Ya han pasado ocho meses desde que el primer ministro canadiense formulara en Davos un llamamiento a las demás democracias del mundo para que se unieran y resistieran la coerción diplomática y económica que hoy emana de Washington. Como nunca antes, ese llamado se ha vuelto más perentorio, para Canadá ciertamente y su camino de diversificación estructural, mitigación de vulnerabilidades y palanqueo de su relación con Estados Unidos, pero también para México en el contexto de su negociación a dos bandas con Washington: la arancelaria y la de la revisión estatutaria anual del T-MEC.
El sistema internacional vive un despertar abrupto después de un sueño de los inocentes de varias décadas y el comienzo de una dura realidad en la que la geopolítica y la aún principal potencia del mundo no reconocen límite alguno. Paradójicamente, por primera vez en décadas las potencias medias y las llamadas naciones pivote tienen incentivos y espacios para incidir en esa reconfiguración geopolítica. México lamentablemente no tiene –estructuralmente en términos de poder duro pero también por omisión y comisión propias– las opciones que a Canadá le permiten pivotear como lo hace Carney. Pero sí puede ser algo que pocas potencias medias –queramos o no asumirnos como tal y ejercer o no ese papel– tienen a su alcance: ser el socio sin el cual la seguridad de EU en su propio perímetro es inviable. Hasta ahora, la estrategia de Sheinbaum ha consistido en el trueque de concesiones tácticas en seguridad y migración por la esperanza de la continuidad del T-MEC y un alivio arancelario. Ha servido para ganar tiempo y postergar acciones más radicales por parte de la actual administración estadounidense, pero me temo que esa estrategia, junto con una lógica y postura –dada la enorme asimetría de poder duro con EU– de no confrontación, no alcanzará para lo que viene. México necesita ajustar su estrategia, y hacerlo –desde gobierno y sector privado– en dos pistas simultáneas.
La primera es de lenguaje y marco conceptual. Durante más de tres décadas negociamos con Washington con un vocabulario que dominábamos: comercio basado en reglas, niveles arancelarios, reglas de origen, cadenas de suministro integradas, plataformas de coproducción, eficiencia económica y ventaja comparativa. Ese léxico ya no mueve la aguja en Washington. México debe, entonces, cambiar de gramática. Pedir alivio para el acero o aluminio no como una concesión arancelaria, sino como la defensa de una base industrial norteamericana sin la cual no hay industria de defensa ni infraestructura crítica creíble en la región. Discutir reglas de origen automotrices no como porcentajes o costos, competitividad o dislocación para la industria sino como blindaje de América del Norte frente a la penetración china. Presentar el cierre de triangulación de insumos y aranceles a países sin TLC como aportaciones mexicanas a la seguridad económica regional, no como concesiones arrancadas bajo amenaza. Clasificar nuestras cadenas de suministro por perfil de riesgo –tecnologías de doble uso, infraestructura crítica, bienes de resiliencia social como alimentos y medicamentos– y mostrar qué aporta México en cada una. Y empaquetarlo explícita y proactivamente bajo el paradigma integral de seguridad norteamericana: una lectura compartida de amenazas y vulnerabilidades en el espacio norteamericano –aéreo, marítimo, cibernético, energético, financiero y de cadenas de suministro– que sustente una arquitectura trilateral de seguridad económica, con coordinación en escrutinio de inversiones (como atinadamente ya lo propuso el Ejecutivo mexicano), minerales críticos, semiconductores y energía. Una cadena es tan fuerte como su eslabón más débil. Y hoy México es percibido como ese eslabón. La prosperidad compartida sólo es defendible hoy en Washington si se ancla en la seguridad compartida.
La segunda debe correr en paralelo: el gobierno debe hacer un inventario exhaustivo de los puntos de estrangulamiento estratégicos que México tiene en su relación con EU. En la era de la interdependencia convertida en arma, los cuellos de botella ya no son sólo estrechos marítimos: son el dólar, las exportaciones de energía, los chips, los minerales críticos o los modelos de inteligencia artificial, y quien los controla puede asfixiar a otro sin disparar un tiro. México no está chimuelo y también puede recurrir a los suyos. Una palanca focalizada y creíble vale más que la retórica hueca de la soberanía, y una amenaza que no se sostiene erosiona la credibilidad.
Nada de esto implica que debamos activar hoy esas palancas. Implica saber, con precisión, cuánto pesa cada una, qué costo tiene activarla, cuán reversible es y en qué secuencia podría emplearse: de la señalización a la medida calculada y, sólo en última instancia, a lo estructural. Y mandar señales de que México ha mapeado todos esos puntos de estrangulamiento y los pasos secuenciales para instrumentarlos, de ser necesario. La disuasión no nace del uso de la fuerza sino de la credibilidad de un “podríamos”. Y esa credibilidad sólo existe si detrás hay un mapeo serio, resguardado hasta que convenga darlo a conocer. Canadá nos está mostrando en tiempo real el costo, pero también las opciones de una ruptura. Sería imperdonable no procesar la lección antes de tener que vivirla.