Durante años hicimos algo extraño con el cuerpo humano: lo dividimos en ventanillas. Si falla el corazón, cardiología; si el problema está en el riñón, nefrología; si aparece diabetes, endocrinología. El paciente, mientras tanto, sigue siendo uno solo. Y quizá ahí se esconda una de las paradojas más costosas de nuestro sistema de salud: organizamos la atención por órganos mientras las enfermedades aprendieron hace mucho tiempo a viajar juntas.
El dato explica la dimensión del problema. En México, 14.4 millones de personas viven con diabetes, 21.3 millones con hipertensión y 9.2 millones con enfermedad renal crónica, según cifras de la Ensanut retomadas por la Secretaría de Salud. Más revelador todavía: enfermedad renal crónica, hipertensión, diabetes tipo 2, dislipidemias, sobrepeso y obesidad concentran 80% de la carga de las enfermedades crónicas no transmisibles.
Por eso importa una decisión que quizá pasó inadvertida entre tantas noticias. El Consejo de Salubridad General, presidido por el secretario de Salud, David Kershenobich, publicó el 24 de agosto un acuerdo que vuelve obligatoria para las instituciones públicas la implementación de los Protocolos Nacionales de Atención Médica relacionados con el síndrome cardio-renal-metabólico. Ya no se trata únicamente de una recomendación clínica: las instituciones deberán realizar ajustes administrativos, presupuestarios y de capacitación para aplicarlos.
Hay incluso un reloj corriendo. Las instituciones tienen un máximo de 90 días naturales para elaborar sus planes de implementación y deberán presentarlos ante el Consejo de Salubridad General a más tardar en noviembre. El acuerdo incluye enfermedad renal crónica, hipertensión, diabetes tipo 2, síndrome metabólico, sobrepeso y obesidad, dentro de una ruta que busca conectar aquello que durante décadas atendimos por separado.
La idea parece sencilla hasta que uno mira el tamaño de las instituciones que deberán ejecutarla. El IMSS, que encabeza Zoé Robledo; el ISSSTE, dirigido por Martí Batres, y el IMSS-Bienestar, a cargo de Alejandro Svarch, parten de capacidades, poblaciones e infraestructura distintas. Homologar un protocolo sobre el papel es relativamente fácil; conseguir que un paciente reciba detección, estudios, seguimiento y tratamiento semejantes independientemente de la puerta pública por la que entre será otra historia.
Y aquí aparece el dinero. El Proyecto de Presupuesto de Egresos 2027 plantea un incremento importante para salud. De acuerdo con el CIEP, el gasto del sector rondaría 1.16 billones de pesos, 12.7% más en términos reales que en 2026, y alcanzaría 2.9% del PIB. Es una buena noticia, pero también exhibe una vieja fractura: el gasto por persona en el IMSS sería más del doble del destinado a quien se atiende en IMSS-Bienestar. La medicina podrá comenzar a mirar integralmente al paciente; el financiamiento todavía lo mira de manera distinta según la institución a la que pertenece.
El costo de llegar tarde tampoco es menor. Un estudio publicado en la Revista Médica del IMSS estimó que atender durante un año a un paciente con enfermedad renal crónica mediante hemodiálisis podía costar entre 223 mil y 257 mil pesos. El cálculo corresponde a 2020 y no puede trasladarse mecánicamente a los costos actuales, pero ayuda a dimensionar una lógica que permanece vigente: prevenir el deterioro renal no es sólo una decisión médica; también tiene consecuencias financieras para un sistema presionado por millones de pacientes crónicos.
La industria farmacéutica lleva tiempo moviéndose en esa misma dirección. Bayer México, que encabeza Manuel Bravo, es uno de los jugadores que ha colocado el abordaje cardiorrenal entre sus áreas estratégicas. En una conversación reciente, Silvia Lucía Alarcón García, responsable del área Cardiorrenal de la compañía, me decía algo que vale la pena rescatar: corazón, riñón y metabolismo no deberían entenderse como historias independientes. La innovación está avanzando hacia esa integración; el verdadero desafío es que diagnóstico, acceso y continuidad terapéutica avancen al mismo ritmo.
Ahí está, quizá, la verdadera prueba de los PRONAM. No será publicar otro protocolo ni capacitar médicos para cumplir una estadística. Será detectar antes al paciente que todavía camina, trabaja y se siente razonablemente bien; descubrir el daño cuando aún puede modificarse su trayectoria y evitar que años después llegue a una sala de urgencias, una unidad coronaria o una máquina de hemodiálisis.
México ya dio un paso importante: reconocer oficialmente que estas enfermedades forman parte de una misma conversación. Ahora falta lo más difícil: que presupuesto, instituciones, médicos, industria y acceso a la innovación también conversen entre sí. En noviembre veremos los planes. Durante 2027 comenzaremos a saber si esta vez logramos mirar al paciente completo.
Sala de Urgencias
- Octubre se pinta de rosa, pero el cáncer de mama no entiende de calendarios. Entre campañas, listones y edificios iluminados, conviene voltear hacia FUCAM, institución que durante años ha convertido la detección y atención del cáncer de mama en trabajo cotidiano. Detrás de esa historia está nuestro amigo, el doctor Fernando Guisa Hohenstein, fundador y presidente vitalicio de FUCAM, uno de esos médicos cuya trayectoria recuerda que enfrentar esta enfermedad exige mucho más que sensibilización: diagnóstico oportuno, infraestructura, especialistas, tratamiento y seguimiento. Su frase emblema resume una aspiración enorme: “Hacer del cáncer de mama una enfermedad del pasado”. En este Mes Rosa habrá muchas fotografías y discursos. Ojalá cada uno nos acerque un poco más a conseguirlo y, sobre todo, recuerde a quienes trabajan por ello los otros once meses del año.