El próximo 6 de junio se celebrarán las elecciones más grandes de la historia de México. A nivel nacional se decidirá quiénes van a ocupar los 500 asientos de la Cámara de Diputados. A nivel estatal estarán en juego quince gubernaturas. Con excepción de Durango, en todas las entidades federativas se elegirán alcaldías y ayuntamientos (en Hidalgo habrá dos elecciones extraordinarias de alcalde). Sin contar a Coahuila y Quintana Roo, en todas las demás entidades federativas se renovará el Congreso local. Se elegirá en total a mil 67 diputados locales y mil 967 alcaldes, con sus respectivos regidores. En total, más de 21 mil puestos de elección popular. Más de un millón 400 mil ciudadanos estarán investidos de la responsabilidad de ser funcionarios en alguna de las 162 mil casillas de votación, en las que potencialmente podrán depositar su voto (o bien, enviarlo por vía electrónica o postal en el caso de quienes votan desde el extranjero) unos 94 millones de electores.
Para la política nacional, desde luego, la renovación de la Cámara de Diputados tiene una enorme relevancia. Se trata de las elecciones de medio término del presidente López Obrador, y en cierta medida son una evaluación de su mandato y un termómetro de la confianza de la gente en su ambiciosa propuesta de transformación. El resultado de esta elección va a definir ni más ni menos qué tanto margen de maniobra tendrá el presidente para seguir con su proyecto. Una variable importante para definir el resultado de esta elección es la aprobación presidencial. La encuesta de Alejandro Moreno publicada ayer por El Financiero muestra que el presidente llega a esta elección con una aprobación (61 por ciento) ligeramente a la baja y una desaprobación al alza (36 por ciento), pero que siguen dentro de una franja en la que se han mantenido estables desde mediados del año pasado. Como es natural, la aprobación del presidente ha dejado ya los altísimos niveles que tuvo al inicio del sexenio y se ubica en niveles parecidos a los que tuvieron otros presidentes en momentos equivalentes.
La encuesta muestra que la aprobación del presidente sube entre quienes han recibido la vacuna contra el Covid-19 (67 por ciento), respecto de quienes no la han recibido (59 por ciento), esto indicaría que un mayor despliegue y alcance en la campaña de vacunación podría aumentar la aprobación presidencial. No obstante todo indica que el entusiasmo por ser vacunado y el efecto de ese entusiasmo sobre la aprobación presidencial ha bajado desde el inicio de la vacuna y es posible que se reduzca aún más cuando se midan los efectos en la opinión pública de la simulación en la aplicación de vacunas dada a conocer con videos en redes sociales, lo cual indicaría posiblemente una operación de robo hormiga de vacunas y un cruel fraude para quienes acudieron a vacunarse con la esperanza de ser inmunizados. A eso hay que sumar que en los temas del desempeño del gobierno, en específico el manejo de la salud, seguridad pública, combate a la corrupción y economía han bajado, y que hoy las opiniones negativas son más altas que las positivas, además de que la valoración sobre las cualidades del presidente para gobernar también han bajado.
La aprobación del presidente y el desempeño del gobierno federal no son los únicos datos que van a definir el resultado de esta elección. Expertos en aprobación presidencial y voto han señalado que la aprobación es condición necesaria, pero no suficiente para que el partido en el gobierno o incumbent gane una elección. También está el efecto de las elecciones locales. Se le atribuye al político norteamericano Tip O’Neill la frase “All politics is local”, con la que se refería a la influencia que sobre las elecciones nacionales tienen los asuntos locales en las preferencias políticas de los electores. Esa observación es aplicable también para las elecciones mexicanas, sobre todo ahora, pues en muchos casos los comicios locales coinciden en fecha con los federales. Dado que es frecuente que los electores crucemos todas las boletas por el mismo partido o coalición, en lugar de hacer voto diferenciado para cada elección, la influencia de los asuntos locales en las elecciones nacionales es natural, pues para el ciudadano promedio, lo que ocurre en su municipio y estado le afecta de manera palpable, mientras que los asuntos de la federación muchas veces ni a melón le saben.
Si mantiene su aprobación por arriba de 60 por ciento, el presidente tendrá a la mano opciones para justificar un mal desempeño electoral de su partido, o bien celebrar sus triunfos como propios. Si Morena pierde rotundamente, podrá decir que no fue una evaluación negativa de su gobierno, sino un mal desempeño de su partido y de sus candidatos; en cambio, si Morena tiene una jornada ganadora el 6 de junio, puede atribuirse parte del triunfo, argumentando su alta aprobación. En suma, si los datos no cambian demasiado, el presidente es hoy un activo para su partido.
Los electores cada vez son más críticos del desempeño de sus gobernantes y representantes, más aún ante la posibilidad que tenemos hoy de premiar o castigar a quienes buscan la reelección. Cualquier análisis poselectoral en el que haya que explicar una posible derrota de Morena, tendrá que tomar en cuenta que los ciudadanos hicieron una rigurosa evaluación del desempeño del gobierno, particularmente en un año de pandemia, de dudas en el proceso de vacunación, una mala situación económica, la inseguridad y un ambiente de incertidumbre para todos.