ante las normas formales puede considerarse uno de los diferenciadores entre las sociedades modernas, en las que la corrupción es muy baja, y las que no lo son, y en las que la corrupción es la regla.

Alina Mungiu-Pippidi en The Quest for Good Governance (2015), identifica el ‘particularismo’ como la característica central de una sociedad corrupta –nepotismo, patrimonialismo, clientelismo, soborno– y propone la transición a una ‘universalidad ética’ en donde la imparcialidad, igualdad y la impersonalidad definen la distribución de bienes en una sociedad. De acuerdo con David Arellano y Luis Trejo (Corrupción y confianza en México: el caso de las palancas, México Interdisciplinario, año 10, nº 20), a diferencia de las sociedades modernas en las que las relaciones de confianza se sostienen en las normas y reglas formales, las sociedades ‘particularistas’ como la nuestra, aparentan vivir detrás de una apariencia de normas, leyes e instituciones formales, pero en realidad las reglas que realmente aplican son las del privilegio y la excepción a la regla sustentada en las relaciones de reciprocidad y en las palancas; la realidad es que la convivencia social se da en una situación permanente de esquizofrenia social, como los edificios de los que se guarda la fachada para efectos estéticos o de conservación histórica, pero que por dentro se encuentran demolidos y remodelados. En Making Sense of Corruption (2017), Bo Rothstein y Aiysha Varraich encuentran que lo contrario a la corrupción no es la transparencia o la integridad, sino la ‘imparcialidad procedimental’, esto es, que todos sean tratados de forma imparcial en su interacción con el gobierno. Cuando desde el gobierno se percibe a las instituciones y a las leyes como herramientas de gobernanza para ser manejadas a discreción –premiar amigos y castigar enemigos–, la regla es el particularismo y la injusticia, por lo que la confianza en los gobiernos se pierde.

Es posible que la sociedad mexicana se encuentre en una etapa ‘transicional’, entre una sociedad moderna regulada por leyes e instituciones, y una sociedad ‘particularista’, donde cada quien es tratado de acuerdo con su situación particular y su capacidad de desplegar palancas. De ahí tal vez provenga la indignación general por las fotos. A pesar de que muchos mexicanos viven inmersos en un arreglo social donde las palancas son la regla no escrita para sacarle la vuelta a las normas formales, existe en muchos al mismo tiempo un anhelo de ser modernos, un deseo de ver realizada la idea de México como un país desarrollado y de leyes, que contrasta o se contradice con las fotos de un personaje percibido como criminal, gozando de una lujosa cena en libertad; una imagen que no es del país moderno que queremos, sino del país de palancas del que queremos separarnos.

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