Como ha sido habitual con cada una de mis columnas de arranque de un año nuevo, intento en ellas otear el horizonte geopolítico para compartir mis impresiones acerca de lo que podría depararnos el sistema internacional a lo largo de los 12 meses venideros. Pero en esta ocasión, ese ejercicio anual se ha visto trastocado por el terremoto geopolítico con el que inició 2026 y que muy probablemente definirá no solo lo que veremos en las relaciones internacionales en el corto y mediano plazo, sino incluso cara al resto de esta década: la captura de Nicolás Maduro mediante una operación militar estadounidense en territorio venezolano. Esta acción no debe leerse como un acto aislado, sino como la manifestación más dramática de una nueva doctrina de política exterior que promete remodelar profundamente las relaciones internacionales.
De entrada, y al margen de los retos endiablados que descorchan las acciones de la Administración Trump, hay que decirlo sin rodeos: el continente americano será una mejor región sin la dictadura y el régimen autoritario y represor impuestos primero por Hugo Chávez y perpetuados por Maduro, causantes de la evisceración democrática en Venezuela, de uno de los éxodos de migrantes y refugiados más grandes en el mundo (8 millones) a lo largo del último lustro en particular y del mayor fraude electoral -ampliamente documentado y comprobado- en los comicios generales de 2024 en los cuales casi el 70% del electorado voto contra él. No hay manera de defender -ni se debe defender- ese régimen. Según sondeos en Venezuela, cerca del 80% de los venezolanos querían ver a Maduro expulsado del poder. Pocos lamentaremos el fin de su gestión ilegítima, pero es un hecho que Trump parece tener poco interés en lo que suceda allí a continuación; en el fondo, le importa un bledo tanto la democracia en Venezuela como la oposición venezolana.
No está claro aún cuál es la situación real sobre el terreno en Venezuela en este momento, y el caos podría ser lo único que ocupe los zapatos que deja Maduro. Por poderoso que haya sido el despliegue militar de EE.UU (el más grande que ha visto la región desde la Crisis de los Misiles en 1962) y por muy eficaces que sean sus fuerzas especiales, es posible que el operativo para capturar a Maduro haya contado con el apoyo de algunos sectores de las fuerza armadas venezolanas (Venezuela y el chavismo no son Panamá ni el régimen de Noriega en 1989 en donde se barrió con la poca resistencia militar). Al margen de la petulancia de Trump (su documentado recelo con María Corina Machado por su Premio Nobel) y sus baladronadas en el sentido de que su país “manejará” Venezuela, cómo se vayan acomodando en las horas y días por venir actores relevantes y el liderazgo venezolano que rodeaba a Maduro (hay indicios, no comprobados aún, de que Delcy Rodríguez -quien bien podría haber pactado con Washington y Moscú dejar a Maduro a su suerte- estaba precisamente en la capital rusa días antes del operativo estadounidense) será clave para lo que venga en ese país. Por ello será fundamental que países de la región -y fuera de ella- trabajen de la mano con la oposición venezolana y con el Secretario de Estado Marco Rubio (cuyo principal objetivo sí era impulsar un cambio de régimen en Caracas) para encontrar una hoja de ruta para transitar del chavismo y del caos de hoy a un proceso de verdadera transición democrática.
Pero todo esto tampoco puede ocultar un hecho irrefutable. El uso de la fuerza por parte de Trump otra vuelta de tuerca más en la erosión reciente y creciente del derecho internacional y el principio de no recurrir a la fuerza de manera unilateral al margen de lo que contempla el Artículo 5 de la Carta de las Naciones Unidas, con consecuencias e implicaciones muy graves para el futuro del sistema internacional, justo cuando estamos por entrar al cuarto año de la invasión injustificada rusa a Ucrania y cuando China prosigue con la planeación para hacerse de Taiwán en torno al horizonte del 2027. No es descabellado pensar que en la visión de Trump acerca de las relaciones internacionales dominadas por esferas de influencia naturales (mi columna en este periódico a principios de diciembre abordó ese tema https://elfinanciero.com.mx/opinion/arturo-sarukhan/2025/12/03/doctrina-monroe-30-el-retorno-de-la-hegemonia-continental/), éste haya negociado con Moscú manga ancha en Ucrania a cambio de lo propio en Venezuela. Algunos dirán que puede ser simplista argumentar que esto envalentonará a China. Pero no cabe duda de que, por ejemplo, dificultará aún más que Occidente movilice apoyo en el perezosamente y mal llamado “sur global” contra la invasión rusa de Ucrania. Más aun, los regímenes autoritarios en el mundo se sentirán alentados por el comportamiento autoritario, iliberal y depredador de Trump, unidos todos ellos -en una especie de “internacional antiliberal”- por la disposición a personalizar el poder, debilitar controles y contrapesos institucionales y sociales y utilizar la desinformación para erosionar la rendición de cuentas. Al socavar el pluralismo y deslegitimar a sus oponentes, estos líderes, en diversos grados, restringen los derechos políticos y las libertades civiles. Y al protegerse diplomáticamente entre ellos, participan en redes iliberales transfronterizas cuyas crecientes capacidades e influencia están inclinando la balanza global a favor de la autocracia.
