Durante su presidencia, Francisco I. Madero promovió reformas legales para prohibir la reelección del titular del Ejecutivo. Después de las múltiples reelecciones de Porfirio Díaz que convirtieron la democracia mexicana en un sainete, las reformas de Madero dieron sentido al lema de su campaña electoral de 1910, “Sufragio efectivo. No reelección”. Madero desde luego se refería a la reelección presidencial, y nunca pensó en prohibir la reelección de legisladores. El sentido original de su mensaje se confundió y para muchos, el lema maderista aludía también a la reelección de miembros del Congreso. Muchos asumieron que conservar el legado de la Revolución mexicana descansaba en la prohibición de la reelección para cualquier puesto de elección popular.
En realidad, la reelección de legisladores se prohibió hasta 1933, cuando ya estaban fríos los fusiles y los cañones en silencio, como parte de una reforma política en el contexto del maximato que buscaba debilitar y someter al Poder Legislativo. El resultado de esa prohibición fue en pocas palabras, la destrucción de la capacidad del Congreso de servir de contrapeso al Ejecutivo, de revisar sus actos y de fiscalizarlo. Sin reelección, no es posible crear memoria histórica, acumular experiencia práctica, profesionalizar el trabajo legislativo. Winston Churchill, a quien con frecuencia se le evoca como arquetipo del legislador ideal, fue miembro del Parlamento del Reino Unido por 64 años. Los diputados mexicanos, que no podían reelegirse de forma inmediata, se iban del Congreso después de tres años y quienes regresaban a las Cámaras una o varias legislaturas después eran raras excepciones. La regla general era la llegada cada tres años –o seis en el caso de los senadores–, de legisladores novatos que al finalizar la legislatura, jamás regresaban a las cámaras. Ser legislador en México no era una carrera, era una anécdota.
La no reelección tuvo además, efectos perversos sobre la representación democrática. Sin tener en el horizonte de sus carreras políticas la posibilidad de reelegirse, una vez electos los diputados o senadores no se desarrollan incentivos para atender los intereses y preocupaciones de sus electores, por lo que el vínculo de representación se debilita. Prohibir la reelección es además restringir los derechos democráticos de los ciudadanos. La posibilidad de votar o no por un representante, es una prerrogativa que debe estar en manos de los electores para evaluar el trabajo de los legisladores. Sin reelección, se arrebata a los ciudadanos el poder elegir entre premiar con la continuidad el buen trabajo de un legislador, o bien castigarlo negándole el voto. La reelección legislativa, en ese sentido, no es un privilegio que ganan los políticos, sino un derecho que siempre debieron tener los ciudadanos. El sufragio es más efectivo cuando los electores tenemos la posibilidad de ratificar o no a los legisladores.
Después de más de ochenta años sin reelección legislativa, a principios de 2014 se promulgó una reforma política que permite nuevamente la reelección consecutiva de senadores y diputados, presidentes municipales, síndicos, regidores y de diputados a los congresos de las entidades federativas. Gracias a esa reforma, quienes fueron electos como diputados federales para la LXIV Legislatura (2018-2021) tuvieron la opción de buscar presentarse como candidatos nuevamente y ser reelectos de manera inmediata.
De acuerdo con datos recopilados por Eric Magar (https://emagar.github.io/reeleccion-dipfed-6-jun/), un 34 por ciento de los diputados ganaron su reelección. En perspectiva comparada, ese ‘porcentaje de retorno’ es mayor al de Argentina (15 por ciento), similar al de Brasil (42 por ciento), y menor al de Chile y Estados Unidos (59 y 86 por ciento respectivamente). En perspectiva histórica, es parecido al porcentaje de retorno que tuvieron los diputados mexicanos entre 1917 y 1930 por lo que parece que hemos regresado rápidamente a una especie de ‘normalidad’ mexicana. Eunice Sánchez, Cristina Rivas y Rodrigo Elizarrarás (https://www.animalpolitico.com/agenda-de-riesgos/la-reeleccion-y-otros-demonios-legislativos/), encontraron que a pesar de que unos 449 diputadas y diputados manifestaron de forma oficial su interés por buscar la reelección, menos de la mitad lograron el apoyo de sus partidos para ser candidatos de nuevo, lo cual revela que las burocracias partidarias mantienen un fuerte control sobre quiénes pueden tener la oportunidad de reelegirse, y que posiblemente esto sea un mecanismo para asegurar la disciplina partidista.
En suma, los datos que tenemos sobre el retorno de la reelección legislativa, a pesar de que es la primera vez que ocurre desde 1933 y de que todavía existe un fuerte control de los partidos sobre las candidaturas, nos permiten ser optimistas sobre el futuro del Congreso y del efecto positivo que pueda tener el hecho de que al menos, uno de cada tres diputados federales llegará a la siguiente legislatura con algo de experiencia. Son pequeños pasos hacia la construcción de un Poder Legislativo más profesional, con mayor experiencia y con un vínculo más fuerte con sus representados.