Benjamin Hill

La perdición de El Salvador

Es inquietante ver que el desarrollo de la carrera política de Bukele no tiene nada excepcional; se trata de un político que se desenvolvió en un ambiente de democracia.

Nayib Bukele, el polémico presidente de corte populista de El Salvador, por medio de los diputados de su partido y de otras fuerzas políticas afines en la Asamblea Legislativa, destituyó el pasado primero de mayo a los cinco magistrados de la Sala de lo Constitucional de la Corte Suprema de Justicia y al fiscal general, por lo que la decisión sobre quiénes los sustituirán en el futuro estará bajo el control del Ejecutivo. Si bien en apariencia se cumplió con los requisitos legales para que la Asamblea pudiera realizar esas destituciones (más de dos terceras partes de la Asamblea aprobaron la destitución de los magistrados y la mayoría absoluta la del fiscal), en los hechos las consecuencias políticas son la creación de un hiperpresidencialismo, en donde Bukele controlará de facto a los otros dos poderes.

Desde luego, Bukele no ha logrado llegar a tener ese control político por sí solo. Existe un contexto político que comparten muchos países de Latinoamérica que facilita ese deslizamiento hacia el autoritarismo. De acuerdo con Daniel Zovattto, director en América Latina de IDEA Internacional, las encuestas de Latinobarómetro y Latin American Public Opinion Project (LAPOP), el apoyo a la democracia y la confianza en los partidos en El Salvador registra los niveles más bajos en la región (28 por ciento vs. 48 regional); también es pobre la confianza en el Congreso (10 vs. 21 por ciento), en los partidos políticos (6 vs. 13 por ciento) y en las elecciones (38 vs. 45.5 por ciento). Esta insatisfacción con las instituciones democráticas y sus resultados, muchas veces justificada por gobiernos electos que han mostrado indiferencia y complicidad ante la desigualdad social y los casos de corrupción, es el escenario adecuado para que se presente una irrupción populista que termine destruyendo las instituciones democráticas y a la democracia misma. Sobra decir que el caso de El Salvador no es inédito, como lo hemos visto ya en Nicaragua y en el multicitado caso de Venezuela, ejemplo claro del alcance y extremo al que puede llegar una democracia latinoamericana en su degradación.

Es inquietante ver que el desarrollo de la carrera política de Bukele no tiene nada excepcional que pudiera anunciar su talante autoritario; se trata de un político que se desenvolvió en un ambiente de democracia y que hizo política bajo reglas electorales democráticas. Antes de convertirse en presidente, fue alcalde de la capital del país apoyado por el partido de izquierda tradicional, elección que ganaría por un estrecho margen. Después de separarse del partido por el que fue postulado para la alcaldía, argumentando que se habían corrompido, fundó un nuevo movimiento con el objetivo de convertirlo en partido político y competir por la presidencia de la república. Finalmente compite en las elecciones presidenciales en contra de los partidos tradicionales de la derecha y la izquierda, y obtiene una amplia victoria, con un porcentaje de votación mayor a 50 por ciento. Una de sus primeras declaraciones como presidente fue el anuncio de que con su gobierno iniciaba una nueva etapa histórica para el país. Desde el inicio de su gobierno, enfrentó la oposición a sus iniciativas en el Legislativo y en el Poder Judicial con declaraciones en las que descalificaba a esos poderes y a sus miembros, y mediante la movilización de sus simpatizantes, utilizando de forma importante las redes sociales para colocar sus mensajes. Un argumento que utiliza con frecuencia es que la oposición a sus propuestas viene de las élites que han visto amenazados sus privilegios. Si bien inició su administración con un alto porcentaje de popularidad, ese apoyo ha venido disminuyendo fuertemente, en parte por la acumulación de casos de corrupción y por mostrar ciertos rasgos autoritarios, pues son frecuentes sus ataques a las instituciones democráticas y a periodistas. Durante su gobierno se ha apoyado fuertemente en el ejército y se le ha acusado de pactar con los grupos que encabezan el crimen organizado. Al igual que otros gobernantes de corte populista, es conservador en temas sociales.

En las elecciones legislativas de este año, Bukele y sus aliados obtuvieron suficientes diputados como para tener una mayoría calificada, esto es, dos terceras partes, por lo que hoy tiene absoluto control de la Asamblea y, parece que también lo tendrá de la Corte Suprema. De acuerdo con muchos analistas, las consecuencias de la destitución de los magistrados elimina en los hechos la división de poderes, y consigue reunir en una sola persona todo el poder político y las facultades que constitucionalmente le corresponden a los poderes Judicial y Legislativo.

La concentración de poderes semejantes en una sola persona no solamente degrada la democracia, sino que cancela la rendición de cuentas, y opera en contra de la obtención de mejores resultados de gobierno. Algunos recordamos todavía que en el México del pasado ya no tan reciente, en 1988, tanto el presidente como todos los gobernadores de los estados, todos los senadores y la mayoría calificada en todos los congresos locales y en el de la Unión, estaban en poder de un solo partido político. Se trataba de una situación incompatible con la aspiración de muchos de vivir en una democracia plena, que necesita de la pluralidad y la discusión crítica para sobrevivir. Tal vez uno de los aprendizajes más importantes que encierran estos tiempos en los que la democracia pasa por días difíciles en la región, es que los retrocesos no solamente son posibles sino viables y hasta fáciles; que lejos de representar el fin de la historia, la democracia liberal es una situación frágil y difícil de mantener en el tiempo.

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