Por todo ello la flagrante violación de soberanía de un estado sudamericano nada menor envía una señal desoladora al resto del mundo. Con el inicio del año dos del segundo mandato de Trump, el mensaje es claro: Estados Unidos no solo se siente ajeno a las sutilezas de las normas y el derecho internacionales de la posguerra, sino que intervendrá prácticamente a voluntad en su propio hemisferio y posiblemente también en otros sitios (Dinamarca con Groenlandia y Panamá con su canal), reforzando la convicción de que Trump está dispuesto a presidir un mundo de la ley del más fuerte, donde la fuerza hace el derecho.
Y el gobierno mexicano tendrá que hilar fino en su postura, tal como lo demuestran las declaraciones del propio Trump a las preguntas de reporteros en la conferencia de prensa posterior al operativo y en una entrevista concedida el día después a la revista The Atlantic, al igual que declaraciones y posteos de varios legisladores Republicanos. Arropar a Maduro y al chavismo -por mucho que eso sea el resorte que mueva al ala talibana de MORENA, sobre todo por el apoyo financiero que Chávez otorgó a López Obrador en su campaña presidencial de 2006 y por el apoyo de éste a Maduro vía Segalmex y la comercialización de crudo venezolano, dándole la vuelta a las sanciones impuestas por tres administraciones estadounidenses consecutivas- podría costarle muy caro a México, sobre todo en un 2026 que será clave para el destino y futuro (aranceles punitivos aún en vigor, revisión del T-MEC y la agenda antinarcóticos) de la relación bilateral con EE.UU. Pero la intervención militar estadounidense en Venezuela y la extracción de Maduro desnudan además otro factor nada menor. Desde tiempos de Chávez, el petróleo venezolano fue moneda de cambio para el apoyo cubano en materia de seguridad, defensa nacional, inteligencia y control interno (incluyendo para esto último a “médicos” cubanos desplegados por toda Venezuela). La caída de Maduro (su seguridad personal estaba anclada en ese apoyo cubano, como lo evidencian los 32 cubanos fallecidos como resultado del operativo militar del sábado) es un duro golpe a esas capacidades -y reputación- cubanas en Venezuela. Para quienes han venido replicando el mismo esquema en México, deberían poner sus barbas a remojo.
Al final del día, el mensaje del 3 de enero de 2026 al continente americano es inequívoco: la era de la soberanía y el derecho internacional como principios inviolables en las Américas ha sido defenestrada bajo la Administración Trump. Los gobiernos latinoamericanos enfrentan ahora una disyuntiva existencial: alinearse con los intereses estadounidenses definidos en términos transaccionales y económicos, o arriesgar medidas coercitivas que pueden incluir desde sanciones devastadoras hasta el uso unilateral de la fuerza. Por ello el horizonte de 2026 es profundamente inquietante. La operación en Venezuela establece un precedente donde la intervención militar se normaliza como herramienta de política exterior. América Latina deberá decidir si busca “seguros” estratégicos mediante vínculos con Europa, China u otros actores, o acepta una relación subordinada con Washington donde la autonomía se sacrifica por estabilidad económica. Por su parte, Europa encara su momento definitorio: desarrollar capacidad estratégica propia o resignarse a la irrelevancia; China observa y calcula, expandiendo su influencia mientras Occidente se fragmenta; y las instituciones multilaterales, debilitadas y desprestigiadas, luchan por mantenerse relevantes.
En 2026 tendremos que confiar en lo mejor (aunque la confianza no constituye una estrategia) y prever lo peor. La pregunta fundamental no es si enfrentaremos crisis -eso es una certeza- sino más bien si conservaremos capacidad de acción colectiva para manejarlas. El unilateralismo trumpiano, con su desprecio por alianzas, instituciones y principios compartidos, nos deja más vulnerables precisamente cuando la interdependencia global requiere de mayor cooperación. Para todos los que valoramos un orden internacional basado en reglas y no solo en poder bruto, 2026 representa una prueba existencial. Las decisiones que tomemos ahora determinarán si navegamos hacia un nuevo equilibrio por precario que sea o hacia un colapso de un orden que, con todas sus fallas, ha mantenido cierta estabilidad durante décadas. La captura de Maduro no es el final de esta historia; es apenas un violento comienzo.