V. S. Naipaul, premio Nobel de literatura en 2001, nació en Trinidad y Tobago, en una familia de origen indio, y se avecindó desde muy joven en el Reino Unido. Afectado sin duda por la expatriación, el pasado colonial y el subdesarrollo con los que se hilaban su historia personal y familiar, Naipaul desarrolló un buen ojo para observar patologías en sociedades colonizadas por potencias extranjeras o por religiones extranjeras. En ‘Al límite de la fe’ (Debate, 2002), Naipaul escribe sobre un viaje que hizo en 1995 por cuatro países islámicos no árabes: Irán, Indonesia, Pakistán y Malasia. Evitó pasar por Afganistán, tal vez disuadido por la guerra civil que terminó –efímeramente–, hasta el año siguiente. A pesar de que no visitó ese país, es posible llevar las reflexiones de Naipaul a la realidad afgana, sobre todo ahora que los fundamentalistas islámicos han regresado después de veinte años de permanecer agazapados, ardiendo bajo la tierra, esperando su momento de regresar. “La crueldad del fundamentalismo islámico –dice Naipaul– radica en que sólo concede a un pueblo –los árabes, el pueblo en el que nació el profeta– un pasado, los lugares sagrados, la peregrinación y la veneración de la tierra. […] Los conversos tienen que despojarse de su pasado; a los conversos no se les exige sino la fe más pura (si es que se puede llegar a tal cosa), el islam la sumisión. Es el imperialismo más inflexible que se pueda imaginar”. En el imperialismo islámico de países como Afganistán, el fundamentalismo es la respuesta a la necesidad de abandonar el propio pasado y abrazar intelectualmente una fe que exige reconstruir el mundo y poner la capacidad de pensar completamente al servicio de esa reconstrucción. Y no solamente el pensamiento, también son la historia y las leyes las que deben estar al servicio de la religión, con todo lo que ya sabemos que eso involucra, sobre todo para las mujeres. Es fascinante y al mismo tiempo sombrío, pensar que toda la violencia física, legal y cultural del islam en contra de los no conversos y las mujeres principalmente, provienen de la fe religiosa, que no es más que una capacidad inspirada por el amor a un Dios.
Toda reconstrucción moral implica la imposición de nuevas normas. Para los fundamentalistas, las normas son lo más importante para mantener el control moral de la sociedad. En Afganistán, el precio de las burkas, esos velos de cuerpo completo teñidos de añil que los talibanes hicieron obligatorio para todas las mujeres, se ha duplicado. Volverá la prohibición de la música, de la televisión, de los teléfonos celulares, de los libros. El estadio de futbol dejará de albergar partidos y se convertirá de nuevo –como lo fue en los años 90–, en un anfiteatro para las ejecuciones públicas de personas que violan las normas de los talibanes: homosexuales, adúlteros, mujeres que se maquillan o se pintan las uñas, a los que son sorprendidos bailando. A los ladrones se les cortarán las manos. Los hombres tendrán prohibido recortarse la barba. Las mujeres tendrán prohibido estudiar, trabajar y salir a la calle solas. Volverá la esclavitud sexual de niñas y mujeres.
En su visita a Irán, Nauipaul fue asistido como intérprete por Mehrdad, un joven estudiante muy crítico de la sociedad y de las normas de su país. Cuando discuten por qué las normas y su cumplimiento son tan importantes en el Irán de la legislación islámica, Mehrdad le dice: “Si niegas las normas, niegas a los que dictan las normas. Si rechazas al que dicta las normas, rechazas al dirigente, y si te enfrentas al dirigente estás contra el santo profeta. Si te enfrentas al santo profeta, te enfrentas al libro sagrado, y el libro sagrado viene de Dios. Si alguien va contra Dios, hay que matarlo, pero ¿quién lo mata? El que dicta las leyes, no Dios”.
Es obvio que Afganistán señala un fracaso militar y político. Pero también es un fracaso y una tragedia simbólica muy importante para la causa del liberalismo. La reconquista de Afganistán por los talibanes era algo que se veía venir, se sabía qué implicaba y se le dejó pasar. Se falló militarmente y se falló en arraigar valores liberales en el país. Se falló en la construcción de un gobierno fuerte y capaz de mantener el orden en la pluralidad; se falló en mantener una estrategia contra el terrorismo; se falló también en defender los derechos de las mujeres.
Este fracaso animará a los autócratas de Rusia, China e Irán a ser más agresivos en su política exterior y convencerá a grupos afines a los talibanes en otras partes de que el terror es una herramienta que puede ofrecer el triunfo a su causa. Ahora que los valores liberales y las democracias se encuentran constantemente amenazadas en todo el mundo, lo que está pasando en Afganistán es un desastre para las ideas que defienden la existencia de derechos humanos universales, respeto a la dignidad de las personas, libertad, igualdad y gobiernos democráticos.