La polarización que viene
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La polarización que viene

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La polarización que viene

12/11/2018

Faltan diecinueve días para que se haga efectivo su cargo como presidente electo de la nación y, una vez que cambie de sentido los colores de la banda presidencial, la cuarta transformación de Andrés Manuel López Obrador habrá formalmente comenzado.

Sorprendente y sorpresivo todo lo que ocurrió el primero de julio, incluido lo más importante, el número de votantes y el número de votos que recibió el candidato ganador. Ha sido igual de sorprendente la desaparición de facto del gobierno de la República, que realmente abdicó de sus funciones casi al día siguiente de que se hicieran públicos los resultados de la elección.

Sorprendente e inusual que un gobernante tenga la posibilidad de gobernar de manera plena, sin más limitaciones que su propio sentido común, cinco meses antes de poder ejercer el poder.

Entiendo y deseo que el presidente electo haya tomado buena nota y este haya sido un tiempo de prueba y error, para que dé un mejor gobierno.

En cualquier caso, debe ser consciente de la suerte que tiene, porque al final del día, y ahí ya empezamos a entrar en el fondo de la cuestión, mientras no haya un cambio legal efectivo, en este momento lo que él ha recibido es un bono democrático que le ha permitido aplicar y empezar a cumplir sus promesas. Se le ha otorgado la oportunidad de pagar el desgaste y probar, tentar y observar la situación de la sociedad mexicana sin tener todavía, ya no sólo formalmente, los atributos del poder sino tampoco los costos del poder.

El mundo se dirige hacia una peligrosa polarización. Las elecciones de la semana pasada en Estados Unidos fueron prueba de que los pueblos, a partir de un momento, se asustan, se organizan y buscan una contrarreacción a las espirales de la violencia. Trump no es republicano ni demócrata, no es ni de derecha ni de izquierda, es más, durante su gestión incluso ha conseguido que se olvide la separación de los ricos y los pobres. Trump ignora mucho más de lo que conoce. Sin embargo, es un gran conocedor de los resortes oscuros y de las cuentas pendientes que el mundo tiene.

Sobre todo, es consciente de las necesidades de su mundo, el de la América blanca que no pertenece a la aristocracia tecnológica y que no forma parte de esa curiosa nueva situación en la que los gobernantes del mundo económico actual son, por primera vez en muchos años, una generación que no tiene un programa político y social para acompañar su importancia.

Trump es el grito, la furia y el enojo almacenado de los fracasos que han ido produciéndose en la aplicación del modelo democrático y económico, sobre todo en su país.

Ha perdido la Cámara de los Representantes, pero sobre todas las cosas se ha logrado notar un intento de reacción social. En mi opinión, gracias a la polarización existente, lo sucedido el pasado 6 de noviembre en Estados Unidos no ha hecho más que dar la imagen de un país que hoy está más dividido que durante la Guerra Civil estadounidense, en los tiempos de Lincoln.

Existen muchas cosas que el presidente electo tiene que aclarar y definir en su ejercicio del poder, pero hay una que es básica y va a consolidar o entorpecer todo: la decisión de Andrés Manuel López Obrador entre seguir adoptando una política de orientada por la integración o, como se ha parecido ver en los últimos quince días, elegir una postura regida por la polarización.

Nadie discute el derecho político ni democrático ni moral que tiene el presidente electo para proponer los cambios que considere necesarios, sobre todo aquellos que venían contenidos en su programa electoral.

Lo importante es desde dónde se hace este programa, ¿será del “poco a poco” o de una manera súbita? En ese caso, lo mejor que se le puede decir al presidente electo, es que convoque ya una Asamblea Constituyente, para cambiar el régimen, que es lo que en realidad se expresó en las urnas el primero de julio pasado. Y lo que de verdad sería una cuarta transformación.

La base sociológica, con independencia de los instrumentos jurídicos, es fundamental. México tiene muchos problemas, pero entre ellos ha encontrado una gran suerte en una cosa, que es la guerra contra los cárteles. La guerra de las drogas ha servido para disfrazar y ocultar la violencia engendrada por el fracaso social.

Si en la implementación del nuevo programa de gobierno se abren los espacios para que la violencia se produzca, hay que tener en cuenta que será una violencia terrible, mucho más fuerte que la que estamos teniendo disfrazada en esta guerra de las drogas.

El presidente tiene que elegir y tiene que marcar claramente dos cosas. Primero, que su camino de cambio no pasa por la destrucción sistémica de las instituciones sino en la propuesta de un cambio de éstas. Y, segundo, que la base desde la que buscar lograr este cambio no es la de fomentar el enfrentamiento y la violencia, que ya tenemos mucha, sino desde un ámbito de pacificación e integración.

Y es que el proceso de consolidación de lo que el presidente denomina la cuarta transformación, exige un marco general en el que se pueda transmitir sin confusión y sin ambages, qué piensa hacer con la constitución. En ese sentido, y coincidiendo con él, de que la inseguridad es el mayor problema que tiene el país, es importante que se defina entorno a la supersecretaría de Seguridad Pública que está creando y la combinación de los distintos elementos en relación a las Fuerzas Armadas. Por ejemplo, desde la desaparición del Estado Mayor Presidencial, hasta ese proyecto abstracto que flota en el ambiente, que es la creación de la Guardia Civil. Porque entonces también habría que pronunciarse si en sus planes está la modificación constitucional, para pasar actuaciones fundamentales como lo es el Ministerio Público o la Policía Federal, al ámbito de dominio de los militares.

En suma, el mundo vive, colectivamente hablando, una gran crisis. En casi todos los países está claro lo que no sirve, la crisis democrática ya es imposible aplazarla, afecta a todos los países del mundo.

Sin embargo, lo que ya no es tan claro y es mucho más confuso es con qué se combate, cómo se transforma y qué se propone para cambiar un sistema que, claramente, está fracasado.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.