Benjamin Hill

El dilema de los gobernantes en el retiro

El retiro de la política representa un dilema para expresidentes y exmandatarios, en especial si son jóvenes y dejan la política activa cuando tienen aún muchos años por delante.

Una de las características del poder político es que siempre está acompañado de oportunidades de enriquecimiento en el tiempo que se ejerce, pero también después, cuando los políticos se retiran. El retiro de la política representa un dilema existencial para expresidentes y exmandatarios, en especial si son jóvenes y dejan la política activa cuando tienen aún muchos años por delante. La posibilidad de incurrir en conflictos de intereses limita el abanico de actividades a las que los políticos retirados pueden dedicarse. Algunos exmandatarios participan en los circuitos internacionales de conferencistas como oradores contratados, o escriben libros de memorias de los cuales obtienen regalías. Otros optan por trabajar para organismos internacionales, dar clases, fundar una organización de la sociedad civil, regresar a la vida privada a ejercer sus profesiones o se convierten en asesores de empresas privadas.

La vinculación laboral entre empresas privadas y exgobernantes siempre ha sido polémica y presenta un reto para los reguladores que tratan de prevenir los dilemas de la llamada “puerta revolvente”, los pagos de favores y los conflictos de intereses. La red de relaciones que logra tejer un político de alto nivel en el tiempo en el que estuvo en funciones, la información privilegiada a la que tuvo acceso, el conocimiento sobre cómo operan las poleas de la política interna de un país y la ascendencia que tienen sobre legisladores o servidores públicos en activo, todo eso tiene un enorme valor para cualquier empresa que quiera beneficiarse tratando de influenciar las decisiones del gobierno.

Hace unos días estalló en el Reino Unido un escándalo que involucra al exprimer ministro conservador David Cameron, quien ocupó esa posición de 2010 a 2016. Dos años después de dejar el gobierno, Cameron se incorporó como asesor a Greensill Capital, una empresa de servicios financieros que cerró operaciones a principios de este año. Cameron sirvió como cabildero de la empresa, utilizando sus relaciones en el gobierno para crear oportunidades de negocios. Aquí es necesario decir que el cabildeo, “lobby”, o las actividades que un grupo despliega para influenciar las opiniones de legisladores o gobernantes, es una actividad legal y legítima siempre y cuando se realice con transparencia y bajo reglas que aseguren la ausencia de conflicto de intereses. Todo indica que Cameron violó esas reglas, al contactar al menos a cuatro ministros y tres servidores públicos de alto nivel del gobierno de Boris Johnson para buscar contratos para Greensill, sin pasar por los canales de comunicación formales. Las comunicaciones y reuniones de Cameron se realizaron en llamadas de celular, mensajes de texto, correos electrónicos y visitas a bares, por lo que no quedaron registros oficiales de esas conversaciones con miembros del gobierno.

En contraste, otro exprimer ministro con un destino muy distinto es Tony Blair, laborista quien ocupó esa posición de 1997 a 2007. Blair se ha dedicado a varias actividades públicas y privadas desde que dejó el gobierno, pero se ha centrado en los últimos años en su trabajo para una organización sin fines de lucro fundada por él, Tony Blair Institute for Global Change, que asesora gobiernos en temas vinculados a la globalización y el libre comercio, aunque últimamente se ha volcado a impulsar propuestas para facilitar la movilidad global entre países en el contexto de la pandemia, por ejemplo, mediante la adopción de un “pasaporte Covid-19”.Así, mientras que Cameron está siendo investigado por las autoridades, Blair es celebrado y reconocido por su trabajo a favor de la sociedad.

Tal vez sea posible tomar estos dos casos, simplificarlos en los aspectos fundamentales y proponer dos posibles opciones de futuro para quien abandona una responsabilidad importante en el gobierno: una es utilizar el capital político ganado para colocarlo al servicio de una empresa, de un interés privado; la otra es utilizar ese capital en la construcción de una propuesta –con la que podemos estar de acuerdo o no– de cambio, que persiga el beneficio de la sociedad.

Si se analiza con cierta dosis de ironía en realidad ambas trayectorias, la de Blair y la de Cameron, no son tan distintas. Los dos utilizaron y se aprovecharon de su fama, su trayectoria, sus relaciones, su capacidad para mover voluntades e influenciar a gobiernos, organizaciones e individuos. En ambos casos, esos políticos siguieron dirigiendo equipos de trabajo, participando en reuniones, hablando con personas de poder, organizando estrategias, en suma, los dos siguieron haciendo actividades que son fundamentalmente políticas. No tengo dudas tampoco de que los dos han ganado mucho dinero en sus respectivos proyectos. Pero hay una diferencia fundamental en la decisión que tomaron ambos sobre cómo encauzar su futuro como exgobernantes, una decisión que a fin de cuentas ha determinado su destino. Esa diferencia está en la respuesta a la pregunta: ¿a qué le voy a dedicar mi capital político?

COLUMNAS ANTERIORES

La ruta del autoritarismo
El ‘déjà vu’ electoral de la Ciudad de México

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.