Benjamin Hill

¿Por qué bailan los candidatos?

Se resiente en las campañas la escasez de ideas y propuestas, precisamente ahora cuando parece que está la cancha abierta para plantear cosas distintas y encauzar el rumbo del país.

Un candidato da una maroma en medio de un discurso que hasta ese momento parecía serio; otro exhibe su flacidez bailando sin camisa; uno más se muestra saliendo de un ataúd, como si resucitara; otra baila cumbias; otro juega futbol; una candidata rapea; otros aparecen como personajes de dibujos animados de los setenta, o representados con la estética de videojuego japonés. Algunos aparecen haciendo faenas del campo o de albañilería; muchos aparecen en videos de humor tonto en plataformas como TikTok, en los que hacen coreografías infantiles o seudoeróticas; en otros videos cantan, chiflan, se resbalan, en fin, para qué abundar. Es verdad que la política-espectáculo y las estrategias de marketing político que utilizan el humor, lo chocante, lo sorprendente, no son algo nuevo ni exclusivo de México, pero tampoco se había convertido en una dimensión con tanta presencia en las campañas electorales de México como ahora. Parecería que si un candidato no publica un video bailando o haciendo algo chistoso es que no está en campaña. Me gustaría estar en el war room de alguno de esos candidatos y presenciar cómo se desarrolla la discusión con sus estrategas en la que se llegó a la decisión de que tiene que hacer un video bailando para subirlo a redes.

Algo que se resiente en especial en estas campañas electorales es la escasez de ideas y de propuestas precisamente ahora, cuando parece que está la cancha abierta y que la mesa está puesta y dispuesta para proponer cosas distintas, encauzar el rumbo del país y ofrecer alguna esperanza. Son momentos en los que la incertidumbre económica y la preocupación sobre el futuro de las libertades y los derechos cívicos exigen de los candidatos más creatividad, liderazgo, valor, arrojo y compromiso con el desarrollo futuro y la protección de las instituciones democráticas. Hay tanto que recomponer, tanto que presentar como alternativa a una realidad sombría, tantas opciones posibles en el abanico de propuestas que buscan desesperadamente un campeón que las lleve al debate electoral, que la ausencia de un discurso común de la oposición es decepcionante. Pero más decepción causa ver que en lugar de eso tenemos baile, resbalón y pastelazo. Es ofensivo y mórbido al mismo tiempo, ver que ni siquiera los días aciagos por los que pasamos, días de luto en los que tantas vidas se han perdido por la pandemia, hayan llamado a la prudencia y la mesura a muchos candidatos, que en algunos casos se han dejado llevar por una espiral de autobufonización que ha vaciado de contenidos reales el debate electoral.

Desde luego, hay también candidatos que se han preocupado por elaborar propuestas e imaginar ideas útiles en el contexto de la discusión política. Pero la avalancha de bailongos y payasadas las terminó apabullando y no alcanzan a colocarse en la arena del debate nacional. Sería realmente interesante descubrir el porqué de este fenómeno, qué es lo que explica esta tendencia general de candidatos que bailan y le hacen al Peter Sellers de petatiux. Algo debe explicar esta chespiritización o capulinización de la política electoral.

Politics is no longer just theater; it’s show business”, dijo en una escena el político Frank Underwood, en la serie House of Cards. Es posible que el repulsivo y fascinante Underwood tenga algo de razón, y que la mediatización de la política, acelerada por los nuevos formatos impuestos por las redes sociales, hayan generado un entorno propicio para la política-espectáculo. En el contexto de las redes sociales, donde se lucha ferozmente por la atención de las personas, los mensajes que no logran conseguir la atención de alguien en unos segundos se pierde en el olvido de lo ‘no visto’. Las extensas limitaciones de espacios y gasto que las leyes electorales imponen a partidos, candidatos y en general, a grupos y personas que quieren expresarse políticamente en medios de comunicación, también han hecho que en las campañas electorales cada peso y cada segundo cuente, y vistos en el dilema de gastar todo su tiempo y dinero en promover una declaración aburrida que se transmita una sola vez y que nadie vea, o bien, colocar en medios varias piezas cortas de humor chusco, muchos candidatos se van por lo segundo.

Pero la mediatización de la política, la preeminencia de los formatos que imponen las redes sociales y las astringentes reglas electorales mexicanas no son más que presunciones parciales sobre el porqué las campañas son hoy la hora del comediante aficionado. Es posible que sea una moda que se haya popularizado entre estrategas electorales, un gremio que con frecuencia recurre a copiarse mutuamente. Es posible que muchos de ellos hayan logrado convencer a sus candidatos de la conveniencia de bailar, quitarse la camisa y emerger como Drácula de un ataúd. Pero lo que hace falta es un estudio serio, que nos muestre que existe una fuerte relación entre los videos de baile y la intención de voto de los ciudadanos. En tanto eso no se demuestre, lo que tenemos son campañas sin contenidos y candidatos sin propuestas. Y un vacío que se ha llenado de chistes y pasos de baile.

COLUMNAS ANTERIORES

La ruta del autoritarismo
El ‘déjà vu’ electoral de la Ciudad de México

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.