Benjamin Hill

Cuba

Es difícil predecir cuál va a ser el destino de estas manifestaciones: si tendrán éxito en la búsqueda de mayores libertades y prosperidad económica, o acabarán ahogadas en sangre.

Por razones geográficas, históricas, culturales, económicas y políticas, México tiene una relación especialmente compleja con tres países: España, Estados Unidos y Cuba. Se intercalan y superponen en nuestra percepción sobre cada uno de esos países manías y nociones contradictorias y complejas, que se enredan aún más cuando pasan por el lente distorsionante de las ideologías e intereses políticos. En el caso de Cuba, desde el triunfo de la revolución de los hermanos Castro, la relación entre nuestros gobiernos fue contradictoria y pragmática. México fue el único país de América Latina que no rompió relaciones diplomáticas con Cuba tras la llegada de Fidel Castro al poder, con lo que se inició una relación sustentada en el principio de no intervención en los asuntos internos del otro, que resultaba mutuamente beneficiosa, y que en los hechos era una complicidad de ‘lavado de cara’ recíproca para ocultar realidades bochornosas. Es posible que durante ese tiempo, México utilizara como pieza política de negociación diplomática frente a Estados Unidos su ambigua relación con Cuba, y en especial, la idea de ese país como símbolo de la independencia latinoamericana, del pequeño país desafiante y orgulloso frente a la gran potencia. La desaparición de la URSS y el fin de la Guerra Fría, así como la apertura comercial de México y su transición a la democracia, acabaron con ese arreglo no escrito y México empezó a tener fuertes desencuentros con Cuba, en particular durante los gobiernos de Ernesto Zedillo y Vicente Fox. A pesar de que después se ha dado un proceso de normalización de la relación diplomática, la contradicción central persiste y si acaso se ha profundizado. Resulta más que evidente, pero en estos tiempos es preciso decirlo y repetirlo: no es congruente ni sensato para una democracia como la mexicana, apoyar o ser omisos ante un gobierno dictatorial como el cubano, que ha violado de forma masiva y cotidiana durante décadas los derechos humanos y políticos de sus ciudadanos.

El domingo 11 de julio a partir del mediodía, miles de cubanos se manifestaron en todo el país exigiendo mayor libertad y expresando su inconformidad con una crisis económica que tiene su origen en el desplome venezolano. Sumado a eso está el colapso del sistema de salud, tan alabado por los propagandistas del régimen, y que se ha desfondado por la pandemia de Covid, revelando sus debilidades estructurales. En contraste con el mórbido lema oficialista de “Patria o muerte”, los manifestantes marcharon gritando la esperanzadora consigna “Patria y vida”. Se trata de las manifestaciones más grandes que se han organizado en la historia del país.

Si bien la motivación de este movimiento ha sido la exigencia de mayor libertad y mejores condiciones de vida, tal vez la chispa se ubique en el arresto del rapero Denis Solís, quien fue detenido en noviembre pasado y condenado a ocho meses de prisión, nada menos que por publicar en redes sociales el video de su propio arresto. Solís es un músico contestatario, que tiene tatuada en su pecho una frase que resume su posición: “Cuba, cambio y libre”. La agrupación de artistas conocida como el Movimiento San Isidro (MSI) organizó desde su arresto diversas manifestaciones pidiendo la libertad de Solís, el fin del hostigamiento oficial contra artistas y diálogo con las autoridades. Miembros del MSI han sido de las principales voces que convocaron por redes sociales a la manifestación del domingo. La respuesta del gobierno cubano contra la población civil que se manifestó ha sido la que podía esperarse de una dictadura que se sostiene por la fuerza bruta: cierre de internet, arrestos, violencia y ejecuciones.

Es difícil predecir cuál va a ser el destino de estas manifestaciones; si tendrán éxito en la búsqueda de mayores libertades y prosperidad económica, o acabarán ahogadas en sangre, como otros movimientos libertarios del pasado. Hay tres aspectos que hacen que estas manifestaciones, a diferencia de otras en el pasado, ofrezcan un resplandor de esperanza para quienes deseamos un cambio en Cuba. En primer lugar, está la dimensión y dispersión geográfica de las manifestaciones, que han abarcado todo el país y a las que se han sumado cientos de miles de ciudadanos, algo nunca visto. En segundo lugar, la ausencia física de Fidel Castro y la decrepitud natural por vejez de su heredero Raúl Castro. Sin los Castro y su carga simbólica e histórica, la causa del oficialismo pierde el impulso que tuvo, por ejemplo, cuando se apagaron las manifestaciones del ‘maleconazo’ en 1994. En tercer lugar, las motivaciones coyunturales que han impulsado este movimiento –la crisis de salud por Covid y la ruina económica– son al mismo tiempo dramáticas, urgentes e imposibles de resolver por el gobierno, al menos en el corto plazo.

México tiene hoy la oportunidad de resolver algunas de las claves de su contradictoria y difícil relación con Cuba. El gobierno de México ha hecho bien en pedir un alto a la violencia y el respeto por la autodeterminación del pueblo cubano, pero podría hacer más para dar pasos en esa dirección. Sin abandonar la política de no intervención en asuntos de otros países, México podría servir de mediador entre el gobierno y la oposición cubanos y ayudar a conducir una transición tersa, libre de violencia y que realmente tome en cuenta la autodeterminación del pueblo cubano, la cual necesariamente pasa por la celebración de elecciones libres.

COLUMNAS ANTERIORES

La vocación de sicario
El Hunan y la esquizofrenia social

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.